42 Talleres para aprender a leer (en redes sociales) por toda Asturias

Como antes se concienció con la alfabetización, el Gobierno regional debería ahora concienciarse con la alfabetización digital

Edu Galán
Colaborador de La Nueva España y uno de los creadores de la revista satírica "Mongolia"

Estaremos de acuerdo en que, en general, los asturianos sabemos leer. Esta conclusión se puede inferir de modo empírico por la enorme cantidad de menús del día que hay por las calles de nuestra región que el asturiano medio no solo lee, sino que comprende perfectamente antes de entrar al local. Pero nuestra habilidad es incluso mayor: sabemos comparar los precios de unos y otros; entrar en internet y rebuscar las opiniones de los distintos restaurantes; e, incluso, sobreponernos emocionalmente a la decepción de habernos equivocado. Además, los asturianos medios podemos encontrar las diferencias entre los periódicos de la región y los nacionales, los deportivos o las hojas parroquiales que se publican en las iglesias más pequeñas de nuestros municipios. También alrededor de nuestra tierra existen talleres de lectura donde se analizan y se discuten críticamente diversas obras claves de la literatura y se aprende, tómenme el verbo en sentido asturiano, a los alumnos a escribir con destreza: por allí se estudian desde Clarín o Dolores Medio hasta Menéndez Salmón o José Avello. Por tanto, el esfuerzo en ese sentido es suficiente. Mejor dicho: era suficiente hasta 2006.

Lo anterior les puede sonar a chascarrillo de alguien que se dedica a hacer sátira y que, como vive en Madrid, no se entera de lo que pasa en Asturias. Muy en serio: creo que uno de los mayores retos que afronta nuestra sociedad es el de aprender a leer (en redes sociales). La cantidad de información que, diariamente, nos apabulla a través del móvil, la tablet o el ordenador hace que los lectores, me lo apunta Darío Adanti, no lean sino que escaneen y se conviertan en personas propicias a la irracionalidad, al infantilismo. En resumen, estamos educando a asturianos votantes de Donald Trump.

El procesamiento lingüístico acaba siendo algo más propio de pedidos de comida rápida que un proceso reflexivo que nos lleve al diálogo y no al monólogo, a la contradicción, a la discusión o a conclusiones sobre nuestra sociedad, nuestra cultura o nuestra(s) psicología(s). Y, mientras tanto, aunque ella no se entere, la persona se vuelve un ente "clickador", como la paloma del psicólogo conductista B. F. Skinner. Aquí tenemos mucha responsabilidad los medios cuando reforzamos la idea de que todo el mundo debe ser escuchado gracias al argumento de "todas las opiniones son igualmente respetables", equiparando las de nuestros lectores a las de nuestros columnistas/periodistas con años de oficio, porque nos vienen bien sus clicks, los de nuestros lectores, los otros ni nos leemos a nosotros mismos, en la zona de comentarios. De esta manera, será igual de válida la opinión de Martín Caparrós, autor del definitivo ensayo "El hambre" (Anagrama), que la de un tipo en Twitter que habla sobre los refugiados sirios sin haber salido de Tiñana; de esta manera, será igual la opinión de Maruja Torres, a la que no necesito presentar, que la de una chiquilla que grita por Facebook lo muy mucho feminista que es. Las redes sociales, con su hábil mecanismo capitalista que coloca al individuo (que las pueda pagar) en el centro de todo, han producido una mutación en la sociedad de consumo: ahora podría llamarse "sociedad de atención al cliente" (SAC). En ella todos merecemos ser escuchados, todos merecemos opinar de todo a cualquier hora del día mediante nuestras tecnología(s) ¡y pobre de aquel que no nos escuche!: #boicot. Como si fuésemos, a un tiempo, clientes y dueños de una compañía telefónica.

Estos talleres se dirigirían a todos, clases bajas y altas, viejos y jóvenes, y tratarían el uso de redes sociales incluyendo el análisis de la herramienta (Facebook, Twitter, Instagram, Tinder…) inserta en la dinámica de las multinacionales que la controlan; la idea de privacidad y control de datos personales en redes; el análisis de los medios de comunicación digitales; el estudio de cómo la herramienta condiciona el mensaje (los 140 caracteres de Twitter, la imagen en Facebook)... pero no se detendrían ahí. La masificación por su coste y facilidad de uso de la imagen digital está cambiando la psicología de los seres humanos de la SAC: como es lógico, los somalíes aquí no vienen al caso: los pobres tienen problemas más importantes.

Como antes se concienció con la alfabetización, el Gobierno asturiano (sea del signo que sea) ahora debería concienciarse con la alfabetización digital. Si el pueblo asturiano ya sabe leer críticamente La Nueva España, o "La Regenta", o los menús del día, ¿por qué carajo no va a poder aprender a leer Facebook críticamente?