Desde que surge el proceso de industrialización a lo largo del siglo XIX y hasta la década de los ochenta, Asturias se fue convirtiendo en una economía dual desde la perspectiva espacial: un sector agrario con unas estructuras arcaicas y poco conectado con el mercado, que se extendía por una gran parte del territorio regional y en el que los estándares de vida eran bajos, y un sector industrial relativamente moderno orientado fundamentalmente a la producción de materias primas y productos semielaborados, al que se unían unas ramas de servicios que configuraban unas zonas urbanas en el centro de la región con niveles de renta relativamente altos.

Cuando en mayo de 1982 toma posesión el primer Gobierno autonómico, presidido por Rafael Fernández, este panorama apenas se había alterado en lo sustancial. La modernización de la agricultura a través de la especialización lechera había comenzado ya en la década de los setenta, pero los déficits infraestructurales y la calidad de vida de las zonas rurales seguían presentando una importante brecha con respecto a la zona central de la región.

Al principio de los años ochenta los principales problemas de la ganadería asturiana se podían resumir de la forma siguiente: unas explotaciones de reducido tamaño y con un elevado número de parcelas; una elevada presencia de brucelosis y tuberculosis por la ausencia de campañas de saneamiento adecuadas; la falta de accesos viarios y problemas de electrificación en las explotaciones. Todo ello generaba una baja rentabilidad de las explotaciones y limitaba la utilización de los sistemas de ordeño y la instalación de tanques de frío: en bastantes pueblos era habitual que los vecinos tuvieran que ponerse de acuerdo para turnarse a la hora del ordeño con el fin de que las catadoras pudiesen funcionar, dada la baja potencia de la red eléctrica. En aquellos años todavía en algunas zonas de Asturias se seguía utilizando para ciertas labores el arado de madera (romano), mientras que la vaca roxa -que en las estadísticas oficiales seguía denominándose carreñana- estaba a punto de desaparecer y la escasez de leche hacía que las líneas de recogida llegasen a lugares como Somiedo, en donde el coste de recogida por litro superaba las 8 pesetas.

En Asturias se puede decir que actualmente la principal especie en extinción es el campesino

La entrada en lo que entonces se conocía popularmente como Mercado Común supuso un importante desafío para una agricultura con graves problemas estructurales y fuertemente especializada en la producción de leche, lo que hizo que la adhesión se convirtiese, en términos de opinión pública, en negros nubarrones sobre el futuro del sector. Sin embargo, la integración en la Unión Europea desencadenó un intenso proceso de modernización de las estructuras agrarias que se mantuvo a lo largo de todos estos años.

Este proceso se puede ejemplificar por el cambio espectacular que se ha producido en las últimas décadas en la localización de la producción de leche, cada vez más concentrada en el Occidente de la región. En 1987, las 32.000 explotaciones existentes entregaban 586 millones de litros de leche que se repartían de la forma siguiente: el 53 por ciento se recogía en el Occidente, el 26 por ciento en el Centro y el 21 por ciento en el Oriente. En el año 2016 -última fecha de vigencia de las cuotas lecheras-, sólo quedaban 2.200 ganaderos que entregaban leche y su producción ascendía a 564 millones de litros, de los que el 70 por ciento era recogido en los concejos del Occidente, el 18 por ciento se producía en el Centro y el 12 por ciento se entregaba en la zona oriental. Durante ese periodo la entrega media por explotación pasó de los 18.000 litros anuales en 1987 a más de 200.000 litros en estos últimos años. Actualmente, bastantes de las explotaciones lecheras existentes cuentan con sofisticados sistemas de ordeño controlados por un robot y las técnicas de alimentación han evolucionado de forma sustancial como exigencia de una ganadería que ha experimentado una mejora genética muy importante.

La ganadería de carne ha sufrido también importantes cambios que se concretan en un mayor número de cabezas, que ya superan con creces al censo lechero, y sobre todo en una recuperación y mejora de nuestras razas autóctonas, especialmente la asturiana de los valles. En 2017, las razas autóctonas asturianas sumaban 228.592 cabezas frente a las 113.713 cabezas de raza frisona.

Quizás donde los avances han sido relativamente escasos es en la cuestión de los llamados comunales (montes de propiedad colectiva), que suman algo más de 500.000 hectáreas, la mayoría de las cuales se encuentran en un elevado grado de infrautilización desde la perspectiva de su potencial productivo.

En resumen, y a pesar de los problemas pendientes, como es la escasa base territorial de la mayor parte de las explotaciones, desde el punto de vista productivo el sector agrario asturiano -y especialmente su componente lechero- ha experimentado, a lo largo de las últimas cuatro décadas, un incremento muy fuerte en sus niveles de productividad, lo que se ha traducido en un notable aumento de la renta por ocupado. Sin embargo, en nuestras aldeas cada vez hay menos vecinos y los que quedan son en su mayoría de edad avanzada. En Asturias, por tanto, se puede decir que actualmente la principal especie en extinción es el campesino. Si se quiere dotar a las aldeas de un futuro y abrir la posibilidad de localizar nuevas actividades no agrarias -como ya recomendaba hacer en 1774 mi admirado Campomanes- hay que garantizar, como condición necesaria, su acceso a la banda ancha en condiciones de igualdad con las zonas urbanas.