La transformación urbanística y la efervescencia social de una villa de vocación expansiva, como sus habitantes, que tras superar una dura reconversión industrial encara el futuro con optimismo

Hay ciudades de tiempo más reposado, de evolución lenta. No es el caso de Gijón, que ha vivido las cuatro últimas décadas sin vocación de descanso. Y a toda máquina.

Cuarenta años que han supuesto una de las modificaciones urbanas más profundas del país. Los cambios sustanciales que vieron nacer “otra” ciudad, otro Gijón, fueron en parte consecuencia del terremoto industrial de los años ochenta y noventa, de la necesidad de ocupar espacios que habían dejado vacíos las fábricas y de -no hay que olvidarlo- esa maravillosa tendencia expansiva de los gijoneses. Va en los genes y se ha traducido a lo largo de nuestra historia contemporánea en la apertura de nuevos barrios (Viesques, Montevil, Moreda, Nuevo Roces…), la recuperación de amplias zonas del litoral (puerto deportivo, playas de Poniente y El Arbeyal, mejora en los accesos a las playas al Este del concejo…) y, en general, un mapa de equipamientos sociales, deportivos y lúdicos que hubieran sido impensables a mediados del pasado siglo.

Gijón creció y a la vez se volvió más cercana. Hubo un crecimiento anterior, a partir de los años sesenta y al calor de la industrialización, pero aquel fenómeno no había sido bien gestionado. La ciudad hinchó, con escasas previsiones y mucha improvisación. Como ejemplo, la “muralla” de hormigón en primera línea del Muro de San Lorenzo. Aquellos errores sirvieron de vacuna.

Entre 1960 y 1970 el padrón municipal pasó de 122.000 a 185.000 habitantes, pero en la década siguiente el aumento poblacional fue de otras setenta mil personas. Los ochenta son años prodigiosos y, a la vez, contradictorios: los años de los grandes planes urbanísticos y los de las reconversiones a golpe de decreto ley, sobre todo el de Reconversión y Reindustrialización de 1983 (hubo más de lo primero que de lo segundo). Sectores como el textil y el naval quedaron especialmente tocados, en medio de graves tensiones en las calles. Los recortes en la siderurgia y la minería vinieron algo más tarde. Se abrían avenidas, se cerraban empresas. Aparecía en el horizonte el Gijón de servicios, hoy asumido y valorado. Un carácter de ciudad impensado a finales de los setenta, cuando decenas y decenas de calles en algunos barrios del centro se encontraban aún sin urbanizar. En El Llano, más de treinta. Ausencia de aceras, socavones en la calzada y charcos permanentes a escasos cien metros del paseo de Begoña.

Aquella disparidad urbanística iba en paralelo a otra social, de incluso más calado. En El Llano funcionó hasta 1990 el núcleo chabolista de La Cábila, ejemplo crudo de las dificultades de “hacer ciudad” a las que se enfrentaron las primeras corporaciones municipales de la democracia y de la inercia de la ciudad antigua que se resistía a desaparecer.

Hay fechas que marcan destinos. En 1986 entró en vigor el Plan General de Ordenación Urbana, que enseñó el camino a seguir, no sin polémica. De aquella carta magna urbanística nació precisamente el plan especial de reforma interior (PERI) de El Llano, junto a los planes especiales de las Estaciones, Cimadevilla y Poniente. Las primeras grandes superficies comerciales ya se habían instalado en la periferia (1981) y la ciudad acometía otro “plan general” de urbanización pura y dura de calles y plazas. Se crearon los primeros ejes comerciales, las primeras peatonalizaciones de calles y los primeros parkings públicos (abrió camino el de la plaza del Seis de Agosto, de iniciativa privada).

Un grupo de turistas en el “elogio del horizonte”, de Chillida, uno de los referentes de Gijón. Juan Plaza

Cuatro décadas que explican una ciudad, con luces y sombras: el naufragio del “Castillo de Salas” (1986), el concierto de Tina Turner (1990), el Gordo gordísimo de la lotería de Navidad en 1987, un premio muy repartido de más de diez mil millones de pesetas; la inauguración del “nuevo” Muro y el Campo Valdés (1993) o el concierto de los “Rolling Stones” en El Molinón en julio de 1995.

