¿Recuerdan la escena de la lapidación en la genial película “La vida de Brian”? Pues confieso que ante la invitación que me ha hecho La Nueva España para que escriba sobre el futuro de las comarcas mineras de la zona central de Asturias temo terminar como el mismísimo Matías, hijo de Deuteronomo, recibiendo pedradas por doquier. Porque la opinión de un allerano, descendiente de mineros, hasta hace no mucho residente en ellas y profesionalmente vinculado a la Federación Asturiana de Empresarios seguro que será blanco de no pocas críticas.

Acepto igualmente el envite. Pero advierto de que opino como ciudadano y como técnico. Aunque no voy a negar que, a pesar de que he sido enseñado a abordar desapasionadamente el análisis de asuntos económicos, en este caso no puedo abstraerme en mis opiniones al punto de subjetividad que implica hablar del terruño en el que me crié.

¿Tienen futuro las comarcas mineras? Hablando con las personas que allí viven, o muchos que son nativos pero ya no viven, la respuesta mayoritaria es clara y contundente: no.Tal parece que el pesimismo se haya adueñado de sus mentes tiñendo de negro todo atisbo no ya de futuro, sino también de presente. Incluso la estética de las villas y pueblos, semivacíos y decadentes a pesar del maquillaje de los fondos mineros, invita a sumarse a esa sensación.

Un triángulo de éxito en otros lugares: proyecto (saber qué hacer), consenso (involucrar a todos) y liderazgo (no precisa aclaración). ¿Seremos capaces de hacerlo también nosotros?

Los fríos datos apuntan en la misma dirección: desde hace años la población cae en picado y está envejecida (más de un 27% de los habitantes superan los 65 años, tres puntos más que la media asturiana), la juventud es un bien escaso (sólo el 8,9% de la población tiene menos de 15 años, cuando la media asturiana es del 11,6%), el empleo cae y las tasas de paro son de las más altas de Asturias, la producción por habitante ha decrecido fuertemente y está por debajo de la media regional, los precios de la vivienda -de la poca que se vende- rozan mínimos históricos, el consumo cae; incluso la renta por habitante, que hasta no hace mucho estaba a la cabeza regional, ya se descuelga en 3,6 puntos sobre un índice 100 para Asturias. Datos que, insisto, parecen apuntar hacia un irremediable declive.

Aun así, mi opinión es que las Cuencas pueden tener futuro. Hago especial hincapié en la perífrasis: pueden tener. Lo digo convencido y siendo consecuente con la tesis que mantengo desde hace muchos años. Cuestión diferente es cómo será ese futuro y qué hay que hacer para empezar a ganarlo.

Respecto a la primera pregunta tengo muy claro que nunca será como el pasado y no dependerá de aquellos sectores -fundamentalmente uno- que contribuyeron a su progreso en épocas de bonanza. No digo con ello que sea necesario liquidarlos. Al contrario, sería conveniente encontrar un marco de transición ordenada que permita aprovechar lo que de ellos aún queda. Ayudaría mucho explorar nuevas tecnologías, aplicaciones y usos de los recursos y conocimientos que hemos atesorado durante décadas. Y adentrarnos en espacios y entornos que nos resultan familiares -el de la energía, por ejemplo- desde otras perspectivas y con diferentes objetivos que permitan generar nuevo valor añadido.

Tampoco debemos seguir esperando una suerte de lotería que en forma de inversiones foráneas o planes de reactivación resuelvan milagrosamente la creación de actividad económica. Ahí está el resultado de los anteriores; que cada uno lo valore como estime oportuno. Al contrario: el correcto aprovechamiento de los muchos recursos endógenos de los que disponemos (humanos, naturales, industriales, turísticos, históricos, artesanales, ecológicos, etcétera) debe ser el eje central de cualquier estrategia de desarrollo aplicada con criterio territorial en estas comarcas.

Para ello hay que cuidar, incluso mimar, al emprendedor y al empresario. Sobre ellos descansa el porvenir que estos espacios puedan tener. Si conseguimos que empezar, desarrollar o hacer crecer su actividad en las Cuencas sea fácil y sencillo, si se valora su aportación a la riqueza general, si se crea un ecosistema amigable para los negocios, es probable que unos no se vayan y otros se decidan a dar el paso.

Eso supone un giro radical sobre el entorno actual: las administraciones públicas deben interiorizar esta cultura y desplegarla abiertamente; también tendríamos que aprovechar los resortes de los que disponemos para potenciarla (Valnalón, red de agentes de desarrollo local, grupos Reader, asociaciones empresariales y cámaras de comercio, Universidad, espacios y localizaciones industriales o estructuras de apoyo financiero).

Ayudaría mucho una profunda revisión del modelo de organización territorial. Sé que es ésta una cuestión polémica. Pero estoy convencido de que una estructura administrativa menos fragmentada, más moderna y ágil, enfocada a la ganancia de calidad de vida de los ciudadanos y mejor integrada en el espacio metropolitano central asturiano aportaría muchas ventajas y ningún inconveniente al territorio en cuestión.

Con todo, lo primordial para ganar el futuro es creer que existe. A veces, más importante que el problema es la imagen social que se tiene del mismo. Y en las Cuencas, al igual que en Asturias, somos campeones en victimismo. Tenemos que desterrar la idea de que estamos abocados irremediablemente al abismo. Al contrario: nada nos impide cambiar nuestro rumbo. Sólo es necesario entender que el mundo está cambiando mucho y muy rápido, ser conscientes de lo que somos y tenemos, fijarnos metas alcanzables, organizarnos adecuadamente y ponernos a trabajar para conseguirlas.

Otros espacios han pasado por situaciones similares y han sabido reconducir sus territorios hacia escenarios de bienestar sostenible. En todos ellos se identifica un triángulo de éxito: proyecto (saber qué hacer), consenso (involucrar a todos) y liderazgo (no precisa aclaración).¿Seremos capaces de hacerlo también nosotros?