La red de espacios protegidos y la marca de calidad de la región, una herencia para afrontar el futuro Miki López
La red de espacios protegidos y la marca de calidad de la región, una herencia para afrontar el futuro

Los últimos cuarenta años han sido los de la construcción del paraíso natural en Asturias: la red regional de espacios protegidos (iniciada en 1988 con el Parque Natural de Somiedo) y la marca turística que ha vendido naturaleza salvaje, montañas y bosques, osos… a España y al mundo.

El oso pardo es uno de los iconos de ese paraíso natural y su actor más afortunado, pues ha experimentado una espectacular recuperación, demográfica y territorial, de tal modo que, sin superar el umbral de la amenaza de extinción (la cordillera Cantábrica no dispone de hábitat suficiente para el número de ejemplares que permitiría retirar esa etiqueta), su población ha crecido, su índice de éxito reproductor se ha multiplicado, ha recolonizado antiguos dominios y, a día de hoy, puede garantizarse su observación en las fechas y los lugares adecuados; un caramelo para los turistas, que acuden en masa atraídos por esa llamada de lo salvaje. Esa evolución ha ido pareja a una ardua y tenaz lucha contra el furtivismo, de la que son símbolo e imagen “Paca” y “Tola”, rescatadas como oseznas en 1989, y mantenidas en cautividad desde entonces (“Tola” murió en enero pasado), aunque ni el problema ni la lucha se agotan en el oso, sino que afectan a un amplio espectro de fauna, con los buitres en primer plano. De hecho, la recuperación del buitre leonado, al borde mismo de la extinción en 1982, ha sido punta de lanza y uno de los grandes éxitos de la conservación en Asturias en los últimos cuarenta años, guiado por una ONG de referencia nacional: el Fondo para la Protección de los Animales Salvajes (FAPAS). Éste ha sido, dicho sea de paso, el tiempo de la explosión y la consolidación como fuerzas ciudadanas de los grupos ecologistas (en sus vertientes social y política).

El oso pardo se ha recuperado en las cuatro últimas décadas y se ha erigido en símbolo de la conservación y en un poderoso gancho del turismo de naturaleza L. M. Arce
La población de urogallo (en la foto, un macho) ha disminuido de forma dramática en las cuatro últimas décadas L. M. Arce

Pero estas cuatro décadas de construcción (o restauración) del paraíso natural, que además lo han situado en Europa (Red Natura 2000) y entre los modelos internacionales de desarrollo sostenible (reservas de la Biosfera), también han registrado importantes procesos de destrucción y deterioro: grandes superficies de bosque y de matorral han ardido pasto de las llamas (en incendios provocados con diversas intenciones), lo que ha generado, a su vez, una fuerte erosión que se ha llevado la tierra fértil y ha desertificado amplias áreas del Suroccidente; las poblaciones de urogallo cantábrico y de salmón atlántico han descendido hasta niveles críticos (pese a lo cual el segundo se sigue pescando); se han alterado las cuencas de los ríos mediante presas y canalizaciones (con la consiguiente transformación de las riberas, los lechos y de la propia dinámica fluvial), y los paisajes de campiña han sido ampliamente urbanizados.

En este tiempo, la sociedad ha ganado sensibilidad hacia la naturaleza y el medio ambiente, y ha adquirido consciencia de la repercusión que tienen su cuidado o su descuido en todos los aspectos de la vida: alimentación, salud, economía, ocio… Aunque ello no ha evitado graves problemas de contaminación ni de generación de residuos (ésta es la era de los plásticos). También se ha entrado de lleno en la globalización, un fenómeno con múltiples repercusiones, una de ellas el agravamiento exponencial de la circulación de flora y fauna invasoras, una de las mayores amenazas, globales, para la biodiversidad. Basta con ver los entornos urbanos e industriales plagados de hierbas de la Pampa y la rápida expansión del avispón asiático para situar las dimensiones y el impacto del problema.

La globalización ha traído consigo un agravamiento exponencial de la problemática de las especies invasoras de flora y de fauna

Global es, asimismo, el cambio climático, que está modificando, a un ritmo acelerado, las condiciones ambientales del planeta, su propia habitabilidad, aunque las raíces del fenómeno (y también sus efectos) se hunden en lo local. Y Asturias posee un papel en el imprescindible cambio energético, en el abandono de los combustibles fósiles, sancionado por los acuerdos internacionales sobre el cambio climático, pero en el que, a pesar de las cuantiosas sumas de dinero invertidas, no se ha avanzado ni un paso.

Más aún, se sigue porfiando en la continuidad del carbón, tanto en las extracciones (con una notable insistencia en la recuperación de las minas a cielo abierto, pese a su gravoso impacto ambiental, objeto de una de las batallas del ecologismo a finales del siglo pasado) como, sobre todo, en la quema del mineral en las centrales térmicas.

Agentes del Seprona con las oseznas "Paca" y "Tola", tras su rescate, en junio de 1989. Las hermanas se convirtieron en un icono de la lucha contra el furtivismo

La promoción de las energías limpias, que en Asturias ha puesto el acento en la eólica, se ha acompañado de la incentivación del reciclaje, un hábito muy arraigado ya en gran parte de la sociedad, en especial a través de las campañas dirigidas a los escolares, aunque no se ha podido frenar el problema de origen: el consumismo y la generación excesiva de residuos. Sí se han logrado contener (aunque no erradicar) los basureros a las afueras de los pueblos, el vertido de desechos en los terraplenes y a los ríos.

El paraíso natural, con sus defectos, sus descuidos y sus problemas, ya forma parte de la imagen interna y externa de Asturias, de su marca, de su futuro. Se ha creado un activo, vinculado directamente a la industria turística (que no sólo comprende desplazamientos, alojamientos y manutención, ya que esas tres funciones implican, por ejemplo, a la industria primaria, de producción de alimentos, que se demandan locales y con sellos de calidad, y al cuidado de la estética de los pueblos), pero que la trasciende, ya que el producto es la propia naturaleza y, por tanto, concierne a su conservación. También a sus habitantes, en tanto los paisajes naturales actuales son el resultado de una larga interacción con la actividad humana.

Vecinos de La Veguina (Tapia de Casariego) combaten las llamas en el incendio que asoló la zona en diciembre de 2015 Miki López
Un grupo de alumnos del institudo de Sama, en un contenedor inteligente de plásticos Fernando Geijo