En 1978 Avilés marchaba detrás de una pancarta. Resumía su pasado inmediato, su incierto futuro y todos sus miedos. “Salvar Ensidesa es salvar Asturias”, decía. Y medio pueblo detrás. 30.000 personas, para ser exactos. Los había reunido una coordinadora que llenó la calle de gritos.

En el año de la nueva Constitución, tanta protesta del movimiento ciudadano mostraba los dos caminos por los que avanzaba la villa: recuperaba la libertad de expresión y temía perder la riqueza. Eso fue, para Avilés, la Transición. Cambio político y crisis económica en un matrimonio demasiado largo.

Lo político siguió en 1979, con las primeras elecciones locales, inicio de un periodo de colaboración de la izquierda que mantuvo al PSOE en el poder hasta 1995. La primera Corporación democrática tuvo que enfrentar los problemas de una población que pasó de ser villa a “no ciudad”. Tenía el tamaño de una ciudad de 86.000 habitantes, pero nada más. Descoyuntada por la industrialización salvaje, con “poblados” perdidos por el mapa, sin infraestructuras ni servicios y colonizada por una contaminación intolerable.

El cambio económico fue largo y plagado de incógnitas. Algo más que un riesgo para los nuevos políticos. Los perjudicados por la crisis podían llegar a identificar democracia con paro y pensar que “con Franco vivíamos mejor”. Algo así se cantaba en la película “Los chulos”, con Pajares y Esteso de estrellas castizas:

“La conga tiene gracia / la de la democracia / el paro no le importe /como hacen en las Cortes / y el pueblo pía que pía / por lo de la economía / por eso no es un bulo / que España va de culo”.

Ese miedo y ese recuerdo que atacaban por la retaguardia aplazaron medidas duras. La reconversión de la siderurgia llegó taimada e hizo que la Transición en Avilés, económica y política, se alargara hasta el siglo XXI. La siderurgia se iba a desmontar, pero no tenía que notarse.

El sector era antiguo y Ensidesa, la fabricona, un enano comparada con los gigantes problemas estructurales. Desde 1984 la primera reconversión de la siderurgia integral puso nombre a esa crisis que se llevó 6.000 puestos de trabajo directos en los años ochenta. En los noventa, otros 6.000. La comarca sufrió masivas regulaciones de empleo y expedientes de crisis. Las movilizaciones de los trabajadores eran el pan de cada día. En 1992, cuando el avilesino Alfonso Vallín ganaba el oro en los Juegos Olímpicos de Barcelona, todas las protestas fueron una en la “Marcha de Hierro”.

Nada cambió. A las dos de la madrugada del primero de julio de 1998 se apagaba el “Carmen IV”. El último horno alto. La última de las cuatro damas de acero, que dejaron huérfano a un pueblo que no sabía vivir sin ellas. Y no quería.

Durante años se pensó que Avilés no era más que una fábrica, con lo que, desaparecida la fábrica, algunos creyeron que había desaparecido también la (no) ciudad. Perdió la industria para el futuro y se quedó con lo peor que le venía dejando desde el pasado. El humo, la “carbonilla” y las aguas inmundas que lo colonizaban todo logrando, desde 1981, el poco honroso título de “zona de atmósfera contaminada”. Con él llegaron planes y subvenciones que redujeron la contaminación a la mitad antes del final de los ochenta.

El casco histórico luce como nunca y se revela como el gran activo turístico. Los avilesinos más incrédulos se frotaron los ojos cuando el 2 de mayo de 2012 el crucero “Braemar” atracó a los pies del Niemeyer. Su llegada hizo creer que el sueño de hacer de Avilés una ciudad con tirón turístico era posible de lograr. Previamente, la limpieza y rehabilitación del casco antiguo había puesto al descubierto un activo valiosísimo, de hecho el más valorado por turistas como los de la foto.

Para sanear el ambiente, cultural, el Ayuntamiento dedicó esos mismos años a crear escuelas de Cerámica, Música y la Casa Municipal de Cultura, inaugurada, con expectación y éxito, en 1989. Pero seguía habiendo malos humos. Los que desprendía el incendiado edificio de la Escuela de Artes y Oficios, siempre campo de batalla política. No era mejor el ambiente en torno al teatro Palacio Valdés. Una plataforma ciudadana lo rescató del matadero para volver de entre los muertos el 14 de noviembre de 1992.

