En los años 70 Asturias parecía más grande. Los que crecimos en las principales ciudades de la región -léase Oviedo, Gijón o Avilés- solíamos relacionarnos con el mundo rural únicamente los fines de semana, cuando íbamos por imperativo familiar a airear al campo o la playa, o a visitar a nuestros abuelos, que se resistían a abandonar sus tierras de origen y laboreo. Llegar a aquellas villas y pueblos, de serpenteante acceso por carretera regional o nacional y en muchos casos inaccesibles por tren o transporte público, componía una caravana de coches de ida y vuelta hacia la costa, hacia Grado, Riosa, la Pola o Villaviciosa. Y es que, por aquel entonces, aunque los oriundos de estos municipios rurales centrales no encontrasen empleo en Oviedo, Gijón, Avilés o las Cuencas, pocos eran los que estaban dispuestos a quedarse en sus localidades de origen. Lo atractivo era vivir “en la ciudad”.

El innegable atractivo de las ciudades, tanto para la población como para las empresas, es eterno objeto de estudio en Economía Regional y Urbana. Desde los pioneros trabajos de Jane Jacobs hasta los más recientes de Edward Glaeser, los efectos positivos de las urbes en forma de economías de aglomeración y urbanización han sido sobradamente demostrados. Así, adaptándonos a nuestro mayor poder adquisitivo y, sobre todo, a las nuevas autovías de financiación europea, en las últimas décadas los asturianos nos hemos ido concentrando con desorden y sin concierto en una emergente Área Metropolitana Central. A golpe de plan urbanístico de cada Ayuntamiento, la ausencia total de coordinación ha provocado que en el Área Metropolitana Central convivan en espacios muy cercanos usos del suelo en muchos casos incompatibles: viviendas residenciales, industrias, polígonos industriales y zonas comerciales separados por las invisibles líneas de los límites municipales.

Las relaciones entre las principales ciudades y los municipios rurales del Área Metropolitana Central han cambiado. Con las conexiones por autopista, primero entre Oviedo-Gijón-Avilés con la “Y”, y posteriormente con su prolongamiento hacia los municipios limítrofes, las decisiones de residencia dejaron de estar marcadas por el lugar de trabajo y empezaron a obedecer a motivos tanto económicos -menor precio de la vivienda y-o mayor superficie a medida que nos alejábamos del centro de las ciudades-, como de bienestar -mayor calidad de vida y valoración del medio ambiente-. Mientras aumentan exponencialmente nuestras idas y venidas diarias por motivos laborales o de estudios (fenómeno conocido como commuting), en el Área Central de Asturias se usa y abusa del coche privado, se congelan las inversiones en los trenes de cercanías y se alcanzan peligrosos límites de contaminación del aire. A diferencia de las aguas para el baño, la calidad del aire no se ve, y se habla poco de las empresas contaminantes o del control/regulación del tráfico rodado. Ni las empresas ni el tráfico se pueden cerrar (como las playas).

Mientras la sociedad civil y la empresarial han asimilado rápidamente las bondades de vivir, folgar, trabajar, estudiar, generar valor o producir en un área metropolitana, los partidos políticos, el Gobierno autonómico y los ayuntamientos van por detrás

No sólo los ciudadanos han entendido la importancia de las ciudades y cambiado el mapa de Asturias. Las empresas siempre han sido conscientes de la importancia de la localización y de la posibilidad de disfrutar de sinergias positivas gracias a una ubicación contigua o cercana a otras empresas del sector o vinculadas al mismo negocio. La idea de compartir espacios, ideas, conocimientos, mano de obra cualificada, canales de distribución etcétera constituye la razón de ser de los polígonos industriales; pero en el Área Metropolitana Central los polígonos industriales están geográficamente dispersos y sin una evidente especialización sectorial, algo que también ocurre en la Universidad de Oviedo.

Respondiendo a la naturaleza policéntrica de nuestra Área Metropolitana, inicialmente la Universidad de Oviedo operaba básicamente con dos campus universitarios: el de Oviedo y el de Gijón. Las oportunidades que fueron surgiendo durante los años 80 y 90, como fueron la opción de ocupación el antiguo cuartel del Milán o el acceso a fondos mineros, desbarataron todo intento de concentración espacial y reordenación temática en el campus de Oviedo (tal vez los terrenos del antiguo HUCA en el Cristo sean ahora la oportunidad). Aunque el campus de Gijón, con una marcada naturaleza técnica, con fuertes conexiones con el mundo empresarial y geográficamente unido a la conocida “milla del conocimiento” -la localización importa también en la Universidad-, no comparte con el de Oviedo su dispersión física o temática, ambos padecen una misma carencia: es imposible acceder a ellos en tren y, en consecuencia, diariamente miles de alumnos y profesores se desplazan en automóviles privados o autobuses, una presión adicional sobre la “Y”, la Autovía Minera, la del Cantábrico y sobre la calidad del aire del Área Metropolitana Central.

Y mientras la sociedad civil y la empresarial han asimilado rápidamente las bondades de vivir, folgar, trabajar, estudiar, generar valor o producir en un área metropolitana, los partidos políticos, el Gobierno autonómico y los ayuntamientos van por detrás de los hechos y demandas que les va marcando la sociedad y siguen sin proporcionar un marco institucional de cooperación adecuado para que los intereses de los diferentes agentes involucrados (ciudadanos-empresa-medio ambiente) no entren en conflicto. En Asturias seguimos dando vueltas a quién debe liderar el Área Metropolitana Central -¿no se trata de cooperación y de evitar localismos?-, qué municipios deberían formar parte de la misma -¿un ocho o un triángulo?-, o si sería mejor un proceso a dos velocidades. Seguimos sin darnos cuenta de que sólo a través de la cooperación intermunicipal e interinstitucional, la identificación conjunta de las áreas/sectores estratégicos (smart specialization) y una apuesta real por una Asturias=Paraíso Natural, el Área Metropolitana Central de Asturias podrá formar parte de la Política de Cohesión de la UE después del año 2020.

Esperemos que, para entonces, Asturias vuelva a parecer más grande.