01 El tiempo de Fernández-Rañada

El gestor público más importante que ha tenido Gijón en los últimos 40 años es el arquitecto ovetense Ramón Fernández-Rañada y Menéndez de Luarca. Contratado por concurso público (1980) por el Ayuntamiento que desde 1979 presidía José Manuel Palacio para redactar el primer Plan General de la democracia, éste quedó aprobado en 1986. La forma de trabajo de Fernández-Rañada, uno de los mejores urbanistas que ha dado España, es un prodigio de equilibrio entre la visión general, con las grandes líneas del desarrollo y la panoplia de instrumentos para llevarlo a cabo, y la atención al detalle, a la problemática de cada manzana, de cada rincón, con soluciones ingeniosas a nivel micro en una ciudad que venía de un crecimiento brutal y caótico. Esa práctica no es sólo el fruto del genio particular de este urbanista -indudable- sino de su capacidad de trabajo: Fernández-Rañada podría hablar de cada lugar de la ciudad con más conocimiento de la mayoría de los vecinos de ese lugar. Esto requiere interminables jornadas de pateo y ojeo, y luego muchas horas para procesarlo en la mente (aunque haya sido uno de los primeros urbanistas en utilizar a fondo la informática, el mejor procesador es su propia cabeza). Este primer Plan General fue tildado por la oposición y muchos gijoneses de corsé que limitaba el desarrollo de la ciudad. En realidad sólo limitaba la expansión desordenada y especulativa que había padecido antes de la democracia, hasta dejarla destrozada, pero las mismas fuerzas causantes del desaguisado se resistían a dejar de cebarse en la víctima. El tiempo de Fernández-Rañada se prolongó, felizmente para Gijón, hasta el año 2002, cuando fue absurda e ilegalmente descabalgado del planeamiento gijonés, un episodio aciago para la ciudad. Desde entonces todos los planes generales aprobados por el Consistorio han sido anulados por los tribunales, y, vistos sus excesos, casi mejor que lo hayan sido. Es probable que Ramón Fernández-Rañada no llegue a tener nunca una calle en la ciudad, ni sea reconocido como hijo adoptivo, pero así es Gijón a veces. Casi todo lo bueno que hoy ofrece la ciudad , y más (pues en parte lo ha perdido), se lo debe a la concepción urbanística de Fernández-Rañada, y a su empeño en hacerla realidad con impoluta honradez, frente a todos los que intentaron desvirtuarla en el día a día. Si pensáramos -y no es exagerado- que las primeras corporaciones democráticas son las del cambio de Gijón en el gran Gijón, el hombre clave de esa transformación es Fernández-Rañada. Esto no merma el mérito de los políticos que le dieron cobertura cuando se la dieron, es decir, José Manuel Palacio, Vicente Álvarez Areces y Paz Fernández Felgueroso.

02 El tiempo de los grandes proyectos

Hay que proporcionar a la Universidad Laboral alicientes que hagan de ella una verdadera segunda plaza pública de la ciudad (la primera es el Muro)

