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Rumbo al puerto de partida

Candás, que ha ganado mil habitantes en diez años gracias a su accesibilidad y su oferta de servicios, busca un modelo de progreso urbano «humanizado» que no pervierta su carácter acogedor de pequeña villa marinera

Marcos Palicio / Candás (Carreño)

En el número 8 de la calle Santa Eulalia, vecino de la recia casa de indianos que aloja el Ayuntamiento de Carreño, un edificio marcadamente urbano, con cinco alturas, ladrillo visto y mucho aluminio, chirría en la memoria de Luis Fernández. Esto es lo que hay en el solar donde estuvo el palacio de los Valdés, que se marchó de Candás en 1970, «piedra a piedra», y ha terminado en Gijón, dando sede a la fototeca del Museo del Pueblo de Asturias. La vieja casona se fue, ha dejado en su lugar un bloque que fue moderno en los años setenta y que ha borrado cuidadosamente casi todas las huellas, se duele el presidente de la Asociación de Vecinos «Amigos de Candás». Sólo queda de ella un vestigio mínimo, un guiño para iniciados, un homenaje escondido: los tres arcos que componen el logotipo del restaurante que ocupa el bajo del nuevo inmueble reproducen los de la planta baja de la casa original. El rótulo, desapercibido para el ojo inexperto, sirve para no olvidar, de paso también tal vez para delatar que el sustituto se parece demasiado poco a aquel palacete hidalgo edificado aquí en el siglo XVII. Habrá quien le diga a Fernández que sí, que según por dónde se mire hay otros sitios en los que Candás tampoco se parece mucho a sí misma y ha tapado su pasado, que no ha llegado hasta aquí ninguna de sus nueve industrias conserveras y que al puerto que fue el más importante del Norte le quedan cuatro barcos de pesca contados. Ya es todo eso evidentemente irrecuperable, pero «sería deseable no olvidar de dónde venimos» al pensar «en qué vamos a convertir» esta villa que se expande y acumula hoy mil habitantes más que hace diez años. Eran casi 6.000 en el último censo de 2010, la cifra más alta desde el arranque del siglo en la cabecera de un municipio que merodea en el entorno de los 11.000 y que también progresa, muy levemente por debajo de su máximo histórico de 11.500 a comienzos de los años setenta. Crecen pues a la vez la capital y su municipio, juntos a resguardo de la penuria demográfica de Asturias, unidos en un fenómeno insólito que sólo es posible en el mismo centro de Ciudad Astur. «Nos convertimos cada vez más en periurbanos», explica el alcalde de Carreño, el socialista Ángel Riego. La geografía y las comunicaciones son tan poderosas, remata, que «la influencia de Gijón y Avilés no desarrolla sólo la villa capital», que «también las zonas rurales se hacen cada vez más urbanas». La siguiente pregunta inquiere por qué, qué vienen a buscar los residentes nuevos de este balcón acantilado y cortado a pico que mira hacia el Cantábrico encerrado entre el monte Fuxa y el cabo San Antonio.

Capital de un concejo con nombre de ferrocarril histórico de principios del siglo XX, estratégicamente puesta a mitad de camino entre Gijón y Avilés, la sencillez de las comunicaciones y la centralidad geográfica han recrecido y transformado Candás y Carreño en el arranque del XXI, pero en la fórmula magistral del desarrollo hay, al decir del vecindario, otros ingredientes además de los que se ven en el mapa. Está la abundancia de puestos de trabajo en la poderosa industria circundante -Ensidesa, la central térmica y la cementera de Aboño, Du Pont...-, también la certeza de que para el bolsillo «no es lo mismo comprar un piso en Gijón que en Candás», pero el combinado estaría incompleto sin su buen aporte de «calidad de vida», un surtido de servicios con muchos más aparte de los básicos -«una oferta importante en el ámbito educativo, deportivo y cultural», precisará el Alcalde- y un aliño hecho con todo el patrimonio inmaterial de ese ambiente acogedor que todavía se puede encontrar aquí y ya echan en falta las grandes ciudades. Al decir de Luis Fernández, «aún hacemos cierta vida en la calle, se mantiene la parrafada de esa tertulia en el muelle». Se extraviaron muchas huellas físicas, sí, pero «aquí todavía se mantiene la vida de pueblo», resumirá Manuel Muñiz, director del Patronato Deportivo Municipal de Carreño. Se refiere a los grupos de personas, varios, que conversan en las inmediaciones del puerto candasín, parados entre el mar y la torre de diez plantas y 85 habitaciones del hotel Marsol -«aquí estuvo Herrero, otra conservera»-, comentando al sol del mediodía los 27 grados anormales de una mañana calurosa de finales de septiembre. Es ese espíritu, vienen a decir aquí, la parte del pasado que la nueva villa y sus proyectos de expansión no deberían poder perder. Es ésa la pelea, resumirá Fernández, que se libra «contra el peligro de la ciudad dormitorio» y a favor, precisa Muñiz, de un modelo de crecimiento «a escala humana» que no tape aquella vieja identidad del pueblo marinero y no obligue, como ahora, «a bucear más de la cuenta para encontrar el atractivo que tenía este pueblo en las postales de los años sesenta o setenta». En la foto de hoy, Candás mirado desde el paseo marítimo, la torre del Marsol roba protagonismo a las dos de la iglesia de San Félix y por eso nace el recelo hacia los errores del pasado, de ahí la prevención que invoca Luis Fernández ante «un plan urbano que prevé un desarrollo del doble» de lo que hay en esta villa que quiere mantener a prudente distancia las cifras actuales de su censo de edificios: según los cálculos del Ayuntamiento, unas 3.500 viviendas en el total del trazado urbano y novecientas de ellas catalogadas como de segunda residencia.

