A la salud de Belmonte

Celso ├ülvarez repasa la doble vocaci├│n de una vida en la que ┬źnunca quise ser nada m├ís que m├ędico ni dej├ę nunca de pensar en mi pueblo┬╗

Marcos Palicio / Belmonte de Miranda (Belmonte de Miranda)

Había llegado el momento de elegir destino y el joven médico dudaba. Recién aprobadas las oposiciones a forense, Celso Álvarez Álvarez dejó pasar a «un médico militar» que aspiraba al puesto de Calatayud y permitió también que un gallego, «casado y con hijos», se quedase con el que había disponible en Galicia. Sabía desde el principio que estaba libre la plaza de Belmonte, pero también que «si me metía en Belmonte no querría salir en la vida». Había nacido y crecido allí, sólo había salido para estudiar -primero en Pravia y en Avilés, después la carrera en Madrid- y ya decía de sí mismo lo que hoy: «Soy muy belmontino». El doctor aceptó el retorno, que al final duró únicamente seis años. En su pueblo atendió enfermos además de ejercer como forense hasta que surgió la posibilidad de mudarse a Oviedo, donde fue 30 años jefe del servicio de medicina interna del Hospital Central de Asturias. Pero siempre hubo al fondo un decorado sentimental pintado con los paisajes de su pueblo. Dejó escapar pocos fines de semana sin pasear a orillas del Pigüeña y, como mínimo, aunque ya no conduzca, ahora «en verano no fallo». Estuviera donde estuviera, «siempre tuve un pie, o los dos, en Belmonte». «Muy belmontino», hijo de médico y padre de tres médicos, el autorretrato rápido se pinta en dos trazos: «Nunca quise ser otra cosa más que médico y nunca dejo de pensar en Belmonte».

A aquel médico, licenciado en 1950 en Madrid como su padre, no le gustaba mucho la medicina forense, pero decidió preparar las primeras oposiciones a las que tuvo acceso «porque me fastidiaba cargar tanto sobre mis padres». Conscientemente o sin querer, también terminó siguiendo los pasos de su progenitor con aquellos seis años de feliz ejercicio profesional en casa, allí donde casi siempre curó el Celso Álvarez senior, un médico de San Martín de Ondes que se libró de la gripe de 1919 y que después de pasar consulta en La Riera (Somiedo) fue ya para casi siempre el titular del consultorio de Belmonte. Hasta allí llegó un día también Celso, su hijo, a pesar de que casi se pierde aquella reunión para escoger destino profesional justo por «culpa» de ser de Belmonte. La carta que le convocaba se equivocó de pueblo y vagó durante un tiempo por España: «En lugar de en Belmonte de Miranda, terminó en Belmonte (Cuenca)».

La villa tuvo en todo momento mucho que ver con su vida. La miró desde dentro y la añoró mucho desde fuera y la infancia fue un constante retorno hacia ella, también cuando en 1938, en plena Guerra Civil, el doctor Álvarez se marchó interno al Colegio San Luis de Pravia. Luego terminó los estudios en Avilés y después del examen de Estado, «muy temido entonces por los estudiantes», se licenció en Medicina en Madrid antes de aquella vuelta a casa para trabajar. Puede que en realidad nunca haya dejado de volver a Belmonte, física o sentimentalmente. El pueblo es el paisaje permanente y allí «todos los rincones son buenos», pero sobre todo, si hay que elegir, aparece uno hacia el que los pies de Celso Álvarez se siguen dirigiendo hoy casi inconscientemente: El Convento. «Allí nació mi madre y vivió hasta que se casó». Y se alcanza siguiendo la avenida de La Chocla, dejando atrás la iglesia en dirección al cementerio y acompañando aguas abajo al Pigüeña por la margen opuesta a la que ocupa la carretera AS-227. Pero ahí ya no hay convento. El nombre de esta zona se debe, explica el doctor Álvarez, a que «allí se establecieron en 1141 los monjes bernardos, procedentes del monasterio de Carracedo, en el Bierzo leonés, gracias a que don Pero Alfonso y su mujer, María Froilaz, les donaron sus posesiones en tierras de Lapedo, que aunque suena muy mal son estas tierras que llegarían a llamarse Belmonte». De éstas fueron los frailes «dueños y señores» hasta que el Estado se adueñó y sacó a subasta los terrenos del monasterio en el siglo XIX, con la Desamortización de Mendizábal. El último abad de Belmonte fue Bernardo Cano y salió en octubre de 1834. «La actual casa del convento», explica Álvarez, «procede de otra de los frailes donde parece que vivían los novicios. Sobre los que se aprovecharon de este privilegio de las subastas pendía la pena de excomunión, cosa que antepasados míos no muy lejanos, gente muy católica, echaron a sus espaldas. ¿Es que tanto cuenta el dinero?». La historia de este lugar es, como se ve, la de la villa, origen de todo y casa de la madre. Por eso está más que justificada, asegura Álvarez, «mi querencia a dar los paseos veraniegos por Belmonte casi siempre en esa dirección». A la vista, siempre, el «tótem» de los belmontinos, «el pico Cervera, "penna alpe cervaria", dicho en un latín sumamente pervertido. Se trata de una mole de piedra caliza muy bonita que se deja ver en gran parte de la villa. A su espalda está el pico Castiello, nombre alusivo a castillo, o lo que parece más probable, a un castro del que existen claros indicios».

