Cuando, a comienzos de los años sesenta del pasado siglo, comencé a colaborar en LA NUEVA ESPAÑA, a pesar del yugo y las flechas de su portada, el periódico era, con mucho, el de mayor difusión en Asturias. Defendía su autonomía Francisco Arias de Velasco, fundador y director. Junto a profesionales rigurosos como Cepeda, Avello y Eugenio de Rioja, un grupo de jóvenes -Graciano, Juan de Lillo, Carcedo, Balbín, E. Arce-, espoleados por el magnífico redactor jefe que fue J. R. Pérez Las Clotas, traían un aire fresco a las páginas que, sin perder su naturaleza de periódico de provincia, abrían la ventana al ambiente que iba a hacer posible la transición política.

En 1977 la Prensa del Movimiento fue privatizada. Un año más tarde se ponía la primera piedra de lo que iba a ser Prensa Ibérica. La inserción de LA NUEVA ESPAÑA en una cadena que hoy cuenta con diecisiete cabeceras de información general supuso no sólo la afluencia de colaboradores de primer orden sino algo más importante: la apertura de la visión a lo regional. Así, lo que antes eran secciones comarcales de la provincia se convirtieron en ediciones de las regiones del Principado.

Asturias aparece de este modo escrutada en su compleja realidad. Comportó esto un aumento espectacular de la difusión; sólo en la primera década del cambio se duplicó el número de ejemplares. Al margen del éxito comercial, se potenciaba el servicio a la sociedad.

Los lectores pudieron reforzar la conciencia de ciudadanía de esta tierra que adoramos como paraíso natural pero que vive una etapa difícil: aumenta la despoblación de las aldeas, cierran las minas, se agravan los problemas de los pescadores marítimos y muchos jóvenes no encuentran empleo.

La pertenencia de LA NUEVA ESPAÑA a Prensa Ibérica abre al mismo tiempo con naturalidad la mirada al conjunto de España y el periódico puede servir de portavoz en el acuciante diálogo de los pueblos de nuestra Patria.

Sé que José Manuel Vaquero, Guillermo García-Alcalde, Melchor Fernández, Isidoro Nicieza, Ceferino de Blas y Ángeles Rivero conocen bien las aportaciones y exigencias de esa doble dimensión, regional y nacional. Ellos, desde luego, con sus colaboradores, tienen abundantes motivos de satisfacción por su trabajo en los cuarenta años que ahora cumple Prensa Ibérica.