Reiniciando el sistema... Diputados y presidentes del Principado y de la Junta, reunidos en 2007 para conmemorar el 25.º aniversario del Estatuto de Autonomía.
Asturias abrió con el acceso a su autonomía cuatro decenios de restablecimiento democrático en los que ningún partido distinto al PSOE ha completado una legislatura en el gobierno

Todo esto volvió a empezar donde había empezado todo. En 1978, Asturias también renació en Cangas de Onís, en la primera capital del reino, en la corte de los cinco primeros reyes asturianos, allí donde cuidando mucho la coreografía y la carga simbólica del guiño a la historia se reunió por primera vez el Consejo Regional de Asturias, embrión de la preautonomía. Era un sábado de noviembre, y a la mesa de la primera reunión se sentaron diez diputados y cuatro senadores electos en los primeros comicios de la democracia, los del 15 de junio de 1977. En la crónica de la época se las retrataba como “catorce personas dispuestas a trabajar por Asturias con la misma ilusión de un novillero que se quiere comer el mundo”. Había mucho futuro aquel 11 de noviembre. La región tenía mucha más gente y mucho más joven y en el cine Principado de Oviedo acababa de verse a John Wayne haciendo “Los indestructibles”.

El “no va a ser fácil” que pronunció en Cangas de Onís el socialista Rafael Fernández, primer presidente de aquella entusiasta preautonomía, se extendió como una acertada premonición a lo largo de los cuatro revirados decenios que han ido achicando el futuro. Lanzados, los ilusionados “padres de la patria” empezaron a fraguar en 1979, en una casa que el diputado popular Juan Luis de la Vallina tenía en Luanco, una “Comisión de los Veinticuatro” que luego acabó delegando en otra más pequeña, de ocho, el magno encargo de redactar un Estatuto de Autonomía para Asturias.

El borrador estaba listo en abril de 1980, no sin antes discutir mucho sobre si esto se iba a llamar Principado -el Partido Comunista no quería-, o si la vía de la autonomía sería la del artículo 143 o la del 151 de la Constitución -ambas diferían en el calendario para alcanzar el techo competencial y la mayoría de la UCD eligió la primera frente al camino más propio de las llamadas “comunidades históricas”-, incluso si, como quería Alianza Popular, había que mantener la Diputación Provincial. Afloró el consenso, eso que no demasiadas veces se repetiría después , y el Estatuto asturiano abrió brecha, marcando la pauta para las otras regiones que en el resto del país desarrollaron la autonomía por la vía del 143. Estaba hecho, y aunque el texto encalló en Madrid y la entrada en vigor de la versión definitiva se demoró hasta los comienzos de 1983, el asunto era que Asturias tenía vida política propia y se había incorporado a ella de la mano del entendimiento entre políticos distintos, de un consenso sobre lo esencial que no iba a tardar demasiado en echar de menos.

El periodo arranca con el consenso pionero de un Estatuto de Autonomía que sirvió de modelo para otras regiones españolas
Pedro de Silva abraza a Rafael Fernández tras el triunfo de aquél en las primeras elecciones autonómicas, en 1983

Simplemente siguiendo la pista de aquel Estatuto y de su desarrollo de más de tres decenios se intuyen, según alguna opinión autorizada, algunas de las disfunciones que con el tiempo iría acumulando el sistema. Ninguna de las cuatro únicas reformas de la norma fundamental de la autonomía -sustanciadas todas a partir de 1991 y vinculadas a la ampliación de las competencias- fue ajena a los cambios emprendidos en todo el Estado. Ya fuera por falta de iniciativa, por exceso de sumisión de los partidos asturianos a los dictados políticos de Madrid o por una combinación de ambas, en este detalle hay quien ve un signo del devenir de la política asturiana, que no acometió una modificación estatutaria decidida y fundada en las necesidades propias de la región.

Desde aquella mañana del “renacimiento” democrático de Cangas de Onís, los asturianos han votado en 39 elecciones -entre municipales, autonómicas, generales y europeas- y tres referéndum. Tanta cita con las urnas ha jalonado una historia democrática que en un vistazo global se demuestra carente de alternancia y más pródiga en cuitas dentro de los partidos que en consensos fuera de ellos. La trayectoria política de Asturias en los últimos cuarenta años ha caminado con muy breves interrupciones del PSOE al PSOE y pasando por el PSOE. A pesar de sus sonoras y relativamente frecuentes crisis internas de diversas épocas -últimamente se les puede contabilizar al menos una intensa por década-, los socialistas únicamente han perdido el Gobierno autonómico dos veces, y ambas después de algo más grave que una lucha por el poder en el partido. Sólo se apearon del poder cuando las convulsiones intestinas de los momentos previos a la cita electoral adquirieron dimensiones especialmente devastadoras para ellos. Así ocurrió en 1995, cuando los socialistas pagaron con su primera derrota en las urnas las secuelas del escándalo del “Petromocho”, el mayor en la historia de aquella joven democracia, la falsa inversión petroquímica que engañó y se llevó por delante al Gobierno de Juan Luis Rodríguez-Vigil. Así volvió a pasar en 2011. En este caso, el PSOE de Javier Fernández perdió en escaños, que no en votos, frente al Foro de Francisco Álvarez-Cascos tan sólo unos meses después de que el exconsejero socialista José Luis Iglesias Riopedre ingresase en prisión por sus responsabilidades en el “caso Marea”, que persiguió la corrupción en la Administración de Vicente Álvarez Areces, el presidente más persistente de la democracia, con sus doce años de poder.