Ese renovado caserío candasín se asoma a ver el mar entre los dos promontorios que cierran su profundo acantilado y José Ángel Gutiérrez, patrón mayor de la cofradía de pescadores, retrocede hasta el momento en el que la llegada de Ensidesa al concejo y a Avilés «fundió» la pesca en Candás. Transformó aquel «puerto importante, el que marcaba los precios del bonito en el Cantábrico», en otro progresivamente menos poderoso y, a la larga, con la intervención del tiempo y muchos otros motivos, en éste donde hoy comparten espacio en armonía desigual cuatro solitarios barcos de pesca -veinte profesionales- con 180 de recreo. Mirando al muelle se perciben pronto las sucesivas mutaciones de esta villa que fue primero sólo pesquera, luego asentó mucho empleo fabril y ahora se dedica prioritariamente a prestar servicios. El camino de Candás ha recorrido los tres sectores de la economía por riguroso orden, cerrando el círculo desde el primario pesquero en exclusiva a la irrupción del secundario industrial y a este desenlace con el protagonismo abrumador del terciario. Traducido, el trayecto ha ido del monocultivo de la pesca y su principal industria transformadora, la conserva, hacia al abandono de la mar a cambio de la seguridad del sueldo fijo que daba la siderurgia y de ahí a la vista actual, donde la supremacía de la navegación deportiva es indicio del abrupto viraje de la villa hacia el sector servicios. Recrecida de la mar a tierra adentro, en la alteración urbanística de la villa están a la vista esos cambios de locomotora económica. Los restos de serie del desarrollismo de los sesenta y setenta son sus huellas impresas ya para siempre en el plano urbano, con algún ejemplo de crecimiento descontrolado en altura,  pérdidas como la de la Casa Valdés, añadidos como el Marsol...

Su presencia permite seguir el rastro de lo que ha sido de esta villa. Esos edificios son las pisadas que conducen hacia este paisaje del atardecer en el que la mar de Candás, contemplada desde el mirador de San Roque, se ve poblada por un enjambre de embarcaciones deportivas al calamar. Esta villa ha cambiado de rumbo y José Ángel Gutiérrez, anclado en el antiguo, asume el resquemor de quien se sabe con fecha de caducidad. «No vamos a durar mucho, no mucho más allá de 2020 o 2025», acepta su destino el patrón mayor de los pescadores candasinos. Su juicio mezcla el disgusto por los obstáculos que ponen las administraciones -«un chaval que quiera salir a navegar tiene que estudiar seis meses»- con cierta resignación ante la certeza de que, de uno u otro modo, la mar en Candás permanece: «Hay cerca de doscientas embarcaciones de recreo, la mar va a seguir viva aunque no vayamos los profesionales».