En el bastidor de esa nueva estructuración urbanística, y en paralelo a su desarrollo, tendría lugar el que llamo “tiempo de los grandes proyectos”, que se inicia ya en tiempos del alcalde Palacios (con obras como el parque de los Pericones, el mayor de la ciudad), pero tiene su culminación durante los mandatos del alcalde Álvarez Areces y se prolonga en los de la alcaldesa Fernández Felgueroso. Es un tiempo largo -dos décadas o algo más- y extraordinario en la historia de la ciudad, en el que ésta pasa a ser, sencillamente, otra cosa distinta de la que era. La caída de la economía privada se ve compensada con el protagonismo de la pública. La postergada costa Oeste de la ciudad se transforma con obras como el Puerto Deportivo, la playa de Poniente y la del Arbeyal (con intervención de la Junta de Obras, hoy Autoridad Portuaria). Todos los barrios acceden a equipamientos sociales, culturales y deportivos de alto nivel, la política de inclusión social va erradicando los reductos de marginalidad, se sanean barriadas enteras, espacios que pasarán a formar parte de la vida social urbana, como el Cerro de Santa Catalina. Gijón contará al fin con un verdadero campus universitario, un diseño singular, otra vez, de Fernández-Rañada, sin parangón en Asturias. Las sociedades públicas municipales pasan a ser un motor de actividad. La ciudad más antigua de Asturias se reencuentra con su historia, y la plasma en nuevos equipamientos arqueológicos, en especial en Cimadevilla, La Campa Torres y, más tarde, Veranes. El Parque Tecnológico de Cabueñes nace como una réplica aventajada del de Asturias en La Morgal. Las distintas administraciones públicas, regional y estatal, acompañan en sus áreas respectivas ese tiempo de grandes proyectos. Todo esto sucede mientras la ciudad sufre una crisis tan real como dramática que afecta a sectores tradicionales de su actividad industrial como los astilleros o los restos del textil, y cierra una parte significativa de su mediana industria clásica. En la parte final del ciclo los proyectos públicos se completan con el Acuario y el Jardín Botánico, y hasta se acomete la proeza de redimir la fachada urbana a la playa de San Lorenzo, el más lacerante vestigio del tiempo del desarrollismo anárquico -sin plan urbano ni control democrático- de la segunda mitad de los años 60 y la década de los 70. Otra proeza, la recuperación de la Universidad Laboral, merece comentario aparte. Ésas son las luces, que nadie debería negar. Las sombras están en el principal motor financiero de ese tiempo de proyectos públicos, que es el urbanismo, cuyas cesiones obligatorias e impuestos proveen de medios a las arcas municipales, en una especie de juego piramidal: la ciudad debe seguir creciendo para poder afrontar sus proyectos, a pesar de que la demografía es casi estable, dentro de una región en la que es recesiva. Y luego están las desmesuras.

03 El tiempo de las desmesuras

El tiempo de las desmesuras se solapa, en buena parte, con el de los grandes proyectos, y se prolongará hasta que la crisis que empieza en 2007 ponga en cuestión todo. No se trata, desde luego, de un mal sólo gijonés. Hablamos de la burbuja inmobiliaria, y todas las ciudades enloquecen con ese euforizante, aunque el delirio reviste en cada punto la forma de sus propias pasiones y mitos. La desmesura local tiene su mayor expresión en el gigantismo portuario. Hoy es fácil denunciarlo, pero la gran ampliación de El Musel contaba, al ser aprobada, con el apoyo fervoroso de toda la ciudad: instituciones, corporaciones de cualquier clase, opinantes, sociedad civil, ciudadanía. Quien se opusiera era un traidor al progreso. Los datos de que era una desmesura estaban disponibles, pero en la información pública del proyecto sólo hubo una alegación fundada que lo cuestionara. La desmesura portuaria contagia otros proyectos vinculados al mismo, como el de la ZALIA, o la regasificadora (aunque ésta quizás tenga un día sentido). A esa misma fase de desmesura pertenece el gigantismo urbanístico, plasmado en el Plan General de 2006, que, libre ya del “corsé” de Fernández-Rañada, prevé “saltar la autopista”, con enormes urbanizaciones al otro lado de la A-8, en las parroquias de Granda, Bernueces y Cabueñes, una vieja aspiración de los promotores, pero cuya ejecución permitiría seguir nutriendo durante años las arcas municipales y prolongar el tiempo de los proyectos. Ésa debía de ser la idea, buena por tanto para todos. El problema es que ni era buen urbanismo la edificación en bloque de espacios nobles de la campiña gijonesa, ni había mercado para ello, salvo el inducido por las economías que la propia burbuja bombeaba. Anulado el Plan de 2006 por los tribunales, el de 2011 que pretendía remendar el roto en plena crisis ya era casi un simulacro, y también fue anulado. Al que llamo tiempo de las desmesuras pertenece también un proyecto visionario pero hasta ahora fallido, el del metrotrén, del Ministerio de Fomento. En cuanto a otro proyecto de ambición desmesurada, la reutilización de la antigua Universidad Laboral, merece juicio aparte: siendo sin duda una desmesura -y más al lado de otros equipamientos culturales en Asturias de igual cuño gigantista- se ha tratado de una desmesura proporcionada (valga el oxímoron): sólo un proyecto un tanto faraónico hubiera redimido esta pirámide, evitando que el paso de los días acabara comiendo la verdadera joya de la corona de Gijón. En fin, el tiempo de las desmesuras se agosta con la llegada del tiempo de la crisis, y era inevitable que este desfondamiento del piso tuviera consecuencias políticas para los moradores de su planta noble.

