09 Reordenar el mapa municipal

La fusión de ayuntamientos como método para ofrecer un mejor servicio al ciudadano por menos dinero, optimizando los recursos públicos

Ángel García González
Alcalde de Siero

Hagamos un viaje al pasado, a hace 80 años. Entonces yo no había nacido. LA NUEVA ESPAÑA, recién salida a la calle, sólo se parecía a la de hoy en el nombre. No había móviles y menos aún smartphones; no había ordenadores, no había drones, ni hackers, y la democracia era un sueño para muchos. Se tardaban días en ir desde Oviedo a Madrid, contactar con algún familiar emigrado a América era casi imposible. Los trasplantes de órganos era un sueño. Los coches de entonces sólo se parecen a los actuales en que tenían cuatro ruedas y un volante. En la actualidad, esos vehículos van camino de la conducción autónoma, vamos de Asturias a Madrid por la mañana, trabajamos y regresamos a dormir de nuevo a nuestra casa. Los trasplantes de órganos son hoy una técnica médica muy desarrollada, llevamos todo en nuestros teléfonos móviles, incluso pagamos con ellos nuestras compras. Los robots han llegado a la industria, que va camino de la digitalización. Estos son pequeños ejemplos de los cambios que hemos vivido. Me atrevería a decir que si una persona que falleció hace 80 años resucitase hoy, probablemente volvería a morirse del susto, debido a lo mucho que ha cambiado nuestro mundo.

En 80 años hemos evolucionado más que en los últimos ocho siglos. Cualquier cosa presente, en apenas unos años, cambiará por completo, y nos debemos sumar a ello. Ante esta situación, caben dos posiciones, el aferrarnos al no por el no o, por el contrario, pensar en el futuro de nuestros jóvenes, de nuestras empresas, de toda la sociedad, en general, y asumir esos cambios.

Precisamente, el ejemplo más claro de lo que ha cambiado el mundo, como consecuencia de las mejoras tecnológicas, es la globalización. Esa palabra que se repite día a día, que condiciona nuestras vidas, pero que muchos no entienden o, lo que es peor, no quieren entender. Esa globalización que poco o nada se ve en las administraciones; ayuntamientos, diputaciones o parlamentos, tanto en el número y reparto territorial, como en los procedimientos administrativos o la forma de funcionar y relacionarse con los vecinos.

En Asturias tenemos los mismos concejos que hace 80 años, 78. Lo mismo pasa en la división territorial en el resto del país. La mayoría de los trámites sigue siendo presencial y en papel, con plazos que suelen ser demasiado largos y pesados. Tanta burocracia dificulta la actividad económica y convierte a los ayuntamientos en poco ágiles y eficientes, lastrando, incluso, su actividad económica. El sistema actual no facilita la relación de los ciudadanos con su administración más cercana. Eso nos tiene que hacer analizar desde la experiencia, la responsabilidad y la autocrítica si debemos cambiar algo. La sociedad, demandarlo, y los políticos, hacerlo.

La Iglesia católica está dividida en catorce arciprestazgos, una división territorial y administrativa de la que bien podríamos tomar nota. Decenas de concejos asturianos pierden al año población, del total hay 17 que tienen menos de 1.000 habitantes. Estas cifras deberían hacernos reflexionar. En el área central del Principado, los ciudadanos hacen vida moviéndose de un concejo a otro casi sin darse cuenta. Oviedo, Siero y Llanera comparten servicios de transporte, salud y Policía Nacional, entre otros. Esta perspectiva supramunicipal es la que hay que perseguir.

Por todo ello, creo que sería necesario abrir un debate serio, responsable, sosegado, sin el populismo que tanto daño ha hecho al mundo, y poner encima de la mesa la fusión de ayuntamientos como una posibilidad. El objetivo no debe ser suprimir sin más, este paso no puede mermar la identidad de los ciudadanos con su territorio. Ese cambio que planteo es en aras a una mejor eficiencia y gestión, a la reducción del gasto corriente que año tras año se comen los presupuestos de las administraciones.

Tengo el convencimiento de que esta medida es el camino correcto para contribuir desde el municipalismo a que podamos seguir cobrando pensiones, tener una sanidad y educación públicas y de calidad o que nuestras empresas sean competitivas en un mercado global. En definitiva, una manera de garantizar el mantenimiento del Estado del bienestar.

Probablemente, con muchos menos ayuntamientos podríamos dar un mejor servicio al ciudadano y por menos dinero, optimizando los recursos públicos. Si para ello tenemos que ser menos alcaldes o concejales no hay ninguna duda de que ese esfuerzo merecerá la pena, porque estará justificado. Lo que propongo son retos difíciles, no exentos de dificultades, pero que debemos afrontar con el objetivo de ganar un mejor futuro para nuestros niños y jóvenes.