38 Integrar la montaña en una sociedad urbana

Un plan estratégico para potenciar la comarca como espacio cohesionado y con identidad territorial, y las villas como prestadoras de bienes y servicios y lugares de residencia

Integrar la montaña en una sociedad urbana
| Santi Cuesta
Felipe Fernández García
Catedrático de Análisis Geográfico Regional

La celebración el pasado día 11 de diciembre del Día Internacional de las Montañas fue una buena ocasión para reflexionar sobre el papel que los territorios montanos deben, o deberían, jugar en el modelo territorial asturiano. Hay que recordar que en torno a un 90 % del territorio regional tiene la consideración de "zona desfavorecida", por ser zona de montaña, ya se trate de las sierras litorales, de las montañas medias o altas, ya de las montañas de la zona oriental, de la central o de la oriental. Pero no es menos cierto que la sociedad asturiana es básicamente una sociedad urbana, y esto es extensivo al mundo rural, aunque lo sea en términos sociológicos.

Partiendo de esta premisa cabe plantearse cómo se debe integrar la montaña, que viene a significar en Asturias casi lo mismo que el espacio rural, en el sistema de relaciones campo-ciudad, y qué puede ofrecer la montaña a tal sociedad urbana. Sin duda, la respuesta es mucho, y el catálogo no tiene cabida en un artículo de estas características; pero sí se puede señalar lo más relevante: unos espacios naturales de singular importancia; una producción ganadera, silvícola y agraria de alta calidad y que sirve de soporte para el mantenimiento de unos paisajes de alto valor natural; un importante patrimonio material e inmaterial derivado de las prácticas seculares agrarias, ganaderas y forestales, pero también de las actividades fabriles y mineras históricas… Unos recursos, en fin, que deberían dar respuesta a una demanda solvente local, regional y global.

Pero para que esto sea factible es preciso que exista una mínima base social en la montaña que sea el soporte de su organización económica y territorial. El acusado proceso de despoblamiento y de envejecimiento que ha experimentado la Asturias rural y sus secuelas constituyen un lastre difícil de superar, y es ahí donde la sociedad urbana tiene que poner los mecanismos para revertir la situación.

Se hace necesaria, en mi opinión, una visión de conjunto que nos sitúe en la línea de lo que documentos como el "Informe de la Comisión especial de estudio sobre las medidas a desarrollar para evitar la despoblación de las zonas de montaña", elaborado por el Senado español, el "Informe sobre la política de cohesión en las regiones montañosas", de la UE o la "Resolución sobre el desarrollo sostenible de las regiones montañosas", de Naciones Unidas; informes que, en lo que a diagnóstico se refiere, inciden en los problemas que representan el envejecimiento, el despoblamiento, las dificultades de comunicación o la pérdida de biodiversidad, pero también en las oportunidades que se derivan de los valores de los elementos paisajísticos, culturales y patrimoniales, del papel de estas zonas en la captación de CO² y en la lucha contra el cambio climático, o de su posición en el contexto de la seguridad alimentaria y la nutrición. Unos documentos que concluyen en la necesidad de poner en marcha, de forma urgente, medidas específicas que sirvan para mitigar los problemas, pero también para mejorar y explotar las fortalezas y las oportunidades.

Pero el documento en el que mejor se expone cuál debería ser el camino a seguir para integrar las zonas de montaña en la planificación territorial es, a mi juicio, la "Agenda territorial europea (ATE 2020)", por cuanto sitúa en primer plano el territorio, y sobre la base del mantenimiento de la cohesión territorial, preconiza la consideración multiescalar (local, regional, nacional, transnacional), al tiempo que plantea una visión holística, tomando en consideración las peculiaridades, problemáticas y potencialidades de cada zona.

Entiendo que trasladar estos principios a la realidad asturiana exige establecer un marco de carácter general, que requeriría la elaboración de un plan estratégico comarcal para la región, pues la comarca, como espacio cohesionado y con sentimiento de pertenencia e identidad territorial, con el añadido del potencial que encierran las villas como prestadoras de bienes y servicios y como espacios de residencia de calidad que pudieran descargar la presión que existe sobre el centro de la región, debería ser el nivel inferior de la escala. De este modo, serían los planes especiales comarcales, con un enfoque territorial, transversal y participativo, los encargados de poner en marcha, tal y como recomienda la ATE 2020, políticas de desarrollo basadas en el conocimiento local, en la singularidad del territorio, en su identidad, tomando en consideración su estructura a nivel interno, pero también su relación con el resto de los territorios, promoviendo la coordinación entre los diversos agentes implicados y estableciendo mecanismos de gobernanza multinivel que permitan superar las, a veces, rígidas estructuras administrativas.