45 "Go West", en busca del valle soñado

La unificación de todos los planes y centros de investigación de tanta Administración dispersa y enfrentada para convertir Asturias en la California del Cantábrico

Juan Carlos Laviana
Periodista

"Go West, Young Man, Go West". Fue la inapelable consigna de los inmigrantes, en el siglo XIX, para lanzarse a la conquista de la Norteamérica virgen. Se le ha adjudicado la autoría -seguro que de forma infundada- al mítico periodista y político Horace Greeley, fundador del "New York Tribune" y uno de los padres del Partido Republicano. Es ya un grito de guerra universal para quienes buscan el paraíso en la Tierra. Está tan vigente como la canción del mismo título que "Village People" y "Pet Shop Boys" convirtieron en himno. Siempre he intentado seguir ese lema, incluso cuando iba hacia el Este. Es lo que propongo: "Go West, Asturias, Go West".

De aquellos palurdos colonos surge, un siglo después, el glamuroso Silicon Valley. El año 1955 no iba bien para el físico William Bradfof Shockley. No sólo se divorció, sino que además se despidió de los prestigiosos laboratorios de Bell Telephonic, en el Este, harto de que ningunearan sus ideas. Pero enmendó su suerte al seguir la máxima de que las crisis son oportunidades. Regresó a su ciudad natal, Palo Alto (California), para estar cerca de su madre y para crear su propio negocio: Shockley Semiconductors Laboratory. El silicio resultaba imprescindible en su trabajo con transistores. Sin saberlo, creó una compañía que iba a ser la primera de otras muchas que iban a cambiar para siempre la forma de funcionar del mundo.

Entonces, en los años cincuenta del siglo XX, empezó todo, pero hubo que esperar casi 20 años, cuando las tecnológicas habían florecido ya como setas, para que llegara un periodista, qué raro, y le pusiera nombre. Don C. Hoefler bautizó en 1971 aquel complejo de empresas como Silicon Valley. Buscar nombres fáciles y pegadizos siempre se le ha dado bien a la prensa.

He soñado con vivir en Silicon Valley incluso cuando no tenía ni idea de que existiera. No sé muy bien por qué, porque ni soy ingeniero ni se me espera. Del silicio conozco lo justo. Eso sí, el cine me ha inoculado desde bien pequeño la idea del Go West. Y seguro que algo tendrá que ver el hecho de haberme criado en un valle dedicado a un mineral, aunque con peor prensa que el silicio.

Fui testigo del paso de la industrialización al desmantelamiento. Viví aquello de "Qué verde era mi valle", comprendiendo bien a los mineros galeses de John Ford. Incluso conocí, aunque sólo de boca de los muy viejos, lo de "La aldea perdida", de mi vecino Armando Palacio Valdés. No llegué a ver al Nalón teñirse de limpio. Para mí siempre fue negro. Desde la lejanía he soñado con convertir aquel valle sucio en un Silicon Valley, al que bien pudiéramos llamar Coal Valley.

Esta historia viene a cuento de una "idea para Asturias". Si el sueño está en el Oeste, en ese Estado de los USA que es una de las mayores economías mundiales, copiémoslo. Sí, ya sé que la idea no es muy original. Los agoreros me dirán que en Gijón ya hay un Silicon Valley local y una milla del conocimiento en el entorno de la Universidad Laboral. Y está muy bien; es para sentirse orgullosos. Ese es el camino. Pero tendría que ser sólo el principio de algo más ambicioso. Nos falta mucho para ser la California del Cantábrico. Deberíamos unificar todos los planes de tanta administración dispersa y enfrentada. Tal vez construir un ente mixto de todas las instituciones que funcionara de forma autónoma.

La Universidad de Stanford fue decisiva en el éxito de Silicon Valley. Fue el impulso de las empresas allí establecidas, formó parte de su desarrollo hasta el punto de que es difícil distinguir educación de producción. Vale, nosotros tenemos en Gijón el campus de Cabueñes y el de Excelencia Internacional. Pero no iremos a ninguna parte si la Universidad de Oviedo sigue perdiendo alumnos por miles. No nos podemos conformar con 400 Erasmus por curso. Tenemos que becar a los alumnos y profesores más brillantes, de aquí y de fuera, localizar e incentivar a los empresarios más innovadores. Encerrarlos y ponerlos a pensar y a crear juntos.

Finalmente, propongo hacer una oferta irrechazable, para ponerse al frente del Coal Valley, a Bruno Sánchez-Andrade. Sí, al hijo del percusionista de nuestro querido "Nuberu". A ese astrofísico de 35 años que se presentó en Davos vestido con traje regional y montera picona. Ese que trabaja en la sede de Washington del Banco Mundial dirigiendo el departamento de Big Data. Ese que antes había estudiado la superficie del sol para la NASA. Para los que no aún no hayan caído, me refiero al que le puso a Rajoy las gafas, las Google Glasses. Es nuestro hombre.

No hace falta que me digan que el plan es tan quimérico como la paradisiaca isla de Tomás Moro, o como aquellas cooperativas de ensueño del socialismo utópico de Charles Fourier, que, por cierto, intentó implantar en Estados Unidos nuestro amigo Horace Greeley. Sí, el de Go West... De momento, pongámonos en marcha. Al menos, ya sabemos en qué dirección.