Contigo

13 de Enero del 2018 - Juan Ángel Moreno (Oviedo)

(A mi amiga escritora María Isabel Rodríguez).

Una mano con precisión milimétrica apoyaba la aguja en uno de los microsurcos del vinilo, mientras con la otra, ayudado por los auriculares, buscaba el sonido a través del potenciómetro en la mesa de mezclas. Unos segundos de escucha ecualizada y el disco es frenado con la ayuda del patinador del plato giradiscos. Mientras el otro maxi-single seguía despojando ritmo feroz que salía por los potentes altavoces de la sala.

El poderoso brazo del Dj soltó el segundo disco y en fracciones de segundo las dos potentes melodías, ayudadas por las poderosas bases rítmicas se fundieron en una sola.

Era sábado por la tarde. La gente que no bailaba se dedicaba a pasear por la zona de la barra o se acomodaba en las pequeñas mesitas. En una se encontraba Julia, vestida con falda vaquera, camiseta color crema con una palabra en su parte delantera, “BOY”, ilustrando el acabado final. Su pelo, ni muy largo ni muy corto, dejaba escapar algún ricito gracioso que interrumpía su mirada cuando movía la cabeza con soltura. La acompañaba una jarrita con una bebida refrescante con su pajita y su sombrilla como en las películas. Sus ojos, a pesar de aquel ambiente tan animado, se delataban pensativos.

Apoyó sus manos sobre la barbilla y se empezó a imaginar momentos agradables, tiernos. Por su cabecita surgieron tardes de verano, mirando al mar. Desde aquellos bancos de piedra de aquella bahía que marcaban el territorio ganado al océano, azul y profundo. Risas, canciones, paseos en bici, juegos en la arena, besos robados al atardecer... tomando algo en ese chiringuito cuyos altavoces regaban con música todo el malecón.

De pronto oyó su nombre. Giró bruscamente y ese rizo simpático voló con ella hasta colocarse entre ceja y ceja, ocultando tímidamente uno de sus ojos.

Nuestra protagonista lanzó un suspiro de alivio y una sonrisa invadió la totalidad de su boca

Un beso tierno e inocente, como robado a su mejilla, canceló la ansiedad de Julia.

Se sentaron frente a frente y empezaron a intercambiar diálogos propios de adolescentes (ambos tenían 19 años), hasta que, cercanas las ocho y media, Jaime tornó a un rostro más serio y mirándola fijamente pronunció su nombre: “Julia...”. En ese momento la pista abandonó las luces brillantes y veloces para sumergirse en la oscuridad, ambientada por tenues hilos de luz acogedora. Una voz, sosegada pero potente, procedente de la cabina del Dj, habló través del micrófono: ¡Es el momento de las melodías más románticas!

“¿Bailamos?” propuso Jaime aprovechando el instante de aquel súbito cambio que pilló por sorpresa a Julia, que tímidamente le dijo que sí.

Al entrar en la pista circular el pinchadiscos acababa de reposar la Stanton 500 del Technics en un vinilo titulado “Unchained melody” interpretado por un dúo, los “Rigtheous Brothers”, y seguía atentamente los pasos de Julia y Jaime.

Ella apoyaba su cabeza en el hombro de él para encontrar una estabilidad emocional que ansiaba y deseaba. Cerraba los ojos y su abrazo era cada vez más fuerte sobre la espalda de Jaime.

Cuando la canción cobraba más fuerza e intensidad, él empezó a susurrarle algo a Julia. Sentía arder su cabeza y sus pensamientos cedían ante tal motivo de inseguridad.

Jaime desbrozaba su entereza confesando a Julia un motivo que le carcomía por dentro. Ella abrió los ojos asustada, no se atrevía a creer lo que pasaba.

Cuando la apoteosis final asomaba a través de los altavoces, ellos, en medio de la pista, dejaron de bailar. Julia no contenía unas lágrimas que desbordaban su bonito rostro. Jaime sólo acertaba a decir:”Lo siento, lo siento...”

Llegaban los últimos compases. Unas manos entrelazadas eran la única unión que los mantenía. Mientras el estribillo marcaba que ésta se acababa, Jaime se soltó de Julia y, mirándola fijamente, se fue retirando de la pista lentamente, sin perder su rostro afligido por el llanto, desapareciendo entre las sombras que producían los minúsculos focos de la sala.

Julia, sola e inmóvil, apoyó las manos sobre su cara buscando parar una angustia desbordada y, lentamente, muy lentamente, abandonó la pista con los trocitos de su corazón desperdigados.

Durante esos interminables pasos tornó su mirada hacia el pequeño habitáculo de la música. Un rostro invadido por la terrible tristeza frente a unas luces en constante movimiento. Ésas, las que le permitieron a él contemplarla mejor.

En la cabina, el Dj no pudo contenerse y apurando el micrófono le dirigió esta frase: “¡Contigo, pequeña Julia! Aunque ahora no lo sientas, no debes renunciar a ser feliz” y le lanzó un beso.

Empezaba a sonar “Colgado en tus manos”... cantado por Marta & Carlos.

Juan Ángel Moreno

Oviedo

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