En el camino que viene desde 1978 Asturias se ha dejado una población que supera la cifra actual de habitantes del concejo de Avilés

El caso es, no obstante, que la alternancia política ha aparecido poco en la historia reciente de Asturias también porque estos únicos dos paréntesis ajenos al socialismo fueron efímeros y terminaron invariablemente mal. En 1995, cuando el viento a favor que acabaría llevando a la Moncloa a José María Aznar como primer presidente popular de la historia de España llenaba al PP asturiano de buenos augurios, cuando ellos mismos habían alcanzado también por primera vez la jefatura del Ejecutivo asturiano, todo estalló abruptamente con la primera, que no la última, quiebra interna de la derecha asturiana. El PP se rompió en su única experiencia de Gobierno por los desencuentros entre el presidente del Principado, Sergio Marqués, y Francisco Álvarez-Cascos, entonces vicepresidente del Gobierno de España. El turno posterior de un partido distinto al PSOE, el de Foro en 2011, duró algo más de diez meses, hasta que el mismo Cascos decidió adelantar las elecciones y dar paso a los únicos comicios anticipados de la reciente historia democrática asturiana.

Foro, el portazo como respuesta de Álvarez-Cascos a la negativa del PP a aceptarle como candidato autonómico, tardó seis meses en conseguir el Gobierno y diez en dejarlo. Un hito al menos tan insólito como que siempre, en todos los momentos electoralmente sugestivos para la derecha -tras la victoria de Aznar en 1996 y en vísperas de la de Mariano Rajoy en 2011-, haya sobrevenido una cruenta fractura interna en Asturias y en los dos casos haya emergido Álvarez-Cascos como elemento permanente.

1993: Por la izquierda, el empresario Juan Blas Sitges, el supuesto intermediario Maurice Jean Lauze, Juan Luis Rodríguez-Vigil y el consejero Víctor Zapico anuncian la inversión del “Petromocho”, que resultó ser falsa
Un gélido saludo entre Sergio Marqués y Francisco Álvarez-Cascos en Gijón en 1998

Si se dice que ha faltado la alternancia es porque con todos esos vaivenes nunca un Gobierno de un partido distinto al PSOE ha durado en Asturias una legislatura completa -Marqués agotó su mandato, pero para entonces el PP ya estaba roto; el de Cascos no llegó al año-. Pero tampoco el entendimiento entre desiguales que presidió el restablecimiento de la democracia se prolongaría demasiado después de aquel arranque prometedor de la preautonomía. De diez elecciones autonómicas únicamente han salido dos mayorías absolutas -ambas socialistas, la de los primeros comicios, que hicieron presidente a Pedro de Silva, y en 1999 la primera de las tres que gobernó Areces-, pero pese a esa persistencia de las minorías parlamentarias no llegan a dos completos los gobiernos de coalición, ambos del PSOE con apoyo de IU, los dos con Areces al frente, en 2003 y 2008.

La Junta General del Principado no ha sido ajena a los vientos de la desafección y la crisis de confianza respecto a una clase política que a los ojos de amplios sectores de la sociedad había envejecido demasiado en treinta años. El resultado, en su versión asturiana, encuentra hoy el Parlamento más partido de su historia, dividido en seis fuerzas políticas con la irrupción de Podemos y Ciudadanos pero acaso igual de poco pródigo que sus antecesores en cuanto a la inclinación a los grandes consensos. Con todo esto que ha llovido, ahora se escribiría tal vez una versión del futuro mucho menos optimista que cuando aquellos “novilleros” de 1978 querían “comerse el mundo”.

Javier Fernández y Vicente Álvarez Areces, en una imagen de 2007
Una de las primeras manifestaciones a favor de la autonomía y del asturiano, en Gijón en los años setenta

El camino de estos cuatro decenios, el que ha ido del transistor al internet de las cosas, de la tele en blanco y negro a Youtube, es en Asturias también el de la desorientación a la salida de la gran industria, la del largo trazado y construcción de las grandes infraestructuras de comunicación -salvo esa Variante de Pajares de la que, sí, ya se hablaba como esbozo y barrunto en aquellos años finales de los setenta- y la del Principado como región pionera en la impensable transformación de las casas de pueblo y las viviendas de los curas en establecimientos de alojamiento para turistas.

A cambio, la población de Asturias se ha replegado sobre sí misma, ha vuelto al pasado a fuerza de decrecer y retornar a los niveles demográficos de los años sesenta y ha avanzado hacia el centro urbano dejando atrás el campo sin que los gobernantes hallasen fórmulas de reversión del trayecto ni lenitivos contra la vejez colectiva. La región de hoy, con la natalidad más baja de España desde los ochenta y un escaso atractivo económico que no encuentra compensación en los inmigrantes, se acerca peligrosamente al millón de habitantes con los niveles de envejecimiento más gruesos del país. Por el camino que viene de 1978 hasta aquí, Asturias se ha dejado casi 82.000 habitantes, una cifra que supera la población actual de Avilés. El promedio de población mayor de 65 años ha pasado, teniendo también en cuenta las mejoras que incrementan la esperanza de vida, del 11 al 25 por ciento, y lo que queda está cada vez más apiñado en el área central urbana: pese al descenso global, el peso demográfico de la suma de los cuatro mayores concejos -Gijón, Oviedo, Avilés y Siero- ha subido diez puntos, de acumular aproximadamente la mitad de la población asturiana en 1978 a superar hoy el 60 por ciento. De aquel renacimiento democrático Asturias ha pasado a la mediana edad.