Ojo a Ujo

La localidad mierense se opone a su declive demográfico exponiendo su potencial de eterno cruce de caminos bien comunicado que pide atención para sus proyectos de futuro

Marcos PALICIO / Ujo (Mieres)

Delante de la portada románica de la iglesia de Santa Eulalia de Ujo, un panel amarillo explica que el templo no nació exactamente aquí. Dice la inscripción que el trazado del ferrocarril, que ahora esquiva el monumento pasando demasiado cerca de su fachada oeste, obligó a desplazarlo en 1922, sustituyendo además la clásica orientación Este-Oeste de las ermitas medievales por este pórtico anómalo enfocado al Norte. La visión de aquel pueblo en el que al tren no se le ponía por delante una iglesia del siglo XII ha vuelto para ayudar a describir el Ujo del tercer milenio, este núcleo urbano edificado por la prosperidad hullera y atado a su facilidad para las comunicaciones y a su geografía de lugar de paso. La proximidad y la geografía siguen definiendo el capital principal de esta población que fue ferroviaria antes que minera, accesible a la vez que industriosa, hoy sólo cercana y tranquila y siempre una encrucijada de caminos donde se anuda el que viene de León por Pajares con los que bajan de Aller por San Isidro o Vegarada, el río Aller con el Lena; los raíles de Renfe con los de Feve y el Camino del Salvador a Santiago y casi todo con la Autovía de la Plata.


«Estamos en un punto estratégico, a mitad de camino entre Pola de Lena y Mieres, con una buena comunicación, más tranquilos y a veces con la vivienda a precios más asequibles» que en el centro de la villa capital. Amador Fidalgo está buscando el Norte desde la puerta de la iglesia, en la plaza asfaltada y arbolada con plátanos, su perímetro rectangular urbanizado con casa rectoral, cafetería, confitería, el antiguo edificio de la central telefónica y el cuartel de la Guardia Civil. Por uno de sus costados la explanada linda con la vía del tren y, como queriendo volver a informar del influjo que la comunicación y el transporte han ejercido siempre sobre este sitio, los raíles atraviesan el pueblo por el centro y componen la frontera que parte Ujo en dos: hacia abajo, de aquí al río Caudal se desliza el sector más urbano, con su muestrario de arquitectura minera contiguo del barrio de La Vega y del Colegio de La Salle; arriba, agarrada a la loma, se escalona la porción agraria de Cortina, La Reigosa o El Sierru. Pronto el ruido de un tren de cercanías, anunciando de que a pesar de todo Ujo sigue de paso, sonará en el campo de la iglesia como un despertador, como un aldabonazo para creer en las posibilidades de este sitio identificado sobre todo por su lugar en el mapa, potencialmente un refugio residencial próximo y abarcable y en la práctica otro ejemplo del retroceso demográfico que el concejo de Mieres heredó de aquella hinchazón en el auge de la minería.


En Ujo, que hasta llama a uno de sus barrios «de la estación», alguien está a punto de decir que a este eje conector de comunicaciones le falla más el fondo que la forma. Que chirría más que la geografía el contenido. O más bien su ausencia. O, más concretamente, la sensación de que «esto estaba poblado de talleres y puestos de trabajo que desaparecieron» sin contrapartida y de que se fue con ellos una porción considerable de la oferta de servicios que los acompañaba. Ujo, que fue gracias al tren lugar de asentamiento de la Hullera Española en los albores del siglo pasado, que tiene de aquel ayer un puñado bien visible de restos arquitectónicos repartidos por su plano urbano, se abre paso hoy el pesar por todo lo que se llevó de aquí el vendaval minero. En este punto, alguien busca pruebas y responsables mirando al Norte. A Mieres, sí, pero también al lugar donde la vieja escombrera de Reicastro casi acaba de terminar de ser urbanizada con el propósito de ser convertida en polígono industrial, pero que sólo es, de momento, una pulcra explanada desierta que empieza a comercializar parcelas en mitad de lo más crudo de la crisis económica. Demasiado tarde. «Se podría encauzar como ciudad dormitorio», propone Adolfo Fernández, directivo de la Asociación Cultural y Recreativa Radio Ujo, mediante la reforma del paisaje urbano y la reactivación de un entorno físico y humano con cierta potencialidad de atractivo residencial. Pero para poder hay que pedir ayuda, reclamar que alguien le eche un ojo a Ujo y solucione la respuesta incorrecta a la pregunta por el futuro del pueblo: «¿Qué alicientes tienes aquí para vivir? Prácticamente ninguno».