04 El tiempo de la crisis

Cuando la crisis traslada sus efectos a la política local ya estaba en fase aguda, rompiendo en dos la base social de la izquierda que había venido gobernando el Consistorio, y que es desalojada. La derecha llega al gobierno local, comenzando un largo periodo de inestabilidad en superficie y perfecta estabilidad en el fondo (aquí se habla de derecha e izquierda no en función de programas o intenciones, de los votantes de cada opción, y la composición social de los distritos de los que proceden). En ese periodo, que prosigue, los roles derecha/izquierda se desflecan, y la confusión política toma estado. Esta etapa, que a muchos sorprende (una entente cordial entre supuestos enemigos de clase, constantemente negada pero ratificada cada día por los hechos), es en realidad un reflejo tardío y “a su manera” de una vieja historia: la que en el primer tercio del siglo XX acercaba a melquiadistas y sindicatos obreros (primero el SOMA, luego el anarcosindicalismo), y tuvo un punto de encuentro en “El Noroeste”, gran diario local de la época, en especial en tiempo de Antonio García Oliveros. La sorpresa casi siempre surge de ignorancia del pasado, porque en el fondo todo se repite. Pero dejemos esta digresión: la suma de ambas cosas, o sea, crisis y llegada de la derecha al poder local, supone un brutal cambio de ciclo, aunque, en honor a la verdad, la continuidad política del anterior tal vez hubiera generado situaciones patéticas, teniendo que defender lo hecho en un tiempo que ya había quedado atrás, y viéndose forzados así a insistir en errores. De este tiempo de la crisis no hay mucho que decir: las finanzas municipales menguan de modo radical, al hacerlo las aportaciones del Estado y los flujos que venía bombeando la construcción. Los proyectos en marcha se detienen -como el de la nueva estación, dada su doble vinculación financiera a las arcas de las administraciones públicas y al desarrollo urbanístico de la zona- y tampoco surge ninguno nuevo, ni siquiera low cost. Este marasmo no provoca una reacción de la ciudadanía, prueba evidente de que el tiempo de los grandes proyectos había funcionado por encima de las expectativas de la propia ciudad, que en realidad vivía con una especie de desconcierto el activismo creativo anterior. El nuevo tiempo sin proyectos se ajusta más a las expectativas verdaderas de una conciencia local bastante cansina, de ahí la perduración de ese tiempo. El único proyecto y debate de calado en el “tiempo de la crisis” es el de un nuevo Plan General, llevado con extrema parsimonia, como si hubiera temor al día después (¿y qué hacemos ahora?). Sin embargo es justo reconocer que, de momento, no deja de ser una puesta del planeamiento urbanístico en la realidad de las cosas, y que, dejando a un lado algunas extravagancias, no parece alejado del sentido común. Quizás incluso le hubiera puesto el nihil obstat, de tener jurisdicción, el propio Fernández-Rañada, aunque por supuesto él siempre lo hubiera hecho mucho mejor, y su natural creatividad habría aflorado por más de un sitio.

