Un grupo de visitantes en el edificio de la ampliación del Museo de Bellas Artes de Astruias en el día de su apertura, en 2015
Una explosión de nuevos equipamientos culturales y la proliferación de artistas de todas las disciplinas convivieron con la desidia con la que fue tratado el legado esencial del prerrománico

Fue probablemente el aislamiento de Asturias, tierra pobre y montaraz, lo que permitió que un puñado de hermosos edificios erigidos por la Monarquía asturiana cruzasen 1.200 años y llegasen relativamente intactos a nuestros tiempos. No sufrieron la sucesiva reconstrucción que, al compás de siglos y dictados arquitectónicos, transformó radicalmente otros templos erigidos donde los tiempos sí cambiaban. El olvido preservó el Prerrománico, que en 1985 y en 1998 fue declarado Patrimonio de la Humanidad y hoy es el valor cultural más distintivo de Asturias y el de mayor proyección internacional.

Pero ese olvido que salvó las joyas de la Monarquía asturiana debió de calar más de la cuenta y aunque, ya en el siglo XX, con la llegada de la democracia, se promovió con mayor o menor fortuna el florecimiento de todos los ámbitos culturales en Asturias, el más rezagado de todos ellos fue siempre el más representativo y esencial: un conjunto de edificaciones que sólo existen aquí y en ninguna otra parte más del ancho mundo. Nuestro hecho pétreo diferencial.

Restauraciones y mantenimientos aparte -es cierto, no hemos dejado que se arruinasen-, la Asturias democrática de las carreteras, variantes y puertos milmillonarios ha sido absolutamente incapaz de soltar la calderilla que habría costado hacer realidad los planes redactados para situar este conjunto monumental en la relevante posición que le corresponde. Ahí está, como ejemplo de un gran fracaso cultural colectivo, la iglesia de Santullano, “comida” a diario por la autopista “Y”. O la exclusión del Conventín de Valdediós de la lista del Patrimonio de la Humanidad por culpa de un “olvido” del que nadie aún ha dado explicaciones. Quizá porque no tenga explicación.

La gaita, contra todo pronóstico, no cayó en el olvido y brilló como nunca en la era del rock

Hay extraños lugares del pequeño universo regional donde el tiempo se ralentiza o entra en bucle. Entre esos quistes del tejido astur cabe citar la nebulosa del área metropolitana y la Autovía del Cantábrico que nunca se terminaba, el sueño eterno de la variante de Pajares o el conflicto del lobo en el medio rural. En el ámbito cultural, la revitalización del tesoro prerrománico es uno de esos anhelos que habitan un espacio congelado. Lo mismo ocurre con la oficialidad del asturiano.

La llingua, el bable, su estatus legal, promoción o supervivencia, ha sido a lo largo de la democracia una constante en el debate cultural de Asturias, región discutidora y puntillosa. Ha sido un asunto que se ha abordado con mayor o menor virulencia (recientemente nos ha vuelto a subir la tensión llingüística) y siempre con argumentos que revelaban diferencias políticas, de clase, o el choque entre lo rural y lo urbano que viene produciéndose desde los tiempos protoindustriales de “La aldea perdida”. Otro problema más que añadir a la lista de lo aparentemente irresoluble de este lado de la Cordillera, donde los consensos son contados. Ye lo que hay.

Pero no todos los ámbitos de la cultura tradicional entraron en un callejón sin salida. La música fue el fenómeno cultural que más vitalidad demostró. La tonada ni mucho menos se extinguió en estos cuarenta años. Hoy hay una cantera muy prometedora. Y ahí tuvo mucho que ver el apoyo constante e incondicional que LA NUEVA ESPAÑA brindó al Concurso y muestra de folklore “Ciudad de Oviedo”.

La gaita fue, sin duda, la estrella. Nacieron las bandas de gaitas, un tipo de formación que no contemplaba el catálogo tradicional. Una legión de gaiterinos y gaiterinas inundó las escuelas municipales de música. José Ángel Hevia, un rapaz de Villaviciosa que movía los dedos como un demonio, alcanzó fama internacional y alumbró la gaita electrónica, acaso la mejor metáfora de la fusión de tradición y futuro.