Sea o no por eso, el núcleo urbano más poblado de Mieres tras la capital ha rebajado en este siglo la barrera de los 2.000 habitantes. Los 1.949 que el Instituto Nacional de Estadística le asignaba en 2011 -cerca de 2.300 en la parroquia- configuraban una caída del 18 por ciento desde 2000, un retroceso superior al 12 que registra en el mismo período el recuento global del municipio mierense. Adolfo Fernández pediría «actividades capaces de retener a la población aquí todo el año» y Amador Fidalgo, gaitero, conductor de la puya'l ramu en las fiestas de San José Obrero, se ha puesto manos a la obra para vender el potencial difusor de cultura autóctona de la tonada y los «cancios de chigre». Pero una parte del mal ya está hecho si se hace caso a Jesús Ortiz, presidente de la asociación de jubilados de Ujo, que interpreta como un indicio de la nueva estructura demográfica del pueblo la progresión de la lista de socios del Hogar del Pensionista -«tenemos cuatrocientos más desde hace cuatro años»- y José María Suárez, hostelero, lamenta que con la inestimable ayuda de la crisis se haya frenado la rueda: «Cuando había obras funcionaban los bares. Si no hay trabajo, no hay nada».


Felipe Bayón, que dirige el colectivo vecinal «El Candil», acepta que este pueblo pudo haber llegado tarde a la empresa y al empleo en Reicastro, pero no perdió del todo el tren de la oferta de vivienda digna. En el barrio de La Vega, edificado en 1986 sobre el humedal donde creció el cacao para la antigua fábrica de chocolate Agustina, «las 330 viviendas están casi en su totalidad ocupadas y a una media de tres habitantes por cada una dan una cifra importante. Muchos de ellos, sobre todo cuando se hizo la primera fase, vinieron de fuera, lo que ocurre es que hay bastantes que no están censados aquí», confirma Bayón. La Vega, ocho bloques adosados al Caudal y al «paseo del colesterol» que recorre su orilla, cuatro manzanas que además son vecinas directas del barrio minero de las colominas de San José, es lo más parecido que tiene el Ujo de hoy a la apuesta por la calidad residencial que algunos de sus habitantes van a demandar pensando en el futuro inmediato. Aquella renovación del parque inmobiliario ujense empezó bien a mediados de los ochenta, cuando Bayón vino a vivir «porque aquí me encontraba bien aunque tuviera mi puesto de trabajo en Mieres». Precisamente. Eso es lo que vienen a reclamar los que secundan en la localidad la teoría de la «ciudad dormitorio», seguramente también muchos de los que pasean por la senda, tráfico intenso al atardecer a la vera del tramo de río que bordea Ujo dejando su trazado urbano anclado a la margen izquierda del cauce y de la autopista que lo acompaña. Al seguir la corriente, esquivarán la amplia parcela vecina del cauce donde se levanta el bloque color crema de ladrillo visto del Colegio de La Salle, a lo mejor otro motivo histórico de los que buscan razones para quedarse aquí.


El Caudal acaba de empezar a ser el Caudal en este punto donde también se cruzan ríos y el Aller vierte sus aguas al Lena justo en el momento de cambiarle el nombre. Ujo es la puerta del Valle y así se define desde la etimología de su topónimo, como la «entrada» que retrata el «ustium» latino del que deriva la denominación moderna de este Ujo romanizado. La población mierense se siente eje de la romanización astur, «puerta de Asturias», acceso principal al valle del Caudal. Esos son algunos de sus poderes en la voz de Felipe Bayón, que retoma así la idea sobre la centralidad desatendida y la sensación de periferia arrumbada en abierta contradicción con la centralidad que ha facilitado desde siempre la geografía de Ujo. Suena a paradoja la sentencia de María Josefa Torre, presidenta de la asociación de mujeres, sobre este Ujo que además de «no ser el que era», hoy ya «no aparece en el mapa».