05 El tiempo de la postcrisis, y el que viene

Ése es un tiempo en el que apenas nos vamos adentrando, al estilo de costumbre, o sea, siempre Asturias un poco por detrás del conjunto de España (también las crisis llegan algo más tarde). Suponiendo que la economía se siga recuperando poco a poco, algo habrá que decir sobre lo que se debería hacer; en síntesis: salir del marasmo y emprender una política de proyectos hacederos, ajustados y sostenibles, buena parte de los cuales ya están en circulación, sea como proyecto, como idea o como propuesta. El más prioritario, y que atañe a varias administraciones, el de la nueva estación, pues la situación actual es una insoportable lacra para la ciudad. El más útil para la ciudadanía, el de la ampliación del Hospital de Cabueñes y organización de su entorno, con impulso decisivo del Principado. El más perentorio, el del saneamiento, otra lacra que viene de antiguo y que también exige concurrencia de administraciones. En Urbanismo, el desarrollo, con proyectos a la altura de su localización, de dos espacios de gran relevancia, el del Piles-Rinconín, cara sobre todo al turismo, y el de la fachada marítima entre el Oeste de la playa de Poniente y los astilleros, donde la idea que circula de un nuevo espacio tecnológico y de servicios resulta sugerente. En equipamientos culturales, rehabilitar y poner en marcha por fin el espacio de Tabacalera, con el mayor respeto posible a los vestigios de su historia, y convertir de una vez la Casa Natal de Jovellanos en un centro de estudios jovellanistas con fondos documentales, exposición y actividad, combinando la erudita y la divulgativa (la gente que visita esa Casa se sorprende de que allí haya de todo menos de Jovellanos). En medio ambiente, defender la salud del aire y el agua a todo trance y ordenar por fin, con un tratamiento en extremo ligero, el gran espacio periurbano entre el Monte Deva y las inmediaciones del PicuFariu. Ese nuevo tiempo debería ser de ejecución sistemática y perseverante de un conjunto así de cosas pendientes (entre otras), más que de concebir y emprender ideas originales. Con todo, el más ambicioso sería completar la recuperación funcional de la antigua Universidad Laboral y proporcionarle alicientes que hagan de ella una verdadera segunda plaza pública de la ciudad (la primera es el Muro). A fin de cuentas, no por ser un regalo del curioso fascismo español deja de ser una las arquitecturas más brillantes y monumentales creadas en Europa en la segunda mitad del siglo XX, además de la verdadera joya de la corona de la ciudad y tal vez una pieza clave de su futuro. Junto a ello, potenciar, mantener, completar, los equipamientos de que Gijón se dotó en el “tiempo de los proyectos”: que en buena parte fueran alimentados con la burbuja es ya pasado.

Ahora bien, al final lo que cuenta es la economía, y, como ya he dicho otras veces, la ciudad debe funcionar con dos motores, el de la industria y el del turismo. En términos de empleo la potencialidad del segundo es mucho mayor, aunque la industria siempre sea en Gijón, por tradición y por realidad, un soporte indispensable. Quizás, para que se tome más en serio el turismo, habría que hablar de industria turística. “Más en serio” es jugar a fondo de veras la carta de la excelencia, cuya publicitación al lado de equipamientos o infraestructuras en estado de abandono produce sonrojo. Más en serio es aprovechar a fondo la funcionalidad turística del puerto. Más en serio es ofrecer al turista todo el año actividades y eventos en los ámbitos cultural, artístico, festivo y deportivo, multiplicando la oferta actual y dándole calidad (cuesta dinero, claro, pero en términos de ciudad sería tal vez la inversión más rentable). Más en serio es poner en valor para el visitante la muy apreciable estructura de equipamientos culturales e histórico-artísticos de que dispone la ciudad, comenzando siempre por la Laboral. Más en serio es cuidar nichos turísticos convencionales con frecuencia desatendidos, como el de congresos, el de las grandes exposiciones y el del Camino de Santiago. Más en serio es utilizar todas las posibilidades que ofrece el mundo de las redes. Otras veces he puesto el ejemplo de la transformación de Bilbao en una potencia turística, sin dejar de ser una potencia industrial y portuaria. En Gijón todavía se piensa muchas veces que el turismo es sólo un complemento.

¿Hay razones para el optimismo? Sí, pero a condición de que se administre bien y se ponga en valor lo que hay -que es mucho más de lo que hace 40 años hubiéramos pensado que llegaría a haber-, se pacten unos mínimos comunes que den estabilidad a algunas políticas -como la turística-, se ejerza el protagonismo regional de la ciudad rehuyendo la tentación aislacionista, se facilite la vida a los que quieren hacer cosas, en lugar de meterles palos en las ruedas, se haga saldo y cuenta nueva política tras la crisis, se eleve el nivel de los temas polémicos (el nivel que se merece la ciudad, no el de un patio de vecindad de los de antes) y se empuje de veras, cada día y sin desmayo, en las direcciones que se marquen; ya saben, no hay viento bueno para el que no tiene rumbo.