32 Aprovechar el potencial de investigación, desarrollo e innovación (I+D+I) de la industria química

Hay que superar el rechazo social, por desconocimiento, - a una actividad que está presente en nuestra vida diaria y que tiene un enorme peso en la economía española

José Cosa Prados
Profesor emérito de Ingeniería Química

El 80.º aniversario de un periódico de gran difusión como La Nueva España (LNE) es digno de celebrarse. LNE ha sido testigo de épocas convulsas en la historia de España, de reconversiones industriales y de una crisis económica que no será efímera al carecer España de la adecuada política industrial y económica. Desde los tiempos de la Revolución Industrial (1830), ha sido la revolución digital (1990) la que mayor impacto ha tenido en todos los ámbitos de la sociedad: comunicaciones, sistemas de cálculo y control, economía e incluso sobre la prensa de papel. Los avances tecnológicos implican mayor competitividad, que puede llevar a la desaparición de empresas y puestos de trabajo si no se adaptan a los cambios.

La actividad industrial y universitaria de Asturias ha sido siempre objeto de atención por LNE y es una tribuna desde la que profesores exponen sus puntos de vista sobre temas de actualidad. Por todo ello, correspondo a su invitación a participar en esta efeméride con un breve artículo sobre la industria química y el potencial de I+D+i de su entorno.

Industria química

La química, como industria artesanal, tiene sus comienzos en el siglo XIX, fabricando jabones, perfumes, azúcar y explosivos.

Ya en el siglo XVIII los alquimistas intentaban transformar el plomo en oro. El príncipe elector de Sajonia y rey de Polonia Augusto II encargó a Johann F. Böttger la obtención de oro para pagar sus deudas. Los esfuerzos de Böttger no tuvieron éxito, pero consiguió fabricar en 1710 la famosa porcelana de Meissen. En 1738, el rey Luis XV y madame Pompadour encargaron a Joseph P. Macquer obtener un producto similar que se convertiría en la porcelana de Sèvres. También en España, el padre del histórico conde de Aranda estableció en 1727 la Real Fábrica de Loza y Porcelana de Alcora (Castellón), que cerró en 1895. Hoy en día Castellón, debido a la calidad de sus arcillas (también existentes en Asturias), es uno de los centros más dinámicos en el sector de la cerámica, con un futuro prometedor.

La industria química es el segundo sector industrial en la economía española, detrás de la industria alimentaria, habiendo generado 56.400 millones (M) de euros en 2014 (562 M euros en Asturias), que corresponden a un 12,4% del PIB. El 57% de sus ventas son al mercado exterior. Es la industria más productiva del país, con un valor añadido por empleado de 118.000 euros, siendo la media industrial de 70.400 euros. España cuenta con unas 3.600 empresas químicas (112 en Asturias), si bien un 90% tiene menos de 50 empleados. Genera unos 190.000 empleos directos y hasta 400.000 indirectos, estando los principales polos químicos en Huelva, Madrid, Tarragona y Valencia.

La industria química está presente en nuestra vida diaria: combustibles, productos farmacéuticos, polímeros, lubricantes, pinturas, fibras sintéticas, aleaciones, etcétera, son la base de numerosos procesos y productos. Se ha dicho que la producción de una sola planta de fibras sintéticas para el sector textil sería equivalente a la lana de un rebaño de 12 millones de ovejas y unos pastos del tamaño de Bélgica.

A pesar de su contribución a la mejora de la calidad de vida, la industria química ha tenido un cierto rechazo social. Se la hace responsable de la contaminación, de fabricar productos tóxicos y de ser la causa de todas las enfermedades imaginables. Sin embargo, la industria química sigue el modelo de economía circular, que conlleva generar el menor volumen de residuos, y es el sector que más procesos aporta para evitar la contaminación. Todo ello se debe a la ignorancia y a la escasa cultura industrial, que a veces sirve a la demagogia, sin alternativas, de ciertos políticos. La prensa puede jugar un papel importante en la divulgación de conocimientos científico-técnicos, como hace LNE, a través de artículos, entrevistas y charlas en el Club Prensa Asturiana.

Investigación, Desarrollo e Innovación, (I+D+i)

La labor de I+D+i es esencial para el desarrollo y la competitividad de una empresa, tanto para la mejora de un producto como para implementar nuevas tecnologías. Las grandes empresas tienen su departamento de I+D+i, pero muchas medianas y pequeñas lo consideran un gasto innecesario para su producción.

España cuenta con un amplio sistema de I+D+i que comprende centros tecnológicos privados (35%), organismos públicos (25%) y universidades (40%); sin embargo, su proyección sobre el sector industrial es muy escasa. La ineficacia de los centros de I+D+i radica, entre otros factores, en su escasa conexión, su dispersión, la escasez de centros privados (algunos son meramente de control de calidad) y en que la investigación pública se orienta a hacer publicaciones (importando más su número e índice de impacto que sus aplicaciones). No existen en España centros como el Instituto Francés del Petróleo o los Institutos Fraunhofer en Alemania, que realizan investigación para la industria, de donde reciben casi toda su financiación. La concentración de la investigación pública es esencial, así como la creación de centros mixtos (públicos+privados), que colaboren con la pequeña y mediana empresa. Un Centro de Tecnologías Limpias (CTL) fue propuesto en el año 2011 al Principado de Asturias para su eventual instalación en el concejo de Langreo, pero el señor Rivero, consejero de Economía, consideró que había "escaso interés por parte de las empresas". La realidad es que fue mal asesorado por la Asociación de Industrias Químicas y de Procesos de Asturias, con sede en el centro científico-tecnológico del campus del Cristo, porque el CTL contaba con el apoyo de las más importantes industrias químicas y alimentarias de la región. Y es que hay oscuros personajes cuyo afán es hacer imposible lo posible si no redunda en beneficio propio.

En el siglo XXI la industria química tendrá un papel primordial en sectores como la producción, ahorro y almacenamiento de energía (con menor generación de CO2), reacciones con mayor rendimiento y a temperaturas más bajas, a través de catalizadores específicos, y métodos de separación más eficaces. Los combustibles fósiles deberían ser la materia prima para obtener productos químicos en el futuro, lo que sucederá cuando las energías renovables sean más rentables. En estos desarrollos la investigación tendrá un papel decisivo, pero el actual modelo investigador, muy atomizado, no es el adecuado. Entre los criterios para la evaluación de los centros debería darse mayor peso específico a la transferencia de tecnología, así como a la dirección o participación en proyectos internacionales (actualmente muy escasa). Mas aún, los gobiernos autonómicos no deberían ser un obstáculo para la transmisión del conocimiento, ya que es frecuente que se relegue a participantes de otras autonomías en programas de investigación o cursos tecnológicos.

Hay que hacer votos para que en el centenario de LNE todas las rémoras indicadas sean parte del pasado, y que sea entonces el momento para plantearse nuevos retos.