Habla ella en calidad de testigo del deterioro de la vida y los servicios en las últimas cuatro décadas, de la huida de aquellos cinco taxistas, del  médico de guardia permanente, los cinco practicantes, el cine o la sala de fiestas. «En pocos sitios había», esto sí sigue aquí, «colegio de frailes y estatal», pero por lo demás Ujo «fue mucho y no es casi nada». «Había de todo y estamos quedando sin nada», persevera. Ha vuelto a la memoria el proyecto fallido de hacer en la antigua escombrera de Reicastro el hospital comarcal del Caudal. Se impone la imagen de la vieja estación del tren con la maleza germinando en  el tejado, en la fachada y las ventanas; se proyecta la sombra de los edificios «ociosos» que Hunosa tiene repartidos por el trazado urbano de Ujo y que bien podrían ofrecer acomodo a alguna de las necesidades colectivas de la población. Se entrevé lo que pudo haber sido: esa residencia de ancianos, aquel pequeño hotel... Por detrás de Maruja asoma la gran pasarela peatonal con ascensor que comunica un Ujo con otro, o lo que es lo mismo, la plaza de la iglesia con el barrio de Cortina por encima de la densa playa de vías de Renfe. Una placa en la base de la estructura informa de que fue inaugurada en octubre de 2007, pero con el dato desnudo no basta. Torre pone contexto a la fecha, recordando que aquel acto de inauguración sólo llegó a Ujo después de «ocho años de reivindicaciones, incluida una sentada en la estación», en los que «se mató una señora y otras dos o tres se cayeron» al atravesar el paso «más estrecho y deteriorado», obviamente sin ascensor y «con agujeros en el suelo», que precedió a la moderna plataforma actual. Hasta en la absoluta visibilidad del puente que salva la vía hay un cierto signo de abandono. Incluso lo que está hecho se atisba aquí lo mucho que ha costado conseguirlo. Al ver los precios de las mejoras que demanda el futuro, al contemplar lo que hay en lugar de lo que hubo, Maruja teme con razones que Ujo vuelva a ser una aldea.

Una «ciudad dormitorio» a la manera de la etapa esplendorosa del carbón

Los cristales rotos del edificio blanco en ruinas que fue la fábrica de chocolate Agustina sólo funcionan ya como residuo revelador del intenso pasado fabril de Ujo. Fósiles como ése siguen permitiendo recorrer sin dificultad la localidad mierense hasta la raíz de su raigambre minera. Los restos, bien visibles, sirven como recordatorios del punto de partida de donde viene esta población que, como tantas de su entorno en la cuenca minera del Caudal, ha dejado por el camino un buen puñado de sus fuentes de riqueza. La vieja factoría, por ejemplo, que está en la travesía de la carretera comarcal que enlaza al sur de Ujo con la AS-242, la vieja de Oviedo a Campomanes por el alto del Padrún, y justo enfrente de los «Cuarteles de la Torre», alargados, dos plantas con corredores en la superior, que la Hullera Española edificó para sus empleados en 1894. No muy lejos, junto al río, está el barrio obrero de las colominas de San José, sosteniendo la certeza de que esto ya fue en el siglo pasado una población residencial, una «ciudad dormitorio» a los modos de la época esplendorosa de la explotación del carbón y la empresa paternalista. La teoría se comprende al descubrir los cuarteles que alojaban a la clase de tropa en la plantilla de la Hullera y un poco más al Sur las antiguas residencias de la aristocracia empresarial y la mano de obra cualificada. Justo al salir de Ujo por el Sur aparecerá el que todavía se conoce aquí como «el chalet de los geólogos», con su silueta cuadrangular y la fachada amarilla y verde tras la que hoy tiene una de sus sedes la Fundación de las Comarcas Mineras, Fucomi. Y en el barrio de Vistalegre, al otro lado de las vías del tren, sabiendo mirar se habrán descubierto otros ejemplos que forman parte de aquellos «activos ociosos» que al decir del vecindario están pidiendo un reciclaje. Delante de la puerta cerrada de la gran finca donde resiste un edificio de ladrillo visto, dos plantas y tejado a dos aguas, un anuncio  invita a los interesados en contactar con el servicio de patrimonio de Hunosa a dirigirse a las oficinas centrales de la compañía en Oviedo. Ya no hay oficinas, aclara Felipe Bayón, en esta amplia parcela arbolada que también tiene un nombre popular que deja ver su uso anterior, «la gerencia», la antigua residencia del gerente, y que completa el recorrido por las residencias nobles con otro inmueble, dentro de la misma finca, que fue utilizado como vivienda ocasional por el mando más alto, el marqués de Comillas, el fundador de la Hullera Española.


