Sin duda alguna, la Wikipedia se ha convertido en una forma de acceso rápido a informaciones y cultura general para muchas personas, en especial jóvenes. Pues bien, si uno de esos usuarios quisiera saber algo a través de ese medio sobre la historia de la ciencia en Asturias, sólo podría leer una línea en la que se hace referencia a Severo Ochoa, como nacido en Luarca y Premio Nobel. No hay nada más. Si buceamos en publicaciones enciclopédicas de hace 40 años, como la “Gran Enciclopedia Asturiana” de los años setenta, ni siquiera hay una entrada para la palabra “ciencia”. Aún más, si encuestáramos a los asturianos que han vivido esas décadas sobre los científicos que ha dado nuestra comunidad en la historia, pocos empezarían con Pedrayes y finalizarían con Carlos López Otín, quedándose, como mucho, en Severo Ochoa o Grande Covián y, a lo sumo, en el bioquímico de la NASA Juan Oró, o la discípula de Ochoa, Margarita Salas. La ciencia y su historia en Asturias, los nombres de nuestros científicos y sus logros, no tienen reflejo en nuestra sociedad, a pesar de que hayamos multiplicado el escaso interés que despertaba hace decenios. Y tal parece que poco ha cambiado desde entonces, salvo la curiosidad. Todo un paradigma. Y, sin embargo, y en especial en estos últimos 40 años, nuestra comunidad es una referencia internacional en investigación y ciencia, y son innumerables los jóvenes científicos asturianos que se disputan instituciones investigadoras y académicas de todo el mundo, además de constatar que en apenas 30 años hemos multiplicado por seis el número de personas que se dedican a la investigación en Asturias , o que en el “top 1.000” de la ciencia española figuran 50 asturianos (una cifra que duplica la media de la proporción que correspondería por población).

En esos años, la investigación del CSIC en Asturias ha variado según surgían nuevos retos en la sociedad, y se ha diversificado, incluyendo la creación de nuevos centros. Desde los primeros años de investigación del Instituto Nacional del Carbón (Incar), muy volcados en las mejoras de los procesos tradicionales de utilización del carbón, en los que el instituto es una referencia a nivel internacional, hasta las novedades ligadas a la captura de CO2 de los gases de combustión, y al desarrollo de nuevos materiales para ser incorporados en procesos energéticos formando parte, por ejemplo, de supercondensadores, o diseño de materiales con características específicas para diversos procesos. En el Centro de Investigación en Nanomateriales y Nanotecnología (CINN) se diseñan materiales biocompatibles y con propiedades bactericidas que evitan infecciones en los implantes y materiales de altas prestaciones para ser utilizados en espejos para satélites. En el Instituto de Productos Lácteos (IPLA) se investiga en la mejora de la calidad y seguridad de los productos lácteos y se diseñan fermentos que garantizan la calidad y singularidad de los quesos asturianos. Se atiende a la interacción de microorganismos y dietas diseñadas para grupos de población específicos. A su vez, la Unidad Mixta de Investigación en Biodiversidad (UMIB) se ocupa de la ecología, evolución y conservación de las especies y ecosistemas de montaña, combinando estudios de campo y modelización, integrando varias perspectivas.

Una realidad que merece ser reconocida y apreciada y que los ciudadanos del Principado aún desconocen, tal vez anclados en un pasado en el que el Incar, el Serida y la Universidad eran las únicas referencias de ámbitos de investigación, y tenían poca proyección pública. Claro que lo mismo podemos decir a nivel estatal. Hoy más que nunca, el interés por la ciencia y la tecnología se ha generalizado, pero en esa situación paradigmática que referimos sigue siendo una actividad desconocida y, en algunos aspectos, no ha evolucionado como debiera. Porque, desde que en 1976 se creara por primera vez una Dirección General de Política Científica, o al año siguiente el Centro para el Desarrollo Tecnológico e Industrial (CDTI), se han dado muchos pasos, pero parece que estamos en el mismo punto, a pesar de que el Gobierno de UCD creara en 1979 un Ministerio de Investigación y Universidades, que apenas duró dos años, y que hace tan sólo unos días ha recuperado el nuevo Gobierno de España bajo la denominación de Ciencia, Innovación y Universidades. Se avanza, pero, como en cinta continua, estamos en el mismo sitio. Lo mismo ocurre con los recursos. En Asturias se destinaba a investigación en el año 2005 el 0,71% del PIB, en 2007 alcanzó el pico máximo del 1,03% y en el 2016 volvíamos a estar en el entorno del 0,7. A nivel nacional, unos dientes de sierra similares: el 1,29% del PIB en 2012 y el 1,19 en el año 2016.

En el “top 1.000” de la ciencia española figuran 50 asturianos, una cifra que duplica la media que correspondería por población

Avances también, pero insuficientes, en el marco de la gobernanza y gestión. En 1986, la primera ley de Ciencia creó los cimientos de esa gobernanza y de lo que debería haber sido su adecuada financiación. Hasta 25 años después no surgió la ley de Ciencia, Tecnología e Innovación, que permitió corregir errores del viejo diseño, como pasar de becas a contratos, o crear un organismo gestor de los fondos públicos para I+D+i, como es la Agencia Española de Investigación.

En Asturias se pasó, en ese campo, de la nada al todo, con la creación de FICYT en 1984 y la elaboración del primer plan regional de investigación dos años después, al que seguirían cinco más, incluyendo el que está próximo a ver terminada su elaboración.

Pero, como muestran las cifras de inversión (en especial las de la empresa privada, y las de las comparativas con los países de nuestro entorno económico), seguimos caminando sobre esa cinta sin fin en la que no vemos avances pese a los esfuerzos.

Cuarenta años sin muchos cambios pese a tantos cambios. De paradigma. De concienciación ya reclamada por los científicos españoles con una carta suscrita en el diario “El País” en 1980 (entre otros por Severo Ochoa y Grande Covián) que hoy sigue vigente, pues son frecuentes cartas similares de los actuales investigadores.

Y es que aún quedan cosas por hacer y corregir para lograr ese sistema de I+D+i en el que todos parecen coincidir. El que resuelva problemas como el de la necesidad de una financiación estable y plurianual, una gestión ágil y más flexible, con evaluación ex post (pues las investigaciones no se atienen al calendario de cada año); la estabilidad de los investigadores en su puesto, y los necesarios apoyos al relevo generacional.

Ésta es la radiografía de estos cuarenta últimos años de la ciencia española y asturiana.

Es hora, pues, de que los ciudadanos asturianos, los ciudadanos españoles, pasemos de la curiosidad y el interés al apoyo firme de la ciencia y al reconocimiento de la figura del investigador. A la exigencia política y social de que se dote a nuestros investigadores del mejor marco posible, de la adecuada financiación y de mejores condiciones de trabajo. Ciertamente, ha calado ya la opinión de que la ciencia es la herramienta de un futuro mejor; pero si ése es nuestro convencimiento, debemos traducirlo en hechos, en apoyo claro. Sólo así tendremos ese futuro de prosperidad que deseamos para nosotros y nuestros hijos. Sólo así evitaremos, dentro de otros 40 años, el paradigma de un interés creciente y de un desconocimiento absoluto, como ocurría hace cuatro decenios y como, parece ser, ocurre ahora.