Entonces, en algunas aulas aún se adivinaba en la pared el espacio que antes ocupaba el retrato de Franco y se estrenaban con ilusión unas modernas mesas y sillas verdes que ahora poco a poco van retirándose. Progresivamente, se fueron inaugurando multitud de colegios e institutos con nombres ilustres que sustituyeron a los improvisados barracones en los que una numerosa y nutrida generación había comenzado su andadura escolar. Los docentes parecían de pronto accesibles y cercanos, los jerséis anchos y las faldas étnicas, las barbas y los pantalones de pata de elefante sustituyeron a los trajes y a las corbatas y poco a poco desaparecieron los tratamientos de don y de doña para dejar al descubierto y en confianza a Luis el de mates, a Isabel la de inglés… aquella que de vez en cuando en clase ponía música rock y enseñaba el idioma a través de las canciones. Uno dejaba por fin de ser Ramírez o Gutiérrez y podía ser en clase el mismo que era fuera del colegio.

Era difícil imaginar que el optimismo, los niños y el trabajo, tan abundantes en aquella Asturias industrial que tan rápido había crecido, acabarían siendo cuatro décadas después bienes tan preciados.

Cada vez fue más complicado mantenerse pegados a la silla en silencio y atendiendo. La libertad recién recuperada era experimentada ávidamente por una juventud libre de peajes que necesitaba moverse y expresarse continuamente. Curso tras curso hasta hoy, aquel nuevo ritmo inquieto y constantemente acelerado acabó convirtiendo los centros educativos en los lugares complejos e intensos que son hoy en día.

Si la escuela ha funcionado como el motor y el laboratorio que ha alimentado nuestra nave en la tormenta, la Universidad ha intentado a su vez hacer las veces de timón y bitácora

Aunque aún costaba mucho, niños y niñas, hombres y mujeres, comenzábamos poco a poco a compartir espacios y actividades y emprendimos un camino que nos ha llevado a vivir hoy en una sociedad un poco más igualitaria y mucho más interesante.

Hubo un tiempo en el que se creyó que las viejas recetas o los planteamientos teóricos podrían llegar a resolver los nuevos problemas, pero ni las sucesivas leyes educativas ni los avances tecnológicos han ofrecido finalmente soluciones definitivas a situaciones a las que únicamente pueden responder las personas con creatividad y capacidad de adaptación. La diversidad que fue poblando las aulas ha situado la convivencia en el centro de todos los esfuerzos y discusiones. Ahora sabemos que es precisamente el ejercicio de gestión e inclusión de esa diversidad el que nos ayudará a encontrar las claves con las que desentrañar e interpretar ese futuro que nos toca construir dentro y fuera de las aulas.

Si la escuela ha funcionado en todo este tiempo como el motor y el laboratorio que ha alimentado nuestra nave en mitad de la tormenta, la Universidad, con mayor o menor acierto, ha intentado a su vez hacer las veces de timón y bitácora. Contra todo pronóstico, una institución de más de cuatrocientos años de antigüedad literalmente se ha contorsionado y vuelto prácticamente del revés en el intento de adaptarse a un continuo cambio de escenario y de reglas.

La preocupación por la mejora de los resultados del aprendizaje y de la investigación se ha situado en el centro de un escenario de retos en el que la institución ha echado en falta en todo momento la estabilidad, la confianza y la financiación necesarias. El ansiado Espacio Europeo de Educación Superior ha llegado por fin, y con él, una nueva cultura de evaluación y calidad, un papel mucho más activo y exigente de los estudiantes en todos los niveles y una preocupación cada vez mayor por la empleabilidad y por la transferencia de conocimiento a la sociedad. Sin embargo, hacer las cosas a coste cero siempre es imposible y, sin duda, acabaremos pagando un día los esfuerzos y sacrificios que nos han permitido llegar a este punto a través de una dramática y despiadada crisis. Una plantilla que no ha podido renovarse adecuadamente y la paralización y muerte por inanición de todo el sistema de investigación lastrarán sin duda el futuro de una institución llamada precisamente a escribirlo y protagonizarlo.

Al final, todo retrato siempre tiene luces y sombras, igual que el dibujo que proyecta la luz en esta tierra verde cuando consigue sortear las abundantes nubes. De forma retrospectiva, sería injusto señalar este periodo que hoy abordamos como si únicamente hubiese sido el epílogo o el prólogo de una época más trascendente. Todo lo que al final puede recogerse ha implicado antes una siembra, y en ese sentido siempre es herencia y patrimonio.

Ha sido éste un tiempo fructífero de ilusión y de esfuerzo. Mirando hacia los siguientes cuarenta años se tiene la sensación de que las dificultades no van precisamente a disminuir y se prevé la necesidad de planificar y poner en marcha un relevo de actores y de compromisos responsable, paulatino y complicado, pero a la vez absolutamente apasionante.

Entonces y hoy, hablar de educación es hablar de generosidad y de confianza en el futuro. Podría ser importante en este sentido recuperar alguna de las dosis de esperanza, entusiasmo y osadía con las que juntos alumbramos y encaramos la etapa que hoy glosamos.