«Pero hay que cambiar el chip, de nada vale añorar lo antiguo». El presidente de la asociación de vecinos está poniendo en evidencia que todo ese completo inventario de arquitectura urbana industrial invita a reutilizar, que hay oportunidades detrás de las paredes muy valiosas de todos esos edificios. De esos y de los de la otra vida, la ferroviaria, la estación o el antiguo taller modernista de locomotoras eléctricas, abandonado junto a la vía. «Para residencia de ancianos», por ejemplo, «se propuso la vieja estación de Renfe»; en la finca de la gerencia, recuerda Jesús Ortiz, se planteó el Hogar del Pensionista, a su alrededor una zona ajardinada de uso público, y así sucesivamente. Para una población en la que «los servicios han bajado bastante», afirma Bayón, y que se obliga a «volver a intentar que no nos quiten los pocos que tenemos», sería un lujo mantener sin uso ese patrimonio arquitectónico.

El romano ausente

Pero las deudas de Ujo con su pasado, según la expresión que emplea la hoja parroquial colgada en el tablón de anuncios, junto a la puerta de la iglesia de Santa Eulalia, obligan a ampliar la extensión del retroceso en la historia del pueblo. Por aquella posición central de Ujo en el paso de Asturias hacia la Meseta, este pueblo está en el trayecto del Camino de Santiago, cuarta etapa de la ruta «del Salvador», que enlaza León con Oviedo antes de seguir el recorrido hacia Compostela, y fue en su tiempo un asentamiento romano del que no saca hoy, al decir del vecindario, todo el partido que podría. La evidencia física del pasado romano de Ujo se detiene en una lápida funeraria colgada del muro lateral de la iglesia de Santa Eulalia y otras dos que han viajado, sin dejar ni réplica, al Museo Arqueológico de Oviedo. Ni rastro de la estatua de Gaio Sulpicio Ursulo, centurión en la época del emperador Trajano y uno de los romanos que dejó su lápida en Ujo, cuya efigie estaba proyectada en la remodelación de la plaza de la iglesia, pagada supuestamente con fondos mineros... «El campamento estaba aquí» y a Felipe Bayón no le cuadra que el museo esté proyectado en el palacio de los Faes de Carabanzo (Lena). El retorno al pasado romano ha vuelto a excitar la sensación de la aldea de irreductibles incomprendidos y acosados por el imperio.


En el tablón de anuncios de la puerta de la iglesia, la hoja parroquial aun extiende la indefensión al estado de conservación del templo, joya románica declarada Bien de Interés Cultural poco explotada y nada bien cuidada según una de las opiniones más extendidas por el vecindario. El texto alerta de que «lo lamentable con relación a la iglesia de Ujo es la degradación que sigue sufriendo a causa de las vibraciones de Renfe. Las autoridades, incluidas las de Renfe, admiten el daño, pero sólo de palabra», protesta, acompañado por los vecinos que han visto «madres que permiten que sus niños lancen balones contra los muros» o «una cría recorriendo montada en su bicicleta el interior de la iglesia».

