34 Más chiquillos que columpios

Combatir la crisis demográfica, el mayor problema actual y la gran preocupación del futuro, para que los asturianos no acaben siendo una especie en extinción

Juan Carlos de la Madrid
Historiador

Nací en una época de juventud. No sólo yo era joven, que lo era a más no poder, es que todo era joven. Entonces los alumbramientos compensaban la escasez de farolas y las pirámides de población de Asturias eran como árboles de Navidad: generosos abetos de anchísima base, con lejana y puntiaguda copa donde habitaban las cifras de los ancianos. Explosión demográfica. Mujeres dando hijos a la patria y hombres padreando sin cesar, algunos hasta ganaban medalla por tan olímpico esfuerzo.

Un mundo muy distinto a éste. Ideal para ser niño. En la calle, lugar ancho y amable para jugar, uno se encontraba con decenas de compañeros dedicados a idéntico propósito. Las chimeneas aventaban sin filtro la prosperidad de la economía a ciudades llenas de gente. Pero aquel mundo superpoblado tenía un reverso menos grato. Los servicios eran pocos y los beneficiarios muchos. Para lo importante y lo ordinario había que llegar antes que otro; ya fuese a una plaza escolar o a un columpio. Había más gente que nada y eso acababa siendo un problema.

Más partos que paritorios, más bebés que carricoches, más alumnos que clases, más deportistas que campos, más comulgantes que hostias, más vecinos que casas, más peatones que aceras, más viajeros que trenes, más espectadores que butacas, más romeros que prao, más televidentes que televisores, más bailongos que discotecas, más bañistas que playa, más compradores que rebajas, más sedientos que agua corriente, más contaminados que contaminantes, más enfermos que hospitales, más colas que turnos...

Sobredosis de juventud. Mucha gente en los mismos lugares al mismo tiempo. Para todo había que preguntar quién daba la vez. Lo contrario de lo que ahora sucede. Crisis aparte, nuestra sociedad está preñada de comodidades y servicios, pero de nada más. Hemos pasado al otro extremo. Éste es, creo yo, nuestro mayor problema.

Asturias vio nacer el nuevo milenio perdiendo población. El futuro es negro. Nuestra tierra ha dejado de ser joven; tiene el quinto índice de envejecimiento más alto de España y la tasa más baja de natalidad. La inmigración no enmascara esos números desde 2008, año en el que nuestra región perdió casi ocho mil habitantes. En 2031 habremos perdido el 11% de la población. Algunos concejos, especialmente los del Suroccidente, serán ya un verde desierto. Para entonces habrá cuatro mayores de 65 años por cada joven menor de quince. Los abetos de la población se habrán puesto copa abajo. Además, disminuirá el número de hogares y aumentará el número de personas que vivan solas. Más que en toda España. Y siguen sin nacer niños suficientes para reemplazarnos.

He leído por ahí que a esto lo llaman "invierno demográfico", pero debe tratarse de una errata. Donde ponen uve han de poner efe. No se me ocurre mayor condena ni mayor preocupación que ésta. El asturiano va camino de ser algo así como una especie en extinción.

No me es grato escribir sobre este asunto, pero, como LA NUEVA ESPAÑA cumple ochenta años y necesita ideas útiles para la Asturias de los próximos ochenta, ésta es la que yo aporto. Es de largo recorrido. Me sumo a otras voces, enciendo la sirena y pulso las alarmas. La crisis demográfica es el mayor problema actual y debe ser la mayor preocupación del futuro. Es un indicador del presente y será el primer medidor de tiempos mejores si se consigue torcer el curso de las cosas. Si es que queda tiempo.

Desde luego hay otros temas de gran fuste: lograr empleo suficiente, conseguir mejores infraestructuras, recuperar el tren, redescubrir el bosque, revitalizar el campo, defender el mar y la industria, potenciar el turismo, desarrollar las TIC, invertir en I+D+i, prestigiar la Universidad, apoyar a la juventud, proteger y rentabilizar el patrimonio histórico, artístico, arqueológico y natural… Pero, si no hay asturianos, nada importará. Asturias pasará de ser paraíso natural a paraíso terrenal, con unos Primeros Padres muy aburridos. Eso sí, manzana no faltará.

No dejo de pensar en ello. Desde hace meses tengo un deseo que, por obsesión, ya se ha convertido en sueño. Me veo saliendo a la calle con un nietín de cada mano. Mis hijos, pudiendo elegir, se habrían quedado en Asturias a repoblar el paisaje. Llego a un smart-parque, diseñado según el internet de las cosas por la inexistente inteligencia artificial, y lanzo reniegos y denuestos propios del viejo cascarrabias que, sin duda, voy a ser. Como en mi infancia, volvemos a tener más chiquillos que columpios.

Y me despierto feliz.