La mar es esa razón de ser que pone el fondo a casi cualquier rincón de Candás, el decorado que asoma incluso cuando no se ve, que se intuye en lo que queda de las ruinas de las conserveras y se aprecia en los murales de firma ilustre y temática marinera que fueron decorando la villa desde los últimos años setenta, el museo vivo «de pintura al aire libre». En una pared de la calle Braulio Busto, pintadas por Alfredo Menéndez, están la partitura de la salve marinera, la procesión del Carmen y navegando el «Estrella de los Mares»; en Ramón y Cajal asaltan Telva, Pinón y Pinín, pintados por Alfonso Iglesias caminando por el puerto de Candás, con un balde lleno de sardinas en la cabeza de Telva y a sus espaldas un barco, el «Covadonga»... Queda el recuerdo, las pintadas que piden auxilio sobre la fachada amarilla y las puertas cerradas de la vieja fábrica de Conservas Albo -«Albo no se cierra», «Albo, parte de Candás»-; sobrevive a duras penas el esqueleto de lo que fue la factoría de Ortiz, en trámite para no perder una subvención del Ministerio de Cultura para resucitar como Museo de la Pesca y la Conserva. El parque de les Conserveres era la de Alfageme, «un poco más arriba estaba Portané», y Ojeda y Herrero... El plano candasín sigue lleno de calles con nombres de empresarios conserveros, recordando a su modo que la mar tiene que seguir siendo el espejo de la capital carreñense. «Toda la tradición de vinculación entre Candás y la mar está cada vez más lejos en el tiempo», acaba Muñiz. «Son esas raíces a las que no debemos renunciar nunca».

Un paseo «triste» por Perlora buscando un producto turístico «diferente»

Pero la desolación por los recursos dormidos es aquí un paseo por Perlora. La vetusta Ciudad de Vacaciones, callada, cerrada, en parte ruinosa, se ve a lo lejos desde la villa capital de Carreño, pero ya no se nota que está. Perlora es un indicio doloroso de la riqueza turística remansada, de la potencia desaprovechada que «llenaba Candás» mientras estuvo en funcionamiento durante medio siglo. «Se sentía muchísimo», recuerdan aquí. A Luis Fernández le persigue la imagen del tren de Feve en el apeadero perlorino «como el metro de Tokio, como si los vomitasen del tren», pero ya no. Ahora Perlora, casi cinco años cerrada, es un parque enorme donde unos pasean y otros corren entre el silencio y la ruina de los chalés comidos por la maleza y las pintadas que por todas partes reivindican que se mantenga la titularidad pública del equipamiento y reclaman al Principado, más o menos educadamente, su reapertura. La cara sonriente pintada en la persiana bajada de una de las ventanas de la clínica es una broma macabra. «Es triste pasear por Perlora», lamenta Manuel Muñiz.

Puesta en el entorno de esta villa que busca su lugar en la cultura del ocio, Perlora es también una invitación a repensar el futuro turístico de Candás. «No hay un espacio de esas dimensiones y esa potencialidad en ningún sitio», define Luis Fernández, pensando en lo que fue y lo que podría llegar a ser este complejo turístico con 360.000 metros cuadrados y más de doscientos chalés, acceso a dos playas, apeadero de ferrocarril, parte de la vieja vía del tren transformada en la senda verde de El Tranqueru y clínica, iglesia, instalaciones deportivas, parque infantil, aquellos edificios de servicios... «Perlora es una mina, puede con todo», resumirá el director del patronato deportivo municipal carreñense. «No somos conscientes del valor ambiental de ese espacio y de su deterioro». La vieja Ciudad de Vacaciones, que pese a los golpes sigue en pie, aparentemente intactos sus chalés edificados sobre pegoyos, imitando hórreos, puede con todo, menos con lo que quisieron hacer con ella. Al decir del presidente de la asociación vecinal «Amigos de Candás»,  el proyecto para reanimarla tras su cierre en 2006  era «monstruoso, poco creíble, excesivamente adornado... Era Marina d'Or». Emblema del veraneo obrero desde su apertura en 1954, el complejo ha pasado a ser una enorme patata caliente en las manos de la administración propietaria y un gran símbolo de lo que podría llegar a ser el provecho turístico de Candás y su entorno. Eso sí, concluye Luis Fernández, «antes de que se especule con Perlora, es preferible que quede como la mayor zona verde de Asturias».