Fechas y hechos que forman parte de la memoria colectiva, ésa de la que se nutre el espíritu gijonés, que dio la bienvenida sportinguista a Quini en 1984 tras su paso por el Barcelona, y lo despidió en febrero de 2018, convertido ya en el delantero centro de todos, por encima de colores e insignias. La memoria con sabor a mar del “Elogio del Horizonte”, inaugurado en 1990, plantado sobre un Cerro que es territorio que Gijón recibió del Ministerio de Defensa, o la de la Fábrica de Tabacos, que cerró en 2000, después de más de ciento setenta años de actividad.

Resumen estas líneas un retazo de la historia gijonesa que vio renacer a la Universidad Laboral en forma de Ciudad de la Cultura (2007), y que ese mismo año vio cerrar el último pozo minero del concejo, en La Camocha. Es la vida, adscrita a la temporalidad de los proyectos. Las rutas marítimas con Lorient y con Nantes acabaron sucumbiendo a las dificultades y el metrotrén sigue ahí, en el subsuelo gijonés, a la espera de que se concrete el Plan de Vías.

La Universidad Laboral de Gijón Ángel González

El Musel creció hasta lo inimaginable, en presupuesto y en obras, ese dique inmenso completado en 2010 que supuso la creación de 140 hectáreas ganadas al mar para garantizar el futuro portuario. El futuro está también en el Campus de Viesques, la Universidad en Gijón, y en el Parque Científico y Tecnológico, en Cabueñes, que necesita crecer.

El Gijón de la “Semana negra”, que ya superó las treinta ediciones; del Botánico (2003) y del Acuario (2006). El paseo del Rinconín es anterior y forma parte de ese escenario de caminar colectivo, a paso ligero, con ropa informal, al lado del Cantábrico. No es costumbre nueva en la villa de Jovellanos, pero ahora las posibilidades se acrecientan. El parque de La Providencia, en la ladera que corona los acantilados del Cabo San Lorenzo, sirve también como ejemplo de espacios que no eran y ahora son, viejos paisajes e instalaciones militares hoy universalizados.

En 1997 fue inaugurada la Ronda Sur de la ciudad, que conecta con otra de las vías de relativo nuevo cuño, la Autovía Minera (2003). Nunca las comunicaciones dejaron a Gijón tan en el centro de todo y de todos, despejado ya el laberinto de curvas que la unía a Villaviciosa, por el Este. El entramado urbano vio nacer nuevas arterias ciudadanas, como la avenida del Llano o la de Juan Carlos I, desde El Natahoyo a La Calzada.

Gijón se ha poblado de esculturas urbanas contemporáneas y de nuevas zonas verdes como el parque fluvial del Piles, El Lauredal o Los Pericones, convertida en el mayor parque urbano de Asturias. Los campos de golf de La Llorea y El Tragamón contribuyen a pintar de color verde el mapa gijonés, que se reinventa a cada instante, desde Aboño al área recreativa del Monte Deva, desde Peñarrubia al Picu San Martín.

Una ciudad de puertas abiertas al mar. Parte de lo más relevante que ha pasado en Gijón en las últimas cuatro décadas ha ocurrido de cara al mar: el hundimiento del “Castillo de Salas” y la controvertida ampliación de El Musel son las dos cuestiones más relevantes

La potencialidad social gijonesa parece no conocer límites en estas primeras décadas del siglo XXI. No es fácil encontrar un club tan vivo y masivo como el Grupo Covadonga -al otro lado de la ciudad, el Santa Olaya no le va a la zaga-, o un sentimiento más hondo que el de la “Mareona” rojiblanca, o un poder de confluencia y convocatoria como el que tiene la Feria Internacional de Muestras de Asturias. Gijón es la ciudad que reúne a decenas de miles de personas enlazadas en la Danza Prima del 15 de agosto o a más de nueve mil escanciadores echando sidra al mismo tiempo y batiendo récords.

Y ahí está la clave: resulta que Gijón es una ciudad de récords. Los hemos visto en estos últimos cuarenta años, y hay que sospechar que así ha ocurrido desde su origen mismo, cuando los habitantes de Noega encendían hogueras en la Campa Torres para iluminar las noches frente al mar.