Pero no todos los símbolos de la Asturias tradicional corrieron la misma suerte. El hórreo, etiqueta distintiva del paisaje asturiano (ese recurso que sostiene nuestro turismo), va camino de extinguirse. Es un mueble típico pero inútil y, legalmente, no puede tener otro uso más que el de granero. Graneros en tiempos de neveras.

Por contra, sí que en estos años se ha sacado lustre a otros legados patrimoniales. El prehistórico -con descubrimientos fulgurantes como la Covaciella (1994) o apasionantes proyectos de investigación como el del Sidrón-, el castreño (excepción hecha del vergonzante destrozo de Llagú) y el romano (Veranes y las termas de Gijón).

El Museo de Bellas Artes acusa aún ese olvido tan astur de lo esencial para atender a lo secundario

La democracia trajo a Asturias, como a todas las comunidades autónomas, una primavera de equipamientos culturales de toda clase. Desde el primer escalón -las Casas de Cultura- florecieron aulas de interpretación, museos sectoriales y regionales, auditorios y salones de actos, bibliotecas, nuevos teatros y centros artísticos de índole diversa. Pero, con ese marchamo distintivo de la política cultural de las últimas décadas en Asturias, volvimos a primar a los segundones y a aplazar la licenciatura definitiva de los primeros de la clase. Ejemplo: la ampliación del Museo de Bellas Artes, una colección que en España sólo pueden ensombrecer grandes pinacotecas como el Prado, iba camino de convertirse en otro de esos propósitos que nunca llegan a cumplirse. Al final se cumplió, pero a medias. La segunda parte de la ampliación está pendiente y el museo subsiste sin los recursos que merecen la calidad y cantidad de lo allí expuesto y almacenado. Por delante pasaron muchos otros proyectos. Quizás eran “más modernos”.

Toda esa red pública que fue tupiéndose generó una programación cultural con hitos muy reseñables y una cierta especialización por territorios. Avilés, el teatro de estreno nacional. Oviedo, la música clásica y la ópera, que superó la enfermedad del acartonamiento para modernizarse. Eso sí, siempre ante el escándalo infinito y recurrente de la ortodoxia lanzadora de zapatos desde el patio de butacas. Gijón se especializó en el Festival de Cine, en el de teatro infantil o en los grandes espectáculos musicales de las grandes estrellas. En Gijón, ya saben, todo suele ser “king size”. ¿O es que la crisis ya nos ha hecho olvidar todas las veces que los asturianos tocamos el cielo del rock con los “Stones”, Tina Turner o Bruce Springsteen en Gijón?

Oviedo, Gijón y Avilés se convirtieron en tres polos irradiadores de continuos espectáculos. Otra cosa es que nunca se hayan coordinado, aunado esfuerzos o planteado los beneficios de extender, también a la programación cultural, el concepto de área metropolitana. Asturias, región que se escribe en plural, sigue siendo una suma de mil valles incomunicados entre sí.

En todos estos años, a modo de faro que enviaba cada octubre su mensaje, aparecía la presencia recurrente de los premios “Príncipe/Princesa”. Figuras de primer orden de las artes y las ciencias acudían seguidas de una “corte de alzada” -término acuñado por Juan Cueto- que en otoño se montaba en la braña urbana del Campoamor y el Reconquista. En los últimos años, con la semana cultural de los Premios, se intensificó el deseo de hacer llegar a distintas capas de la sociedad (especialmente a los escolares) la vida y obra de los galardonados. La Fundación no quería limitar su presencia popular a una alfombra azul, al “photocall” anual donde se sentenciaba quién era algo y quién no. Sin embargo, la pregunta que flotaba era si Asturias podría haber aprovechado más esa agenda única de estrellas culturales internacionales para lograr muchos más retornos para su economía, su Universidad, sus creadores y científicos. Pero esa labor desborda los objetivos de la Fundación, que nació para proyectar a la Monarquía española como patrocinadora moral de hombres y mujeres ejemplares.