La mina y el tren, Roma, el Románico y el segundo marqués de Comillas

Ujo tiene un cerco doble de vías férreas, por el Oeste las de Renfe a Oviedo, Gijón y la Meseta; por el Este y al otro lado del río, en Ujo-Taruelo, las de vía estrecha que comunican este valle con el del Aller. La geografía trajo el tren a este recodo del río Caudal que fue la salida natural para el carbón de las minas alleranas hacia el ferrocarril León-Gijón y tuvo la estación con más tráfico carbonífero de España en su tiempo. Porque tenía vías y espíritu histórico de encrucijada de caminos, Ujo también atrajo hacia sí el núcleo administrativo de la Sociedad Hullera Española, compañía fundada en los últimos años del siglo XIX por Claudio López Bru, segundo marqués de Comillas y padre de la sociedad paternalista que edificó en la localidad mierense un muestrario completo de arquitectura minera para obreros y mandos de la empresa. Aquí los cuarteles de estilo galés y a su lado las colominas obreras más típicas, más allá el chalet de la gerencia, residencia ocasional del propio marqués, y en Bustiello, parroquia de Santa Cruz, todo un poblado minero ejemplificador del paternalismo de una empresa minera que incluso urdió en su día un proyecto de segregación de concejo minero que se extendería desde aquí hasta Moreda, que tendría capital en Bustiello y en Ujo su centro administrativo.


Pero el nudo de comunicaciones no es de ahora, ni de entonces. Mucho tiempo antes del carbón y de las minas, el valor de la ubicación ya había traído hasta aquí un asentamiento romano de tránsito en la ocupación romana del territorio astur. Ujo era «Ostium», o «Ustium», puerta, y de aquel campamento han perdurado tres lápidas con inscripciones de la época, una que cuelga en el muro Oeste de la joya arquitectónica ujense, la iglesia románica de Santa Eulalia, y otras dos se conservan en el Museo Arqueológico de Oviedo. Casi tanto como descifrar aquella historia cuesta e importa saber hoy si Ujo sabe sacar todo el partido de todo eso que siempre le ha dado vida.

 

El Mirador

Propuestas para mejorar el futuro

_ Reicastro

En el año 2002, Luis Tejuca, entonces presidente de Hunosa, dijo que la vieja escombrera de Ujo se iba a convertir en «el mejor polígono industrial de la comarca». Han pasado diez años, la hullera sólo ha concluido la urbanización y la explanada sigue vacía mientras se buscan empresas. El alcalde de Mieres, Aníbal Vázquez, lo ha propuesto para «pequeñas firmas de la zona», pero la crisis no ayuda y en Ujo duele la demora casi tanto como el desierto de ese espacio que costó «millones y millones de camiones para quitar esa escombrera», apunta Felipe Bayón, que sigue siendo «una gran oportunidad para el empleo» que «podríamos haber usado maravillosamente para el hospital».

_ La plaza

La reurbanización del campo de la iglesia, incluido el acondicionamiento de la escalinata de acceso al templo y la estatua del centurión romano Gaio Sulpicio Ursulo, estuvo aprobada con compromiso de gasto de fondos mineros, pero su futuro está tan en el aire como todas las obras con cargo a las partidas para la reestructuración.

_ Fusba

En lo más alto del barrio de Cortina, el centro de trabajo de la Fundación Laboral Santa Bárbara (Fusba), dependiente de Hunosa, da que hacer a más de un centenar de trabajadores con discapacidad en tareas de los sectores textil o de artes gráficas. Sobre las instalaciones de Ujo pende, no obstante, una advertencia de traslado al polígono de Olloniego.

_ La residencia

Dada la estructura de la población ujense, una de las demandas más abundantes reclama una residencia de ancianos a partir de la constatación, apunta María Josefa Torre, de que ahora «los mayores de aquí tienen que salir del pueblo, hacia los centros de Bustiello o Santullano». La propuesta de reutilizar para este propósito la estación ferroviaria de Ujo no ha tenido eco hasta ahora.

_ Un hotel y vivienda

Hay quien demanda «un pequeño hotel» que incite a parar aquí al tráfico de paso y quien llama a saber aprovechar mejor las buenas condiciones que regala la geografía. Por dentro del pueblo, Felipe Bayón se refiere además a la reparación que están pidiendo «algunas viviendas antiguas en estado de ruina o semirruina y a veces peligrosas para la población».

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