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El Papa que devolvió la sonrisa al mundo

12 de Octubre del 2017 - Manuel Robles

El telegrama de Tardini decía: “184145 stop 416564 stop 855003 stop 641100 stop”. Traducido quería decir: “Venga inmediatamente stop transferido nuncio a París stop Tardini”. Angelo temblaba, no se creía que era verdad que dejaba Turquía. Y lo recibió Pio XII y le espetó: “Solo tengo cinco minutos. De cualquier forma, monseñor, soy yo quien ha pensado en usted y ha tomado la decisión: y nadie más”.

Cuento esto porque hoy es la fiesta de San Juan XXIII, el hombre que devolvió la sonrisa al mundo y a la iglesia. Y ahora me pregunto: ¿Todavía es necesario recordar al Papa Juan? Claro, porque solo se recuerda lo que se ha perdido, y Ángel José Roncalli es uno de esos pocos hombres que se van sin irse. Y es que parece que sigue entre nosotros, como si su ida al cielo, fuera otro de sus traslados.

Y a Roma lo mandaron a organizar “la obra de las perras chicas”, como se conocía a Propaganda Fide, la obra misionera de la Iglesia. Y un buen día lo llamó el Papa Benedicto XV, para que fuera el “viajante de Dios” por toda Italia, para apoyar a los misioneros. Y no perdió la sonrisa. Más tarde, lo mandaron a Bulgaria en un momento de terror, y el rey Boris lo engañó con las promesas que había hecho a la Iglesia católica, por su matrimonio con Juana de Saboya. Este fracaso le llevó Turquía, en plena dictadura agnóstica de Atatürk. Tampoco perdió la calma ni la sonrisa. Poco a poco se ganó a los turcos y a las autoridades. En Grecia el arzobispo ortodoxo Damasquinos, tampoco lo quería, pero la paciencia y la diplomacia de la caridad hicieron que acabaran como amigos. Y cuando menos lo esperaba, le llegó el famoso telegrama que lo mandaba de Nuncio a París. Aprendió que para llegar al corazón de un francés hay que pasar por el estómago y la hospitalidad. Y así lo hizo, y los franceses le quisieron con locura. En Venecia andaba por las calles, tomaba café en la plaza de San Marcos, hablaba con los gondoleros, se paraba con las viejecillas, disfrutaba con la gente. Y consiguió que en esa ciudad todo el mundo se encontrara a gusto: los venecianos, los del cine, los turistas, y hasta los políticos.

Ahora le quedaba por rejuvenecer a Roma. La primera vez que llegó a Roma en 1901, con veinte años, era un muchacho robusto, rebosaba salud, y llevaba consigo la alegría y la ingenuidad de la juventud, tenía los ojos claros, y al cambiar la luz se volvían azules o verdes, y siempre sonreían, eran los ojos de su madre Marianna. “Ojos risueños”, dirían los profesores del Apolinar.

Subtítulo: Los 55 años del concilio Vaticano II, la nueva primavera para la Iglesia y el mundo

Volvió con casi ochenta años, lo hicieron Papa, y tenía que devolver la sonrisa a la Iglesia. Los ilustrísimos lo habían recibido con una mezcla de compasión y sonrisas. Era un Papa de “transición” que apenas sabía hablar de otra cosa que de Dios y del cielo. Y cuando hablaba de los santos parecía que hubieran sido compañeros suyos de colegio. Se sentía poca cosa, solo quería ser un padre para todos. Pero su sonrisa y aquellos despistes de abuelo fueron conquistando al mundo entero. Y con ochenta años, como un niño que juega con una pelota, se puso a rejuvenecer a la Iglesia. Y aquel 11 de octubre de 1962, empezó el Vaticano II en medio del otoño, llegó una nueva primavera para la Iglesia y el mundo. Es cierto que no han desaparecido los claroscuros en la Iglesia, pero la primavera ha venido, por eso, aunque se nos ha ido, su corazón y su sonrisa siguen entre nosotros.

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