Y por encima de todo, o, mejor dicho, por debajo de la cultura gestionada desde la Administración, estas cuatro décadas de democracia han sido, sin duda, los años de los creadores. Probablemente ahora estamos viviendo los años más fértiles que haya conocido Asturias en este sentido. Pintores, escritores, músicos, bailarines, actores, cineastas… empezaron a multiplicarse a medida que pasaba el siglo XXI gracias a la mejora del nivel económico y educativo y, especialmente, por la explosión tecnológica, que democratizó el acceso a la producción artística, abaratando procesos antaño inalcanzables. Además, si la creación es conexión, en el mundo digital ha desaparecido la lejanía que secaba las mentes. Ha muerto la provincia como colonia remota donde llegaba con dificultad el riego sanguíneo de las vanguardias culturales. Ahora todo lo interesante está ocurriendo en la pantalla, al alcance de la mano y el dedo índice. Incluso se produjeron fenómenos, como el del “Xixón Sound”, que crearon una cierta imagen de marca cultural que alcanzó el ámbito nacional. Quizás en el mundo de la música fue donde los creadores asturianos se hicieron escuchar más por el resto de los españoles. El tiempo dirá qué queda de esta facilidad que las nuevas tecnologías ofrecen a los jóvenes creadores asturianos para saltar a la escena literaria, musical, teatral o cinematográfica. El tiempo irá decantando las voces que perdurarán y aquéllas que caerán en el olvido. Ya saben: el arte es largo, la vida breve.

Algunos hitos para cuatro décadas de florecimiento

La democracia trajo a Asturias un florecimiento de equipamientos y acontecimientos culturales de todo tipo que conectaron a la región con el mundo.
  • El Prerrománico, declarado Patrimonio de la Humanidad
    El Prerrománico, declarado Patrimonio de la Humanidad
    En 1985 se produjo la primera declaración como Patrimonio de la Humanidad de un grupo de edificios de la Monarquía Asturiana, los del Naranco. La lista se amplió en el año 1998.
  • Museo de Bellas Artes, una ampliación incompleta
    Museo de Bellas Artes, una ampliación incompleta
    En 2015 se inauguró la ampliación del Museo de Bellas Artes, cuya segunda fase está en el aire. En estos años la colección se enriqueció con el legado Masaveu y el de Plácido Arango.
  • La llingua, reivindicación y polémica recurrente
    La llingua, reivindicación y polémica recurrente
    El asturiano y su declaración como lengua oficial en el Principado se convirtió en estas cuatro décadas en un asunto recurrente en el debate político y social de la región.
  • Tino Casal, aquel emperador de la escena musical
    Tino Casal, aquel emperador de la escena musical
    En el año 1991 falleció Tino Casal, el más glamuroso de los creadores asturianos y uno de los que mayor repercusión nacional alcanzaron. La música fue quizá el ámbito más fecundo de la cultura.
  • El renacer de la gaita
    El renacer de la gaita
    La publicación en 1998 del CD de José Ángel Hevia “Tierra de Nadie”, que logró seis discos de platino, supuso un hito que marcó el renacer de la gaita en Asturias. Las escuelas de música se llenaron de gaiterinos.
  • Oviedo, la marca de la ciudad musical
    Oviedo, la marca de la ciudad musical
    Oviedo se especializó a lo largo de estas cuatro décadas en una programación muy centrada en la música clásica y en la temporada de ópera, que se revitalizó y modernizó sus montajes.
  • Avilés, la capital del teatro
    Avilés, la capital del teatro
    El Palacio Valdés se convirtió a lo largo de estos años en una referencia capital para los amantes del teatro, con numerosos estrenos nacionales. La escena del Niemeyer reforzó la programación avilesina.
  • Gijón y los grandes conciertos
    Gijón y los grandes conciertos
    Gijón se convirtió, antes de la crisis económica, en el paraíso de los grandes conciertos musicales, con la llegada de las más grandes estrellas: Springsteen, los “Stones”, Tina Turner...
  • La Covaciella y el patrimonio prehistórico
    La Covaciella y el patrimonio prehistórico
    Las pinturas rupestres de la cueva cabraliega de La Covaciella, de una calidad excepcional, fueron descubiertas en 1994. Asturias revalorizó en estos años su patrimonio rupestre.
  • Los premios “Príncipe” que se hicieron “Princesa”
    Los premios “Príncipe” que se hicieron “Princesa”
    Los premios “Príncipe de Asturias”, que ahora llevan el nombre de la heredera de la Corona, han acercado a Asturias a las figuras más destacadas de la cultura del último medio siglo.