He ahí la geografía física del recuerdo. La humana la llenarían, además de los padres, Celso y Carmen, «muchos amigos» de aquellas generaciones de belmontinos nacidos en los años previos a la Guerra Civil. Tiene que estar Mario el del Registro, que «me lleva tres meses», está a punto de cumplir 84 años y «va camino de enterrarnos a todos los de nuestras promociones». No podrán faltar Francisco López Menéndez, al que tal vez nadie conocería si no dijese Paco el boticario, ni su mancebo Luis el de Tablado, «más joven que nosotros y gran amigo». La lista tampoco estaría completa sin Quini, «lejano pariente mío, aunque pasen los años sin verlo, recluido en La Reguera y siempre protegido por unos aguerridos perros-lobo, siempre de la misma raza y todos con el mismo nombre -"Coki"-, a los que los chavales del pueblo teníamos un temeroso respeto». Ni sin Plácido el cartero, Angelín Montes, Doro el de la Nena, Antonio el del bar Nuevo y muchos etcéteras, porque allí, concluye el doctor Álvarez, «todos somos uno».

Su nostalgia contiene de algún modo la de otros muchísimos a los que la fuerza de la necesidad empujó lejos de Belmonte, «empezando por mi abuelo paterno», que en la terminología de este concejo de larga tradición emigrante «se fue a hacer La Habana en torno al año 1860». El abuelo, que se fue con 13 años ignorando las admoniciones de Manolín, aquel vecino que al verle marcharse le preguntó si no tenía miedo de que le comieran las sardinas, triunfó y pudo regresar prematuramente a establecerse de nuevo en el pueblo. No fue así la vida de todos. La falta de alternativas de futuro llevó a muchos a la mar, a Cuba y a Argentina, Venezuela, México? Y a todas partes con la Compañía Internacional de Coches Cama. Tiene Belmonte una muy singular y fructífera vinculación con la empresa ferroviaria de la que Antonio González Peláez, ilustre belmontino, llegó a ser subdirector. Era hijo de un emigrante a Madrid, «una bellísima persona y un hombre muy inteligente» al que Celso Álvarez recuerda con la barba muy bien recortada y los más viejos de este pueblo dando trabajo a familias enteras del municipio. «Quitó mucha hambre».

La añoranza, que nunca se va del discurso, tiene además en casa un asidero visual con forma de osos. En el vestíbulo de su domicilio de Oviedo, el que durante tantos años fue consulta, Celso Álvarez recibe rodeado de cientos de figuras de plantígrados que se apiñan sobre una mesa y llenan vitrinas pegadas a la pared. «Tengo unos trescientos», informa el médico pisando en su despacho también una antigua piel de oso con la cabeza desorejada por los juegos de los niños. Los hay de los más variados tamaños, colores y materiales, pero el propietario identifica rápidamente el primero de la colección, aquél que le sorprendió en una tienda de chinos en Brasil. No pudo resistir el magnetismo de aquel animal «totémico» que tanto recorrió los montes de Belmonte y lo compró. Luego le buscó una compañera y fue incorporando otros hasta que ya para siempre los amigos, los familiares y los pacientes supieron lo que había que regalar para no equivocarse. Un oso, que aquí es un trozo de la memoria pegada a Belmonte.

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