Perrománico, Patrimonio de la Humanidad. Elementos arquitectónicos únicos. San Julián de los Prados, San Miguel de Lillo y Santa María del Naranco -en la imagen- fueron declarados Patrimonio de la Humanidad en 1985
En 40 años, Oviedo creció, desbordó, se puso guapa, pero no ha logrado despejar su modelo de futuro

La ciudad entra en la consulta del psicoanalista. La ciudad no sabe quién es. Lleva años sin poder dormir. Se despierta por las noches y le asaltan los fantasmas de traumas infantiles: del sesteo de Vetusta a la ciudad universitaria contenida en el caserón de San Francisco o la legión de congresistas entrando y saliendo del Calatrava, todos con la acreditación al cuello, el ejército desestacionalizador del turismo.

La crisis de identidad a la que Oviedo ha llegado a las puertas de unos inciertos años veinte del siglo XXI se puede rastrear hasta en su imagen corporativa. Al vetusto escudo benemérito, invicto, etcétera le sacaron lustre en los noventa -el más brillante del país-, lo convirtieron en icono de aeropuerto (OVD) hace una década y ahora ya no sabe si tiene corona o código QR, si es Oviedo o Uviéu.

No tiene ya Oviedo la exclusiva de la ciudad universitaria, pero sí podría ser la de la industria biosanitaria

Superado el “modelo Gabino”, la ciudad levantada a imagen y semejanza de quien fue su alcalde durante más de dos décadas, la capital de Asturias está hecha un lío, sí, pero le pasa también como al adolescente desconcertado ante el cambio de ciclo. Todavía tiene todas las posibilidades en su mano. El futuro le pertenece. Y el pasado sostiene todas las promesas que le pasan por la cabeza.

Si estiramos la comparación hasta límites inaceptables, veremos que Oviedo fue en su estado embrionario una potencia seminal contenida. Más de mil doscientos años siendo cabeza política de su territorio, más de cuatro siglos de cerebro universitario. En todo ese tiempo, Oviedo fue un cogollo fecundo con pocas variaciones. El nacimiento definitivo de la ciudad habría que situarlo en el Oviedo burgués del cambio de siglo. Ahí a Oviedo la bautizan Vetusta y le arrancan su árbol totémico, el Carbayón. Su infancia son los trajes de domingo del nuevo teatro, el Campoamor, la nueva plaza de toros, los magníficos chalés, sus cafetones, las tertulias, el desfile de modelos a la entrada de la ópera y, claro, sus fábricas: la de Armas con segunda sede en Trubia, la de Gas que trajo el alumbrado público, la de loza en San Claudio y la de Explosivos en La Manjoya.

El Campoamor, un coliseo con Premios y ópera. El teatro Campoamor tiene ya 125 años de historia y sigue siendo uno de los símbolos más eficaces de Oviedo. El coliseo acoge dos de las grandes señas de identidad de la ciudad. Una, la temporada de ópera, ha sabido renovarse, profesionalizarse y ser ejemplo de cultura e industria del siglo XXI. La otra, la gala de entrega de los premios de la Fundación Princesa de Asturias, es la cara de Oviedo hacia el exterior: España y el mundo miran hacia la ciudad una vez al año por una pantalla y ven una alfombra azul.

Ese Oviedo del XX progresa adecuadamente, golpeado de forma especial por la Revolución, la Guerra y la dictadura, hasta que entre 1970 y 1980 pega el estirón. En esta década la ciudad experimenta uno de sus mayores crecimientos. Pasa de 154.000 a 190.000 habitantes. Veinte años después, en 1991, rebasaría por primera vez los 200.000 y establecería en 2012 el récord de los 225.973 habitantes. Oviedo era, entonces, la ciudad del área metropolitana con mayor tasa de natalidad, un polo de atracción poblacional. La tendencia, aún positiva, se ha matizado ahora un poco: en cinco años Oviedo perdió 5.000 habitantes y en abril contaba con 220.605 almas.

Encerrada dentro de sus límites geográficos, el estirón de Oviedo de los últimos cuarenta años le ha obligado a desbordarse en sus extremos. A la ciudad redonda crecida a partir del recinto intramuros le han salido dos poderosas alas al Este y al Oeste. La Corredoria y la zona de La Florida-Las Campas se han convertido en el nuevo Oviedo. El despliegue en dirección Siero y principales localidades satélites (Colloto, Lugones, Llanera) ha sido tan espectacular que es como si La Corredoria fuera otra ciudad, la de mayor natalidad y crecimiento de toda Asturias. Al otro lado, La Florida y Las Campas comparten el gen del desarrollo poblacional pero han padecido más la crisis inmobiliaria. La avenida de La Florida, que conecta los dos barrios desde la rotonda de los aros olímpicos, es la prueba del nueve de que algo ha fallado: toda una promoción urbanística por desarrollar, un desierto de asfalto como el de La Manjoya.