Aquello fue un símbolo, el del último Avilés verdaderamente participativo y joven. Dos años después, el crecimiento vegetativo ya era negativo. Jubilados y prejubilados se hicieron corredores de bolsa (de la compra) para repartirse la calle con jóvenes que se iban haciendo mayores perseguidos por el paro. Una calle con más parques, instalaciones deportivas, centros de salud y de enseñanza. Tomada por los festejos del Antroxu y del Bollo que, al cumplir cien años en 1993, salió a comer allí mismo, según invento del equipo de Canal 21, la televisión local puesta, como la mesa y el mantel, por el Ayuntamiento.

Así llegó el siglo XXI y el final de tan larga Transición. Con la estabilidad de un poder escorado a la izquierda. No hubo más cambios que el Gobierno del PP entre 1995 y 1999. El resto fue para el PSOE. Tres alcaldes en 25 años. El nuevo siglo traería dos alcaldesas.

La economía dio tregua. El puerto, con una gestión cambiante, había ganado muelles y muchas ventajas para la pesca. Ensidesa no existía. Se reencarnó en Arcelor, y acabó atendiendo por Mittal. Avilés salía a un mundo, mitad norteamericano mitad chino, con doscientos millones de usuarios de internet, incluidos quienes lo enterraron bajo los cascotes de las Torres Gemelas. El miedo llegó a viajar en redes sociales. Todo 2.0. Todo digital.

Y tal fue así que, con el cambio de siglo, la ciudad empezó a mirar al frente. Los paraísos se habían perdido, tenía que crecer sola. Saltar a una nueva realidad. Como hizo el recordado atleta Yago Lamela. Entre 1996 y 2004 se crearon 5.000 empleos. Ese año la piqueta se llevaba por delante la última chabola. Otro símbolo. La no ciudad parecía tener un “modelo de ciudad”. Se veían turistas por las calles pagando en euros. Un nuevo plan ordenó el urbanismo, el Hospital San Agustín creció hasta llegar a ser universitario, se limpiaron los lodos de la ría y se dio protección al gran cañón submarino, se rehabilitaron las calles del casco histórico y, por desgracia, se derribó gran parte del pasado industrial.

Con el terreno sobrante se fabricó una esperanza, PEPA para los amigos. Tenía forma de polígono industrial, y aún dejó sitio, al otro lado de la ría, para colocar el cuartel general del porvenir que, desde 2007, llamaron “efecto Niemeyer”. El centro cultural era el intento de hacer ciudad a lo grande, con la firma de un arquitecto legendario, Oscar Niemeyer. Enorme ilusión, pero gran politización de un proyecto que fue propiedad de unos y diana de otros. Desengaño para todos cuando, en 2012, ya se había convertido en el “caso Niemeyer”. Gigantesco ventilador de miserias y frustración.

Todo tan frustrante como aquellos tiempos, de bautizos civiles y menos bodas por la iglesia, que trajeron otra crisis mundial desde 2008. Lo malo volvió a cebarse con los más débiles y los más jóvenes, que empezaban a escasear y a emigrar. Los avilesinos de los años noventa iban a Benidorm; los de ahora, a cualquier parte. 2017 resumió esos años haciendo que la ciudad bajase de los 80.000 habitantes. He aquí el gran problema: hace mucho que el “baby boom” traspasó la presbicia. Un golpe, psicológico más que demográfico, con el que Avilés llegó al presente. Cuarenta años después de los gritos callejeros.

Tiene menos habitantes y más viejos. Las caderas no se rompen en las pistas de baile. Le sobran adioses, cataratas y colesteroles. Le faltan primeras nóminas, biberones y “sí quieros”. Pero parece que ha decidido ser una ciudad. Sin embargo, no hay acuerdo al escoger qué ciudad quiere ser. Cosa muy avilesina. La historia reciente ha sido una lucha entre dos bandos en eterna pendencia pueblerina: republicanos contra liberales, sanmiguelistas contra pedregalistas, industriales contra cantistas, los de toda la vida contra los nuevos, el Ensidesa contra el Real Avilés, la Casa de Cultura contra el Palacio Valdés, el Antroxu contra el Bollo, la industria contra el turismo, la comarca contra el municipio, el Niemeyer contra la Térmica, la Variante contra el soterramiento de las vías, el benceno contra la salud, la alcaldesa de Castrillón contra la alcaldesa de Avilés, las baterías de coque contra el resto del mundo…

Por fortuna, el siglo XXI ha traído otras oportunidades que hay que aprovechar. Altura de miras. La de empresas capaces de colocar molinos para cortar el cielo o dar sustento a telescopios que alcanzan las estrellas. Para convertirse, si hay personas que sepan gestionarla, en una ciudad de objetivos compartidos. Atractiva, con un futuro desde la dignidad de su pasado. Ciudad, al fin.