El paisaje social asturiano ha vivido una evolución sustancial. En el marco político, el paso de la preautonomía de 1978 al Estado autonómico; en la integración europea, desde un cierto aislamiento a la desaparición de fronteras en buena parte del espacio europeo; en el ámbito competencial institucional, de unas mínimas funciones a la cesión de soberanía o al ejercicio de competencias propias, antes inexistentes; en la dinámica demográfica, desde el crecimiento vegetativo a un intenso decrecimiento; o en otros tantos aspectos económicos y sociales.

La joven democracia de 1978 aún mantenía los principios de un sistema centralizado en materias como la sanidad o la educación, en tanto que en 2018 son elementos básicos del Estado del bienestar que se gestionan directamente desde Asturias. Unido a otros aspectos competenciales y a la generalización de un sistema fiscal, entonces aún por desarrollar, hace que los Presupuestos de la Administración regional hayan pasado de 124 millones de euros en 1984 a 4.084 en 2018.

En el ámbito laboral el paro registrado computaba 19.610 efectivos en 1978 y se consideraban los peores datos en muchos años, y se mantenían 115.400 ocupados en el sector primario que pronto pasarían a desarrollar su actividad en otros sectores o, en otros casos, a engrosar las cifras del paro. Actualmente el paro registrado es de 73.620 personas y la ocupación en labores agrarias y pesqueras es de 15.300 personas. Esta pérdida de ocupación agraria también refleja un cambio de paradigma de una sociedad ruralizada, con pequeñas explotaciones ganaderas, donde el ganado se comercializaba en mercados y la recogida de la leche se diseminaba en el territorio, a una sociedad básicamente urbana. Y una concentración mayor de la población en las ciudades del espacio central; mientras Asturias perdió 95.424 habitantes desde 1981, en los tres concejos más poblados viven 43.278 personas más. El desarrollo de los consorcios de aguas, de tratamiento de residuos o de transportes ha contribuido al modo de vida metropolitano que, de hecho, se practica en el área central.

Y todo ello marcado por el intenso proceso de globalización, transitando de una sociedad escasamente comunicada, incluso físicamente, a la era de internet, a utilizar la autovía con la Meseta o la del Cantábrico, y de un aeropuerto con un único destino internacional (Bruselas) y tres nacionales (Madrid, Barcelona y Santiago) que movía 1.514 aviones, a la veintena de destinos actuales, incluyendo seis internacionales, con un movimiento de 6.504 aeronaves al año.

Si en algo nos hemos adaptado al progreso social es en la incorporación de la mujer al mercado laboral. Las 134.000 mujeres ocupadas en 1978 suponían el 33% de la fuerza laboral asturiana y su tasa de actividad era del 32%, frente a la de los hombres, 72%. Con datos del primer trimestre de 2018, las ocupadas en Asturias son 187.000, el 48% del total, con una tasa de actividad del 47%, ya muy parecida a la de los hombres.

En el ámbito demográfico, la pérdida de población en general, el acusado envejecimiento y la mayor presencia de extranjeros son tres de los elementos diferenciadores entre 1978 y 2018. Los extranjeros, a pesar de estar lejos de los estándares españoles, han pasado de 4.731 a 41.340 y han contribuido a amortiguar los otros dos efectos. En la década de los 70 empieza la tendencia decreciente del crecimiento vegetativo, aunque en 1978 aún era positivo con 16.363 nacimientos y 9.449 defunciones, con un saldo de +6.914 personas. El signo se mantuvo hasta 1985 y desde entonces perdemos población por esta vía; actualmente 6.347 nacimientos, 13.204 defunciones y -6.857 de saldo.

La mayor problemática para el futuro radica en el alto grado de envejecimiento. En 1975 la población de menos de 15 años superaba el 23%, siendo hoy en torno al 12%; mientras, el colectivo de personas de edades más avanzadas (65 y más años) ha ido avanzando, cierto que en consonancia con los avances tecnológicos en materia sanitaria y de las condiciones de vida, desde un 11% hasta casi el 25%, lo que constituye uno de los mayores desequilibrios sociales de cara al futuro.

En lo que no parece que haya cambiado demasiado la sociedad asturiana es en los temas identitarios. Las encuestas regionales realizadas por Sadei hace 40 años apuntaban un deseo mayoritario de desarrollar el Estado autonómico, mayor entre los votantes de izquierda y entre los entonces menores de 40 años, frente a un 18% que se mostraba cómodo en un Estado centralizado. A su vez, el 81% de los encuestados se inclinaba por que todas las regiones debían gozar de la misma situación, frente a un escaso 5% que defendía que algunas regiones debían tener un régimen especial. Junto con la compatibilidad entre el ejercicio de la asturianidad y el de la españolidad sin complejos, seguramente son algunos de los rasgos más inmutables de la sociedad asturiana.