Esas lagunas han traído consigo problemas nuevos. Se fiaron al ladrillo muchas soluciones de ciudad, pero sin casas tampoco hay rondas de circunvalación ni pinchazos a otras vías de salida. El Oeste, más que el Este, ha quedado con estos problemas de movilidad. El puente de La Florida, que conecta el barrio con el Parque del Oeste, fue la última de las curas parciales a la espera de que se despeje una salida, sea conectando el barrio con la autovía a Grado, sea con algo parecido a la prometida y odiada Ronda Norte.

El Fontán, en el centro del centro. La plaza del Fontán es el centro del centro de Oviedo. Fue construida por los propios ovetenses, que tardaron décadas en desecar la infecta laguna que ocupaba estos terrenos. Hoy es centro turístico y lugar de partida y de llegada en los recorridos por el casco histórico, el “Oviedo redondo” que delimitaba la muralla medieval de la que aún se conservan algunos restos en la calle Jovellanos y un tramo de varias decenas de metros en la calle Paraíso.

Al otro extremo, las comunicaciones son otras, y los problemas, distintos. A mediados de los ochenta, la avenida de Hermanos Pidal todavía era una nacional, y la salida a la carretera de Castilla se acababa de conectar con la “Y” por una nueva circunvalación, la Ronda Sur. Diez años antes, en 1976, la llegada de la autopista había abierto en canal un barrio, el de Guillén Lafuerza, ahora rebautizado como Las Flores por aplicación de la ley de Memoria Histórica y conocido popularmente como El Rancho. La “Y” no sólo partió la ciudad, sino que llevó los coches a poquísimos metros de una de las joyas del Prerrománico, San Julián de los Prados. En la actualidad, las necesidades son otras, y en estos últimos 40 años se ha pasado de trazar estas conexiones amplias para dar salida y entrada al coche, a buscar la forma de alejar el tráfico y coser estas heridas en forma de nuevos bulevares.

Junto a estas alteraciones, Oviedo vivió en las últimas cuatro décadas otros dos cambios radicales en su tejido urbano que otras ciudades todavía están tratando de llevar a cabo. Cambiar el cinturón de hierro por uno verde y enterrar el tren bajo la gran losa de Renfe sacó el ferrocarril del paisaje urbano y arrojó sospechas por los aprovechamientos urbanísticos que financiaban la operación. La otra gran decisión fue peatonalizar la ciudad. Al menos su casco viejo. Las dos operaciones se empezaron a diseñar en los ochenta, con el socialista Antonio Masip en la Alcaldía, pero fue un alcalde del PP, Gabino de Lorenzo, el que las llevó a cabo. Estos dos alcaldes, sobre todo el segundo, pusieron su sello a lo que la ciudad ha llegado a ser en estos comienzos del XXI, aunque con muy distintas intensidades. Masip fue alcalde ocho años, de 1983 a 1991; Gabino estuvo más de veinte al mando, hasta enero de 2012. Masip dirigió el paso de la ciudad a la modernidad democrática en unos años, los ochenta, en que Oviedo fue capital de la movida asturiana. El modelo de De Lorenzo, más ambicioso, aspiró a “hacer Oviedo”, construir una nueva ciudad limpia, bonita, musical, con farolas y maceteros de forja extendidos por todos los barrios. Fue aquello que Woody Allen llamaría la ciudad “de cuento de hadas”.

El Calatrava. Junto a “Villa Magdalena”, cuya compleja y mal gestionada expropiación le ha valido el título oficioso de biblioteca municipal más cara del mundo (62 millones), el Palacio de Congresos de Calatrava, en Buenavista, representa una de las maldiciones del último Oviedo. Concebido para ser la joya del turismo congresual, el Ayuntamiento tuvo que rescatar la concesión y hoy no acaba de levantar el vuelo. Tampoco el centro comercial de sus pisos inferiores, con la mayoría de los negocios cerrados o a punto de cerrar.

Aquel plan estaba acompañado de una apuesta por el turismo y los congresos y su joya, tras el Auditorio, fue el Calatrava, encajado allí donde antes estaba el viejo campo de fútbol. Ahora el nuevo Tartiere se ubica en la Ería, un barrio nuevo levantado donde antes había un descampado, y el Calatrava, pese a su aspecto de nave espacial, no logra despegar. Apenas hay grandes congresos y el centro comercial de los pisos inferiores agoniza.

En un Oviedo que se ha hecho más pequeño al hacerse más grande, el futuro está ya en otra parte. No tiene ya Oviedo la exclusiva de la ciudad universitaria, pero sí podría ser la de la industria biosanitaria, con la Finba, el nuevo HUCA y el Instituto Fernández-Vega a la cabeza. Extinguida casi toda la industria, el nuevo Oviedo nacerá de sus dos nuevas centralidades: los terrenos del viejo hospital en el Cristo y los de la Fábrica de Armas junto al nuevo bulevar en La Vega.