Una asturiana de los valles, ejemplo del resurgir de lo autóctono Miki López
El agro se modernizó tras una dura reconversión con muchos cierres, pero falta sacar más partido a la agricultura y al sector forestal

La historia del campo asturiano en las cuatro últimas décadas es la de un coloso que ha logrado reinventarse a sí mismo y pasar de estructuras obsoletas y ancladas en el pasado a modernos planteamientos empresariales que han convertido las ganaderías en centros tecnológicos en los que cada paso se mide. No siempre fue así. En 1980 las cuadras asturianas albergaban más de 30.000 explotaciones de leche caracterizadas por su pequeño tamaño y nula rentabilidad. La venta doméstica y el autoconsumo primaban en las aldeas, donde también se practicaba una agricultura de autoabastecimiento, carente de toda visión comercial. Las cosas no cambiaron de la noche a la mañana, pero casi. El momento clave para la transformación del corazón rural de la región fue el ingreso de España en el entonces Mercado Común Europeo. Vinieron reconversiones y cierres, pero también recursos económicos para emprender un lavado de cara que se saldó con la desaparición de miles de explotaciones (en el sector lácteo ya quedan menos de 2.000) y, a la vez, un aumento de la producción ligado al desarrollo de una genética vacuna puntera que queda de relieve en el caso de criadores como la familia Badiola.

Por el camino se quedaron la agricultura, gran olvidada en toda esta senda plagada de novedades, y también el sector forestal. Siguen siendo dos de las principales asignaturas pendientes en el Principado. Pero volvamos a aquella historia que comenzó con la entrada de España en Europa. Corría el año 1984 cuando los ganaderos empezaron a familiarizarse con las siglas PAC (Política Agrícola Comunitaria) y con las cuotas lecheras que regularon la producción hasta 2015, año de su desaparición definitiva.

La introducción del kiwi y el arándano ayudó a revitalizar vegas olvidadas

Las cuotas nacieron en 1984 para equilibrar el mercado, con la intención de estar vigentes cinco años. Extendieron su reinado durante tres décadas y se marcharon con el mismo ruido con el que llegaron, pero sin provocar la hecatombe que muchos preveían.

Han pasado más de tres años desde la muerte de los cupos y la actividad lechera ha continuado a buen ritmo. Los precios se recuperan y el sector vive momentos de bonanza gracias a las buenas cotizaciones de la mantequilla y la leche en polvo. Las cuotas, que llegaron a la vez que las ayudas de la PAC, contribuyeron a mantener la actividad en regiones como Asturias, que no pueden competir en cantidad pero que a cambio sí juegan la gran baza de la calidad y la diferenciación del producto.

Y en ese terreno han sido fundamentales las marcas de calidad europeas que amparan productos tradicionales de la región como el queso Cabrales (el que inauguró la lista), Gamonéu, Afuega’l Pitu, Casín y Los Beyos. La ternera asturiana, la faba, el chosco de Tineo, el vino de Cangas y, por supuesto, la sidra son otros de los integrantes de una nómina que va creciendo poco a poco y que contribuye a llevar el nombre de Asturias por el mundo. Una de las últimas iniciativas es la presentación de la candidatura de la cultura de la sidra a integrar la exquisita lista de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad que elabora la Unesco y que cada año suma nuevas incorporaciones. Lograr el reconocimiento sería afianzar la presencia del sector agroalimentario asturiano en el mundo y a la vez compartir con el resto del planeta una tradición que también se ha convertido en uno de los principales atractivos turísticos del Principado.

La manzana regional pide paso. La puesta en marcha de una denominación de origen para la sidra llevó aparejada la recuperación de las pomaradas. En la fotografía, escanciado de sidra

No sería justo resumir cuatro décadas del campo asturiano sin hablar de la expansión que vive la producción ecológica, ligada en buena medida a la producción de carne de las razas autóctonas asturiana de los valles y asturiana de la montaña, con presencia creciente en el mercado nacional.

El cultivo de pequeños frutos como el arándano y la grosella y, sobre todo, el del kiwi, que llena las vegas del Bajo Nalón y se extiende ya por concejos como el de Carreño, habla a las claras de la diversificación de la actividad agraria, con un amplio potencial por explotar.

Las primeras plantaciones de kiwi en el Bajo Nalón datan de mediados de los años 80. A finales de la década, comenzó a ser un producto habitual en los supermercados de España, hasta consolidarse como una fruta de alta calidad.

Manjares de leche con sello europeo. El Cabrales se convirtió en 1981 en el primer queso de Asturias en contar con una denominación de origen. En la imagen, la cueva de Teyedu

Alrededor de las producciones se asienta una pujante industria transformadora que tiene como buque insignia a Central Lechera Asturiana, la fórmula cooperativa que contribuye a mantener un buen nivel de precios en origen para el oro blanco asturiano.

La gran familia agroalimentaria encara el futuro con optimismo y, a la vez, con la incertidumbre que plantea la enésima reforma de la PAC, que probablemente reducirá el porcentaje de ayudas. Eso será en unos meses. De momento, los ganaderos miran al móvil y conectan el robot de ordeño. Definitivamente, cuarenta años han dado para mucho.