66 Un gabinete de ideas

Un equipo de análisis y prospección, que asumiera la tarea de pensar la región y realizar sugerencias, haría confluir el gran caudal de conocimiento que hoy existe disperso

Un gabinete de ideas
| Santiago Cuesta
Óscar R. Buznego
Politólogo

El mundo acelera el paso al ritmo que marcan la revolución científica y el proceso de globalización. Una cascada incesante de invenciones tecnológicas y cambios sociales está transformando a gran velocidad la vida en todas sus manifestaciones. Incluso la naturaleza ha dejado de ser la realidad dada e inmutable que suponíamos. La época que nos toca vivir recuerda la de aquellos que protagonizaron la primera revolución industrial. Pero el hecho es que hay grandes diferencias. El poder de la ciencia ha crecido desde entonces de manera exponencial, el cambio histórico actual tiene una profundidad infinitamente mayor y, gracias al conocimiento adquirido y a la abrumadora experiencia del último siglo, la especie humana ha perdido la ingenuidad que tuvo. Somos conscientes de que estamos en un serio aprieto. Nos asaltan graves dilemas morales y ya no podemos disimular el desconcierto. Unos cambios nos cogen por sorpresa, mientras nos vemos incapaces de hacer los cambios más urgentes. Baste aquí sólo una mención de los objetivos del milenio de la ONU.

El contrapunto de la novedad y la incertidumbre es el signo de los tiempos que corren. De ahí el interés en detectar tendencias en los cambios que se suceden, identificar los desafíos que se plantean en las áreas más conflictivas de la realidad y ofrecer respuestas eficaces, que den seguridad. La gobernanza es la primera cuestión a resolver en sociedades muy pobladas y organizadas en formas extremadamente complejas. No debe extrañar, por tanto, que bajo muy diversos nombres proliferen equipos con personal cualificado dedicados en exclusiva a diagnosticar la realidad social y analizar políticas. Su misión consiste en anticiparse al futuro y hacerlo más previsible. Para ello, hoy los ciudadanos depositan su confianza en el conocimiento especializado y en la gestión pública antes que en las entusiastas elaboraciones ideológicas.

En España aumenta el número de fundaciones, institutos y otros artilugios semejantes a think tanks, dedicados a pensar en las cuestiones de interés público, si bien la mayoría, como es lógico, se concentra en Madrid y Barcelona. Pululan alrededor de las instituciones del Estado, en las inmediaciones de los partidos y las organizaciones empresariales y sindicales, en los campus universitarios. Los menos son los surgidos directamente del espíritu cívico y cooperativo de los ciudadanos. Todos ellos, a través de conferencias, publicaciones y otras actividades, aportan un conocimiento preciso de los problemas de la sociedad, munición argumental para el debate público y, en algunos casos, propuestas experimentales de políticas públicas.

El Estado de las autonomías ha dado pie a la creación de centros de análisis y prospección a escala regional. Destaca su progresión reciente en Andalucía y Galicia. En Asturias, por el contrario, no ocurre nada parecido, a pesar de la anemia que padece desde hace tiempo la esfera política de la comunidad autónoma. Cabía esperar que el autogobierno fuera un estímulo poderoso para que la sociedad asturiana se implicara en despejar su futuro, pero si hubo tal efecto duró poco y fue debido sobre todo al impulso inaugural del equipo de Pedro de Silva. Los gobiernos posteriores, faltos de iniciativa, se abandonaron fácilmente a la repetición del pasado, la imitación de políticas aplicadas en otras autonomías y a servirse de los bancos de buenas prácticas de la Unión Europea; en suma, se dejaron caer en la inercia. Y la situación se ha agravado desde 2011, con ejecutivos en minoría y enfrentados a un multipartidismo bloqueante, hasta llegar al estancamiento actual.

La transformación de Asturias en las últimas décadas ha venido de su apertura al mundo. Los grandes cambios operados en la sociedad asturiana han sido en buena medida inducidos desde el exterior. A resultas de todo ello, los asturianos comparten unas mismas inquietudes con los habitantes de todas las latitudes. Pero el futuro de la región se dirime, también, en torno a retos que reclaman una atención específica. Por eso, y porque el ámbito de la autonomía política es de exclusiva incumbencia de los asturianos, Asturias necesita un generador potente de ideas propias que, a la vista está, es un recurso básico que nos hace falta y no tenemos.

No partimos de cero. Sadei almacena una ingente cantidad de datos sobre la economía y la sociedad asturianas. El Museo del Pueblo de Asturias se dedica a poner orden en el pasado, pasaporte imprescindible para viajar al futuro con garantías, por ejemplo recogiendo nuestra tradición oral, en peligro inminente de pérdida. RegioLab es la iniciativa que más se acerca a la fórmula que propongo, sólo que ceñida a la economía urbana y regional, la demografía y el mercado laboral. Podría hacer alusión al buen trabajo de un puñado selecto de grupos. Lo que aquí se sugiere es crear un equipo que asuma la tarea de pensar en Asturias, haciendo fluir el gran caudal de conocimiento que hay disperso en la región hacia un punto de encuentro donde se suscite una deliberación pública constructiva. Bastaría un grupo de dimensiones reducidas y que se ocupara en este empeño a tiempo parcial. Podría ser una entidad pública, privada, quizá mejor mixta. El objetivo es producir, y que los asturianos compartan conocimiento, estudio y políticas innovadoras sobre Asturias. La sociedad asturiana podría tener aquello de lo que se dota toda sociedad que quiere avanzar: un debate público bien informado, políticos que encaren los problemas y buenas ideas que poner en práctica para allanar el camino al futuro.