54 Proteger el mérito

Se necesitan medidas para conseguir que los mejores se queden aquí y no desatender parte de lo mejor que nuestra gente produce

Ricardo Menéndez Salmón
Escritor

Hace unos meses, durante el Festival Passa Porta de Bruselas, leí “Un séptimo hombre”, obra que John Berger y Jean Mohr dedicaron en 1975 a la emigración laboral desde la Europa meridional hacia la septentrional. El libro, un centauro estético e intelectual que se mueve entre la poesía y la estadística, el ensayo y la apología, se concibió cuando todavía existía la Unión Soviética y aún no había nacido el Fondo Monetario Internacional.

Conversando con cualquier emigrante asturiano actual se advierte cómo se repiten muchas de las peripecias, tantas de las convicciones y todas las ausencias que llevaron a sus sosias de hace cuarenta años a los túneles de Ginebra y las fábricas de Fráncfort. Pero una de las cosas que han cambiado desde entonces es la evidencia de que ya no son sólo operarios manuales lo que el Norte rico y fecundo demanda de las canteras del Sur. En esa misma Bruselas, o en cualquier ciudad holandesa, alemana o suiza, hay ingenieros, médicos y músicos que han dejado su tierra para vender una fuerza de trabajo que ya no consiste en cavar túneles o formar parte de las cadenas de montaje de la industria del automóvil. La fuerza de trabajo que hoy venden los herederos de aquellos transterrados, que diría José Gaos, es la de expertos en astrofísica, cirujanos cardiacos, solistas de violín.

Hace cuatro décadas Berger y Mohr llamaron la atención sobre lo que los economistas denominan “emigración como exportación de capitales”, el gasto que los estados efectúan durante la crianza y educación de inteligencias y voluntades que un día dejarán partir. Con cada cocinero, artista o docente que un país manda fuera subvenciona a la economía que lo recibe. Y todo ese patrimonio, tangible e intangible, a menudo no regresa. Es como encender la calefacción en una casa con las ventanas abiertas.

Asturias es un ejemplo clamoroso de ese dispendio intolerable. Nuestro escasísimo peso, ya no en el imaginario del muy articulado ecosistema europeo, sino en el del más menguado pero no menos complejo tablero español, tiene mucho que ver con nuestra incapacidad para proteger el mérito. Es dramático advertir cómo se desatiende parte de lo mejor que nuestra gente produce. Y cuando hablo de producción no me refiero sólo a toneladas de acero, cachopos para turistas despistados o postales de otoño para fotógrafos de firmas de moda.

Asturias necesita medidas para que los mejores se queden a este lado del Huerna. Nuestro espejo no puede ser un señor que conduce coches en circuitos cerrados. Ni dos plantillas de fútbol profesional cuya identificación con Asturias, en nueve de cada diez casos, es episódica y pasa por el cheque. Ni el brillo de rutilante mundanidad, tan a menudo inocua, que la Fundación Princesa irradia como escaparate de un “think tank” de supuestos prodigios. Nuestros modelos deben ser Carlos López Otín. O Miguel Galano. O Gonzalo Pañeda. O Alfonso Zapico. Aunque el primero haya nacido en Sabiñánigo y el último viva en Angoulême.

Así como hay inspectores de Hacienda pendientes de nuestros dineros, me pregunto por qué no existe una inspección constante, minuciosa y sensata del talento. Que la Administración detecte desde la infancia ese capital que a menudo se pierde porque no existe una educación en casa, porque al crío se le proponen ídolos perversos, porque las tasas universitarias son las que son. Y que bendiga ese talento invirtiendo en él los esfuerzos precisos, desde una educación libre de trabas económicas a la garantía de que esas capacidades serán recompensadas con un trabajo ya no al egresar de la Universidad o de la Formación Profesional, sino desde el momento mismo en que el mérito se inserte en una educación superior.

¿Por qué no un salario al talento, digamos a partir de los 16 años? ¿Por qué no sentar así las bases para una emancipación familiar más temprana al tiempo que se señala que la excelencia tiene premio? ¿Por qué no un auténtico mecenazgo del mérito, en vez de una caridad que reparte migajas? Gasto social no sólo para tapar grietas y apagar fuegos, sino para garantizar futuro. De lo contrario, caminamos hacia lo que ya vemos: un país de ancianos ociosos con un sector servicios que lo devora todo. El parque temático de nuestra propia nostalgia.

Es necesario proteger a los mejores. Y señalarlos con el dedo. Aún vivimos en una tierra que parece abochornarse ante la excelencia. Porque es loable que haya aviones que lleven a los asturianos a Múnich, París y Londres. Pero que sea sólo de vacaciones.