El mejor veraneo

12 de Agosto del 2017 - Manuel Robles

Jorge y José son dos hermanos, casados los dos, pero que todos los años se las arreglan para pasar veinte días con su padre. Pepe es un viejo amigo mío, antiguo maestro de Porrúa, que pasa de los noventa años, y está viudo. Me los encuentro cerca de mi casa, cargando en el coche esa pequeña montaña de bártulos que todo el mundo se lleva para el veraneo. Y les comento:

–¿A Navia os llevaréis la caña de pescar, no?

–No, este verano, nada de cañas de pescar.

–¿Os llevaréis las bicis y las raquetas de tenis?

–Tampoco. Este verano nada de pesca, ni de bicis, ni de raquetas. Este verano nos vamos a dedicar a hacer feliz a papá.

A estos hijos les pongo un sobresaliente, porque se olvidan de todo e invierten todo el tiempo de vacaciones en quererse. Y es que ahora los padres y los hijos hacemos muchas cosas, pero nos olvidamos de lo importante. La gente trabaja mucho, se divierte de lo lindo, no perdona la noche para pasarlo bien, organiza el futuro, está pendiente del dinero, pero se olvida de hacer felices a esa mujer y a esos hijos, o a su padre, al que tanto le deben.

Thornton Wilder, famoso novelista americano, hijo del periodista Amos Wilder, escribió una novela, “Nuestra ciudad”, donde los personajes pueden volver a la tierra de los vivos y revivir una jornada, la que ellos prefieran, entre las que vivieron en la tierra. Y casi ninguno se atreve a hacerlo. Salvo la pequeña Emily, que se empeña en volver a vivir el día en que cumplió nueve años. Los muertos tratan de convencerla de que no regrese, pero Emily es terca. Y vuelve.

Y aparece Emily con sus nueve años recién cumplidos, bajando la escalera de su casa, con su vestido nuevo y sus rizos recién peinados, esperando el grito de alegría que dará su madre cuando la vea tan guapa. Pero su madre está ocupadísima en preparar la tarta del aniversario y la merienda, a la que vendrán todas las amigas de su hija. Y ni siquiera mira a la pequeña. “Mamá, mírame”, grita Emily, “soy la niña que cumple hoy nueve años”. Pero la madre, sin mirarla, responde: “Muy bien, guapa; siéntate y toma tu desayuno”. Luego vendrá su padre, preocupado por tantos problemas económicos, y tampoco mirará a Emily. Y no la mirará el hermano mayor, volcado sobre sus asuntos. A pesar de los gritos y los lloros, nadie mirará a Emily. Es como si en esa familia a nadie le interesara lo que le pasa al otro. Así, llorando, regresa Emily al mundo de los muertos, ahora ya sabe que estar vivo es estar ciego, y pasar junto a lo más hermoso sin mirarlo.

Ya decía Bernanos que “el verdadero odio es el desinterés”; y puede que el olvido sea el asesinato perfecto. Cuando vuelvan mis amigos Jorge y José de vacaciones, sé que tendrán poco que contar. Puede que unos paseos con su padre, una comida con los amigos, una vuelta por Navia, una conversación de la vida al atardecer, otra noche llena de estrellas. Pero la noticia es que estos hijos no están ciegos para su padre, están cercanos a su padre, y su padre a ellos. Os pregunto, ¿hay un veraneo mejor?

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