Con frecuencia vuelvo a la aldea donde nací, un pueblecito del occidente asturiano llamado Degol.lada. Desde allí contemplo el paisaje; el pico de Capiel.lamartín, que me mira majestuoso, ajeno quizá a los cambios que en estos años fueron modificando la vida y el entorno de la aldea en la zona occidental de Asturias.

Me siento en la pared de detrás de mi casa donde me sentaba cuando era niña y me sumo en el pasado. Veo las últimas dos vacas que decían adiós al establo de mi casa, la “Marquesa” y la “Mora”, con la tristeza en la mirada y el tintineo tristón de sus esquilas diciendo adiós a una época. Veo lágrimas en los ojos de mis padres, que se jubilaban así del trabajo de muchos años en esta aldea donde se trabajaba para una economía de subsistencia. Veo a mis padres trabajando de sol a sol, cargando el carro de hierba seca, labrando las tierras y en tiempo de invierno con el saco en la cabeza y las madreñas en los pies, soportando las inclemencias de la lluvia y el frío, porque no tenían las comodidades ni la maquinaria de las que ahora se disfruta en cualquier aldea.

Vuelvo la vista hacia la actualidad y me encuentro con unas vacas que pastan silenciosas, adornadas con pendientes en la oreja y que responden a nombres distintos a los que nosotros les poníamos cuando éramos pequeños. Unas vacas que son utilitarias de las nuevas tecnologías, que aprendieron a ir a ordeñarse cuando sienten necesidad de hacerlo y que aprendieron a comportarse al encargo de un robot que está permanentemente conectado con el móvil de su dueño y le envía mensajes sobre el comportamiento, salud y otras acciones de su ganadería. Son las cien vacas de la ganadería del vecino, pero podrían ser las de otras ganaderías que se explotan en otras caserías del entorno.

Estamos más cerca del centro de Asturias, pero éste cada vez se aleja más de las necesidades de estos pueblos

Me sumo otra vez en los recuerdos y siento el griterío de los niños que jugábamos al escondite y a otros juegos y que íbamos camino abajo, a toda velocidad, en el carretón de madera, hecho de forma artesanal por nuestros padres. Niños que caminábamos 8 kilómetros diarios para ir a la escuela, como los de otras tantas aldeas occidentales que se desplazaban un largo trayecto para empaparse de cultura. Y recorro la ruta hacia el colegio comarcal que unos años más tarde concentró a los niños de los pueblos en L.luarca, montados en un autobús que en dos viajes transportaba 120 niños. Hoy, el autobús va casi vacío. No se siente el alborozo de los niños, ni sus peleas, ni sus risas. Porque la población infantil en los pueblos del occidente asturiano fue decreciendo a pasos agigantados.

Una llamada del móvil interrumpe esta sesión de recuerdos. El móvil, el ordenador, el correo, las redes sociales. Me conecto a internet. Allí en el pueblo donde hasta la década de los setenta no llegó ni la luz eléctrica ni el agua corriente a las casas, hoy puedo recorrer el mundo a través de la red.

Los pocos niños que viven en las aldeas juegan como los de la ciudad con las maquinitas y artilugios tecnológicos. El “trasgu” ya no revuelve en la casa como antaño. Ahora vive dentro del ordenador y del móvil en forma de virus, haciendo travesuras.

La “encanta” que vive en la Fuente no tiende la ropa al verde como lo hacía hasta hace unos años. Todas las casas disponen de lavadora y quién sabe si la “encanta” se aprovecha y las utiliza por las noches, porque a lo bueno enseguida se acostumbra uno.

Y no huele a pan recién hecho, porque llega el panadero todos los días, con “pan blanco”, como decíamos en casa. Los molinos lloran lágrimas de óxido que entristecen el agua de los ríos. Y los hórreos sufren de soledad y abandono porque ya no guardan granos, ni fruta, ni embutido, ni aquel único jamón que se quedaba en la casa para todo el año. El arcón congelador y las neveras sustituyen al hórreo y a las alacenas de la casa. Gran cambio y muy positivo, mírese por donde se mire. Y con estos cambios, cambió la forma de vida y hasta de entender el mundo de los habitantes de los pueblos.

Vuelvo a sentarme detrás de la casa donde nací, hoy en ruinas como otras muchas, y veo a mi caballo “Cuco”, para mí tan hermoso como “Platero”, que dejó tantas vivencias en el poso de mi memoria. Lo veo pasar cargado con hierba o con leña y a mi madre que lo lleva del ramal. Y mi padre detrás, con la guadaña al hombro.

Y al otro lado, contemplo ahora el enorme tractor en el prado de enfrente que hace enormes bolas de hierba para almacenar. Y un grupo de chicos que ensilan para tener solucionada la alimentación del ganado para el invierno, vianda que luego dosificarán para que la producción de sus reses sea óptima. Un trabajo en “andecha”, como antaño, pero hoy realizado con la mejor maquinaria y con mucho menos esfuerzo.

Y así, este repaso por lo que era la aldea en el occidente asturiano hasta hace unas décadas me lleva también a la sanidad. Cuando los niños enfermábamos y nos tapaban con mil mantas para que desapareciesen la fiebre y el dolor. Remedios caseros, curaciones, rezares y ungüentos, hasta la llegada del médico. Veo a mi padre recorrer en bicicleta 19 kilómetros para llegar a L.luarca a buscar al médico para mi abuela enferma. Y otros 19 kilómetros de vuelta, cuesta arriba.

Y miro el presente. Allí, el hospital comarcal de Jarrio, que da servicio al occidente asturiano, que atiende las urgencias con más rapidez y más medios, sin tener que desplazarse hasta Oviedo por aquellas carreteras de antaño por las que se tardaba casi tanto tiempo como en ir hoy a Madrid.

Aun así, con todos los adelantos de los que se disfruta en los pueblos, el occidente asturiano necesita de cuidados intensivos, por parte de la Administración. Ahora estamos más cerca del centro de Asturias, pero el centro de Asturias cada vez se aleja más de las necesidades de estos pueblos que a la vuelta de unas décadas, si no se toman medidas urgentes ante la despoblación y otras circunstancias adversas, se quedarán desiertos.