La ciudad dormida despertó por fin. En los últimos cuarenta años hay muchas cosas nuevas y otras que parecen nuevas y que luego no lo son tanto. Oviedo siempre fue una ciudad original, y aunque tiene esa magia para hacer renacer el espíritu allí donde ha desaparecido lo que había, en todo este tiempo me duele más lo perdido que lo mantenido.

Porque Oviedo tiene muy buena madera pero no es una maravilla. Hay que decirlo así porque el amor por esta ciudad es un amor realista, no idealista. Como a un pariente cercano, le veo los defectos.

En todos estos años se han ido perdiendo muchas cosas. En Oviedo he visto desaparecer muchos edificios. El personaje de doña Piqueta no nació de la nada. Esta señora tan presente en nuestras calles es en realidad prima de doña Hacha, la que empezó por talar el Carbayón y luego le cogió gusto.

El Fontán es un pastiche, pero Oviedo tiene esa magia que aunque se reconstruya vuelve a hacer surgir el espíritu anterior

De doña Piqueta hay mucho en la plaza de la Catedral, que no era plaza hasta que ella llegó. Yo no creo en eso de dejar sólo una teja y cambiar el resto. Y he visto desaparecer mucha ciudad. El Fontán, por ejemplo, es un pastiche. Pero, como decía, tiene la magia de Oviedo, que aunque se reconstruya vuelve a hacer surgir el espíritu anterior. El original.

He visto cómo se perdía mucha vida comercial, que es vida de ciudad. Oviedo siempre fue ciudad de comercios, en la que todos venían a la capital a comprarse una gabardina en Los Chicos. Pero hoy Los Chicos ya no existen y las gabardinas no se llevan. Sucede en todas partes, pero la desaparición del pequeño comercio es más galopante aquí. Y con mucha menos resistencia. La Más Barata era una mercería que nadie echa de menos.

Una comprende que el mundo cambió, pero espero que se mantenga el espíritu de la ciudad, también su talante, su humor, su ironía.

Mientras, el paisaje va cambiando. Lo veo en la plaza mayor, la del Ayuntamiento, que ha tenido muchos otros nombres. Ese espacio reducido e irregular tuvo siempre bulliciosa vida, en la que se combinaban, más que se combinan hoy, todas las funciones de esta vieja y viva ciudad: la administrativa, la religiosa y la comercial, unidas todas en la dedicación social de aquel lugar de paso, de cruce, de encuentro, de saludo apresurado.

En la actualidad esa plaza ya no es parada ni fonda, porque hace mucho que hasta allí no llegan los tranvías de mulas ni los eléctricos, ni siquiera la parada de taxis. Y tampoco queda ya ninguna de sus fondas en las que paraban los canónigos de la cercana Catedral, profesores de la Universidad y viajantes de comercio de paso en la ciudad.

Otra plaza, la Escandalera, kilómetro cero de lo nuevo, también fue plaza por excelencia del Oviedo del XX y durante medio siglo largo funcionó como nueva plaza mayor. Incluso la presencia del dominador edificio sede de la Caja de Ahorros reforzaba el protagonismo que mermaba a la verdadera plaza del Ayuntamiento. En los años ochenta la modernidad pasaba por la Escandalera, todavía poblada de tiendas y cafés. Eran tiempos que no se recordaban desde que los cafés recorrían la plaza: el de La Paz en la esquina con Uría y el Cervantes en la esquina con Argüelles. Hoy es lugar yermo, aunque todavía lugar de cita y paso.

Y entre lo perdido y lo mantenido también está lo que está por venir. Lo que todavía no ha llegado por mucho que se haya anhelado.

Canella ya lamentaba que Oviedo no tuviera su museo de la ciudad. Yo también. No me refiero a un lugar donde se vean maquetas, fotos, reproducciones, dibujos. No sólo. O no principalmente. En Oviedo hay muy buenos archivos personales, un excelente archivo municipal y una excelente archivera. Ésa debería ser la base documental del museo de la ciudad. Hay museos que me gustan mucho y se deberían tomar como referentes. El de Bruselas porque es de una escala similar. O el de Barcelona, con la ventaja que nos llevan los catalanes en la divulgación de su cultura.

Oviedo tiene nuevos vecinos. Los nuevos barrios han traído alegría. Son espacios generosos y sus vecinos han recuperado las fiestas populares, tan presentes antes en la ciudad. Son una prueba de que no todo en Oviedo tiene que ser céntrico, otra maldición que nos obligaba a machacar sistemáticamente el mosaico de los Álamos o a desesperar al deán con los conciertos. Eso, un nuevo recinto ferial, junto al museo, está en el porvenir.