Resumir los cambios operados en el mundo de la cultura asturiana en estos últimos cuarenta años no resulta fácil. En primer lugar, porque los mismos coinciden, a grandes rasgos, con el denominado periodo democrático de nuestra sociedad, en el que se ha asistido a numerosas transformaciones, aparte de muy aceleradas en cuanto a sus ritmos, en los más diversos ámbitos. En segundo lugar, por la extraordinaria vastedad de ese concepto, cultura, que nos obligaría a proyectar una mirada totalizadora sobre realidades tan variadas, algunas de ellas ya clásicas, como las artes visuales, las artes audiovisuales, la música, la literatura, la moda, las artes escénicas, el diseño gráfico, etcétera, pero también sobre otras que han emergido en los últimos años con fuerza y que, superada ya la polémica, se inscriben abiertamente dentro de este campo: me estoy refiriendo, por ejemplo, a un fenómeno tan importante como el de los videojuegos, cada vez más en alza.

De todas formas, el mundo de la cultura asturiana no ha sido ajeno, durante todo este tiempo, a procesos que se han dado por igual en otras comunidades, aquí con mayor o menor fuerza, con mayor o menor éxito: en primer lugar, su tendencia a lo largo de las décadas de 1980 y 1990 a la ordenación de sus sistemas, a la institucionalización de sus estructuras, mediante la creación de centros, equipamientos y fundaciones, y al trabajo en red, aunque muchas veces este último haya sido realizado de forma inconsistente o a menor escala de lo deseado; en segundo lugar, su anhelo de profesionalización mediante la aparición, a lo largo de todos estos años, de los denominados agentes culturales (creadores, productores, gestores, distribuidores, editores, expertos, críticos, investigadores, etcétera), unos con mayor nivel que otros; en tercer lugar, el intento de conversión de la cultura, ya avanzados los años noventa, y sin perder su fuerza simbólica, en valor económico y, por lo tanto, su intento de constitución, muchas veces fallido para el caso de nuestra región, bajo la forma de “industria” o “sector”, dentro de las denominadas políticas de I+D+i; en cuarto lugar, su cuestionable inclinación, impulsada por la efervescencia de los años noventa, hacia la hipertrofia, la saturación, la espectacularización y quizás hacia la futura e inevitable entropía; consecuencia de esto último, su intento de reajuste obligado ante la crisis de los últimos años, precedida por la euforia de las dos décadas anteriores; finalmente, su adaptación a los cambios motivados por la denominada revolución digital y el surgimiento de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, auténtico desafío y campo de batalla en lo cultural, y no sólo en lo cultural, en los últimos y venideros tiempos.

En otro plano, desde el punto de vista de los mecanismos vinculados al fenómeno de la producción cultural en nuestra región, la misma apenas ha evolucionado a lo largo de estos cuarenta años, pues en su mayor parte todavía sigue dependiendo de los poderes públicos, los cuales subvencionan, total o parcialmente, buena parte de esta clase de actividades o incluso los distintos equipamientos asociados a las mismas. Se excluyen de esta reflexión tanto las iniciativas de particulares, con su clásica orientación empresarial, como la aparición en los últimos tiempos en el contexto del paisaje cultural asturiano de otros proyectos institucionales sin ánimo de lucro que trabajan, explotando al máximo el principio de participación ciudadana, desde las categorías de lo alternativo, lo independiente y lo autogestionado. Por otro lado, otra cosa bien distinta es lo que puede comentarse respecto al consumo de esos productos culturales, el cual ha experimentado afortunadamente a lo largo de estos años un paulatino fenómeno de democratización, acorde con el signo de los tiempos, que ha hecho que cada vez más capas sociales, así como también más amplios segmentos de edad, estén en disposición de disfrutar de más cultura o se muestren más interesados por ella. Y ello, indistintamente, dentro de los ya canónicos niveles tanto de la alta, como de la media, como de la cultura popular, todavía existentes, pero que han perdido, eso sí, su dimensión de compartimentos estancos y ahora se caracterizan por su gran porosidad y capacidad de hibridación o contaminación mutua. Para que esto haya sucedido ha sido fundamental la tarea de educación en lo cultural y a través de la cultura que a lo largo de todos estos años se ha ido llevando a cabo desde las escuelas e instituciones asturianas, convencidos desde las mismas como se está de que existen pocas palancas como ésta para la realización del gran cambio social.

La convicción de que la cultura es un asunto de todos, que contribuye a nuestro bienestar, será la mejor forma de progresar y prosperar

Éste debería ser el horizonte hacia el que dirigirse, es decir, como ya he indicado en otra ocasión, la comprensión de la cultura en Asturias como una práctica envolvente, totalizadora y transformadora, abierta a la posibilidad de generar empleo y riqueza. En estos cuarenta años ha sido largo el camino recorrido y, lejos también de las imposturas, del cansino discurso de los agoreros que ven en todo lo que no sea su “sabia” mano una regresión, una involución o incluso una desintegración del tejido cultural y de esos clanes de autobombo compuestos por supuestos intelectuales, en los que sólo entran de manera indiscriminada, arbitraria y bastante sectaria mensajes de halago para sí mismos y de absoluto desprecio para todos los demás, mucho también es lo que se ha construido. La convicción de que la cultura es un asunto de todos, que contribuye a nuestro bienestar, no cabe duda de que será la mejor forma de progresar y prosperar durante al menos otros cuarenta años más.