Su letargo es un indicio de posible futuro para el sector que, después de tantas vueltas, remolca el futuro de esta villa con aspiraciones de colocar bien su producto en la competitiva industria del ocio. Alain Fernández, director del Teatro Prendes, abunda en la receta que pide sobre todo encontrar la forma para «diferenciarnos del resto. A la misma distancia de Gijón que Candás está, por ejemplo, Villaviciosa... No basta con eso, hay que ofrecer un producto exclusivo y sobre todo de calidad», afirma. Y vincularlo a la mar, aporta Isidoro Fernández, propietario de restaurante y presidente de la asociación local de hostelería, que vuelve al repliegue sobre los orígenes, a las esencias de esta villa que nació en la mar, se expandió tierra adentro y  no quiere extraviar su identidad marinera. Ahí está el proyecto del museo de la pesca, más allá los amarres del muelle deportivo y hasta el edificio del muelle, recién rehabilitado, que fue la sede del Club Náutico y el Alcalde pretende convertir en «una base náutica» que haga de Candás «el centro coordinador de todos los puertos deportivos del litoral asturiano».

A esa diferenciación de la oferta va la nada sutil campaña publicitaria que anuncia Candás en los rótulos de acceso como «Villa de olímpicos». Las señales son como las sardinas y las marañuelas, una forma de hacer identificable el producto a los ojos del forastero, una estrategia para rentabilizar gratis las tres medallas del ex piragüista Herminio Menéndez entre Montreal y Moscú, la de bronce de Dacal en el boxeo de Munich-72 o la lista larga de los competidores nacidos aquí que se ganaron el derecho a intentar imitarlos en los Juegos. En la visibilidad del producto de ocio que vende Candás reclama además el primer plano la amplitud en la dotación de servicios públicos, que al decir del vecindario no se ofrecen hasta este nivel «en muchas poblaciones de las dimensiones de la nuestra». «Los que han nacido aquí piensan que esto es lo normal», afirma Manuel Muñiz, «que estos servicios los hubo siempre en todos los sitios», no son conscientes de la excepcionalidad de la resistencia del Teatro Prendes, de las 13.000 visitas anuales al Museo Antón, de los 350 alumnos de las escuelas deportivas o de los doscientos de las de música, mancomunadas con Gozón. Alain Fernández apunta al éxito del «sistema de los patronatos» -tres, el deportivo, el del Prendes y el del Antón-, y a su «íntima vinculación con la sociedad civil». Como fe de vida de la villa mira hacia las esculturas al aire libre en el entorno del Antón, dieciocho repartidas por el parque que sube al Cabo San Antonio y nacidas de las becas que otorga el museo, y para desmentir aquello de la ciudad dormitorio habla del «potentístimo asociacionismo de la villa», de su festival de bandas de gaitas o su concurso de teatro costumbrista. La vida social y cultural candasinas, enlaza el director del Prendes, tienen también su propia huella en el paisaje, en un teatro que le enorgullece por su permanencia o en el centro polivalente de La Baragaña. Tiene, guía él, salón de actos, dieciséis salas para asociaciones, centro para jubilados, telecentro, oficinas de información juvenil, política lingüística, consumo... Y también aquí, en la segunda planta, una gran foto del muelle de Candás en 1932, lleno de barcos de vapor. Lo dicho, que el mar quiere seguir siendo el espejo, que importa saber de dónde se viene para identificar hacia dónde se va.

El «cine de barrio» y la «cultura sostenible»

La cartelera de septiembre anuncia a James Dean en «Gigante», un pase de «Mujercitas», la última de Harry Potter, el grupo de teatro de Carbayín y ópera en directo desde el teatro Campoamor de Oviedo. Entre otras. Ya casi no hay más cines que los de los centros comerciales, pero en Candás resiste «el cine de barrio», «uno como los de antes» al decir de su director. La supervivencia del Teatro Prendes se celebra en Candás como «un lujo, un signo de identidad» y una evidente prueba de vida colectiva. Alain Fernández abandera con la persistencia del equipamiento la vitalidad cultural y social en la villa e identifica el secreto del éxito en la certeza de que las actividades aquí «son sostenibles, están dimensionadas». Detrás del muestrario de servicios asoma además una evidencia sobre la conveniencia de mantener infraestructuras cuya «rentabilidad no es económica, sino social. Redundan en la calidad de vida de los ciudadanos» y ha calado la convicción de que «es una cuestión más de calidad que de cantidad». Pasa en el Museo Antón, necesario por «bien valorado», asiente su directora, Dolores Villameriel, más que por sus 13.000 visitas anuales. Imprescindible por el patrimonio que custodia -la obra de Antonio Rodríguez, «Antón»- y por «el taller didáctico y el personal cualificado que complementa las visitas escolares. Un recurso más» de la villa.

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