76 Un museo de ciencia y tecnología

Teresa Valdés-Solís
Instituto Nacional del Carbón, Consejo Superior de Investigaciones Científicas

Disponer de una instalación permanente que muestre la evolución del desarrollo científico y tecnológico y que posea un espacio polivalente para otras actividades completaría la oferta cultural de nuestra región.

No me canso de repetir que la ciencia también es cultura y en Asturias contamos con poquísimas infraestructuras culturales de carácter científico. Es por ello que creo que apostar por un Museo de Ciencia y Tecnología para Asturias puede ser beneficioso para nuestra región. A menudo nos olvidamos de cómo hemos llegado a nuestro estilo de vida actual. Si viajásemos por un instante a 1936, no ya en España sino en cualquier lugar del mundo, seríamos prácticamente incapaces de realizar actividades que eran cotidianas en aquel momento y que han caído en el olvido al ser sustituidas por tecnologías más avanzadas. La historia del conocimiento y del avance tecnológico se entiende mejor si observamos de primera mano la evolución de algunos de los artilugios que usamos hoy en día, y cómo profundizar en un tema ha llevado a desarrollos tecnológicos más o menos rápidos que a su vez generan nuevos retos al conocimiento, como puede ser el desarrollo de las gafas, telescopios, descubrimiento de estrellas nuevas, comprensión de los fenómenos visuales, conocimiento de la composición del espacio…

Un espacio museístico en pleno siglo XXI ha de ser versátil y polivalente, ha de permitir la realización de otras actividades de divulgación científica tanto puntuales como periódicas, tener un espacio que pueda ser utilizado como auditorio para eventos generalistas de divulgación o para la emisión de películas o documentales científicos, con espacio para exposiciones temporales itinerantes y asociado a una agenda de actividades propias que sean a su vez generadoras de contenidos exportables. Al hablar de generación de contenidos debemos ser ambiciosos y pensar en temáticas generalistas pero también en “vender” el conocimiento y el desarrollo tecnológico hecho en Asturias. Pero sin perder de vista que los museos también cuentan historias y que la unión de disciplinas diferentes, algunas poco vinculables a priori a un museo de ciencia y tecnología, nos puede aportar un punto de vista diferente, un análisis de la ciencia y la tecnología diferenciador, que nos distinga y nos dé personalidad frente a otros museos de ciencias, que convierta la visita en una experiencia completa de formación e información. Plantear un museo que no sea interactivo parece casi anacrónico, pero debe permitir la deambulación clásica que nos permita descubrir allí al fondo de una vitrina olvidada un objeto que nos llame la atención y nos haga preguntarnos por su utilidad, por su evolución y querer ir un poco más allá.

No me puedo resistir a soñar que incluya un planetario, qué gran inversión para llevar a todos los estudiantes de la región a conocer el Universo, para enseñarles la historia de los primeros que levantaron la vista y descubrieron las estrellas, que usaron la luna para medir estaciones, que descubrieron nuevos planetas. Los nombres de esas mujeres y hombres que descubrieron la composición de las estrellas, cómo el conocimiento se construye a base de pequeños y trabajosos avances hasta que alguien con un poco de suerte y mucho de trabajo e inteligencia suma dos conceptos diferentes que dan un salto significativo en el conocimiento. Que este conocimiento se construye porque los científicos nos movemos en los hombros de los gigantes que vinieron antes que nosotros y que ellos pueden soñar con cosas inimaginables para nosotros, y que esos sueños pueden convertirse en realidad. Dentro de otros 80 años nosotros no estaremos aquí, nuestros nietos serán abuelos y serán los que cuenten nuestra historia. Historia construida entre todos, historia que querremos conservar, igual que las historias de los que nos precedieron.