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Cuando el malestar va al médico

30 de Noviembre del 2011 - María Jesús Rodríguez García (Oviedo)

Hace unos días, Pilar Saiz, la nueva responsable de los servicios regionales de Salud Mental hizo unas declaraciones en las que manifestó que entre las prioridades de su gestión se encuentra la de «conseguir una mayor implicación de los médicos de primaria en el tratamiento de enfermedades mentales menos graves, como la depresión y la ansiedad, para que los psiquiatras puedan centrarse en la atención de las patologías más graves, como la esquizofrenia y los trastornos afines».

Gran parte del malestar que padecen muchas personas tiene su origen en los conflictos familiares, laborales, domésticos o sociales. Que la respuesta a este tipo de problemas pase por cambiar el nombre de la especialidad médica encargada de atender estas demandas no parece ser la más adecuada para solucionar una insatisfacción provocada por las adversidades de la vida cotidiana, más bien se fomenta la medicalización, la dependencia del sistema sanitario y se alimentan unas expectativas irreales de la medicina. Cuando síntomas molestos y frustraciones son etiquetados por el médico como enfermedades acaban siendo tratados con una terapia farmacológica.

La ansiedad es una respuesta habitual ante situaciones que la persona vive como estresantes y un estímulo para enfrentarse con los problemas y tratar de solucionarlos. Sólo cuando se supera cierta intensidad y se convierte en desadaptativa es cuando se habla de ansiedad patológica. Otro tanto ocurre con la tristeza, una reacción normal y necesaria que facilita la adaptación ante las pérdidas y los fracasos. La intervención médica en la mayoría de los casos es biologicista, centrada en la prescripción de fármacos, sin abordar las causas que generan o perpetúan ese malestar, con la consecuente cronificación de los síntomas, las frecuentes consultas ante la demanda no resuelta y a medio plazo un problema de dependencia de los medicamentos.

Según los datos de la Dirección General de Farmacia, el consumo de psicofármacos en España se ha disparado en los últimos años y este ascenso continúa progresando. Además del importante gasto farmacológico que suponen al sistema sanitario, hay que añadir otras consecuencias no deseables como los efectos adversos que producen y el incremento en el número de accidentes (laborales, de automóvil y caídas en personas mayores) sin que la literatura científica haya encontrado pruebas de su efectividad en los trastornos mentales leves.

En varios centros de salud de nuestra comunidad autónoma (Mieres, Sama de Langreo, Natahoyo, Infiesto, Corvera) hay enfermeras que están llevando a cabo intervenciones a nivel individual en la consulta o en grupos con personas que padecen este tipo de problemas con resultados muy satisfactorios como recogen las encuestas realizadas.

Para la Sociedad de Enfermería de Atención Primaria de Asturias, las enfermeras pueden abordar este tipo de trastornos por los siguientes motivos:

- El enfoque integral que aplica en su práctica clínica le permite acercarse a las condiciones de vida que influyen en los procesos de salud-enfermedad. Orientación biopsicosocial.

- Promociona el autocuidado de las personas, estimulando la asunción de responsabilidades en la recuperación, mantenimiento y mejora de su salud y ayuda a adquirir o mejorar sus capacidades de cuidarse. Orientación desmedicalizadora y emancipadora.

- Las intervenciones que practica se centran en: escuchar, informar, educar, orientar, asesorar, recomendar, no en la prescripción de medicamentos, evitando iatrogenias innecesarias y contribuyendo a la contención del gasto sanitario. Orientación no farmacológica.

Que se trasfiera más responsabilidad y protagonismo a las enfermeras requiere una reorientación profunda en la organización de la sanidad asturiana que corrija ineficiencias y promueva una atención sanitaria más segura, efectiva y humanizada.

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