Vista aérea de La Fresneda Miki López
Los vecinos se han ido del pueblo a la villa, coquetean con el turismo y tiran del sector agroalimentario

Nada y todo ha cambiado en el área central de Asturias -entendida ésta como una imaginaria franja entre la ría del Nalón y la de Villaviciosa que cruza de Norte a Sur desde la costa hasta la Cordillera- en los últimos 40 años, los del periodo constitucional más fructífero y estable de la historia de España.

Nada porque el territorio es eminentemente rural, como entonces, cuando ya estaban configurados, y ahí siguen, los grandes centros poblacionales y de actividad de la región: la capital, Oviedo; el industrial Avilés, la gran ciudad portuaria de Gijón y la extensa mancha de las cuencas mineras. En torno a estas cuatro grandes áreas -que por sus características dan para toda una edición propia y diaria de un periódico, a lo que ha dado respuesta LA NUEVA ESPAÑA– gravita una serie de concejos muy distintos con el emergente y pujante, poblacionalmente hablando, Siero a la cabeza. Un territorio que también genera información diaria en su correspondiente edición de Centro de LNE (Siero, Noreña, Llanera, Carreño, Villaviciosa, Bimenes, Sariego, Cabranes, Muros de Nalón, Candamo, Pravia, Grado, Yernes y Tameza, Proaza, Quirós, Teverga y Santo Adriano). Incluso las cifras de población en conjunto se mantienen estables: este grupo de concejos rondaba en 1980 los 133.000 habitantes y hoy en día supera ligeramente los 131.000 (INE).

Un túnel en la Senda del Oso, en Proaza Miki López

Pero todo ha cambiado también. Es la misma población, sí, aunque en distinto escenario: los pequeños concejos han sufrido una sangría de vecinos que en algunos casos los ha dejado en la mitad o casi (Yernes, los valles del Trubia, Cabranes) para irse de los pueblos a las villas (Grado, Pravia, Villaviciosa, Nava) o al potente imán del núcleo central Siero/Noreña/Llanera, tres municipios que han roto la tendencia a la baja desde 1980 y han visto cómo crecen sus residentes. Siero es ya el cuarto concejo en población de Asturias, con casi 52.000 habitantes, y hace más de 30 años alumbró lo que hoy es una de sus principales localidades, la urbanización de La Fresneda, con su colegio, centro de salud, centro cultural, polideportivo… En torno a 5.500 vecinos.

Cuatro décadas dan para mucho y -aunque lentamente, y quizás desordenadamente, en opinión de algunos- la mejora de las comunicaciones y de los servicios (educación, sanidad, sociales), así como los cambios en el tejido productivo, son un hecho. Gran parte de la población sigue empleada en las grandes industrias de las vecinas comarcas de Avilés y de Gijón, los servicios de Oviedo, algo menos en la minería de las Cuencas (Siero, Teverga y Quirós clausuraron las suyas) y en los grandes polígonos de Asipo y Silvota y el Tecnológico, el último en sumarse, en Llanera.

Pero tímidamente muchos vecinos han empezado a quedarse recientemente en su territorio y a ganarse la vida allí. La industria sidrera de Nava y Villaviciosa, aunque algo menguada al haber cerrado muchos lagares, ahí sigue, con todo lo que lleva detrás (cultivos, recogida, investigación, producción); la industria de antaño se ha modernizado y han surgido empresas como la antigua Terpla (hoy Linpac) en Pravia, la principal empleadora en el bajo Nalón, donde hay otra actividad emergente ligada a nuevos cultivos como el kiwi, en plena expansión, y se mantiene, con altibajos, una pujante e histórica actividad comercial (ahí están los ejemplos de Grado, con su exitoso mercado, Villaviciosa y Pola de Siero).

Un barco pesquero frente a la costa de Carreño Miki López

Y aquellos concejos que se han quedado sin un sector productivo claro (la pesca, por ejemplo, ha desaparecido o es más bien simbólica en Candás, Tazones, San Esteban de Pravia, localidad esta última en la desembocadura del Nalón que aún sangra por la herida de haber sido marginada en la distribución de los fondos mineros pese a haber sufrido históricamente la actividad de las Cuencas) apuestan sin dudarlo por el turismo.

Ejemplos claros y pujantes: los valles del Trubia, con el tirón osero del cercado y de la senda; San Esteban de Pravia transformó sus vestigios industriales en monumentos para el turista; el sector sidrero enseña al visitante cómo se hace la bebida, muestra las pomaradas e incorporó en 1996 el Museo de la Sidra en Nava; los que vivían de la pesca (Candás, Tazones) la aprovechan ahora en su vertiente cultural y gastronómica, y otros han visto en la industria agroalimentaria (quesos, embutidos, dulces) una posibilidad de crear un más que aceptable sector de producción capaz de generar riqueza y también fijar población o, al menos, retener a sus vecinos.

A todo esto, este centro asturiano de mar y montaña, pesca y huertas, industria y servicios, y una innegable calidad de vida cuenta, quizás, con algo de lo que carecen las alas: unas comunicaciones terrestres excepcionales. Sólo por Siero pasan a día de hoy cuatro autovías (la “Y”, la Industrial, la Minera y la de Villaviciosa); por Grado cruza la de La Espina (inacabada), que de paso ha beneficiado a Candamo y Pravia, y hasta la desembocadura del Nalón es posible llegar por la del Cantábrico. Sin olvidar una amplia red de carreteras locales y regionales que, con sus más y sus menos, han mejorado considerablemente en estos 40 años con nuevos trazados (“Y” de Bimenes, corredor del Trubia) y reformas.

En resumen, muchas mejoras y avances que, sin lugar a dudas, no se podrían haber materializado sin el “maná” de los fondos europeos, canalizados a través de distintos planes de desarrollo rural (“Proder”, “Leader”…) que han dejado miles de millones de euros en infraestructuras, al principio, pero también en la configuración de nuevos tejidos productivos. Su éxito o fracaso se verá en unos años. Ahí el reto: consolidarlos.