46 Una Asturias sin complejos

Debemos ser conscientes de que es necesario venderse mejor y de nada sirve recrearse en la frustración

Una Asturias sin complejos
Ramiro Lomba
Director de SADEI

Localismos inoperantes, reproches a lo propio, nostalgia de un pasado ¿mejor? son algunas de las actitudes frecuentes en muchas conversaciones y tertulias entre asturianos. Es comprensible porque por tantas y tantas cosas la sociedad está enojada y, además, tiene razones y tiene derecho a ello.

Es obvio que la situación es mejorable, aunque también lo es que nuestra sociedad, nuestra economía o nuestro modelo de convivencia tienen bastantes puntos con los que muchos estarían orgullosos. Así, nuestro Estado de bienestar está a la altura de los países más avanzados, máxime si nos comparamos con los iguales, una región europea periférica de un millón de habitantes. Porque tenemos empresas líderes en sus ámbitos de actividad, las instituciones funcionan razonablemente y tenemos infraestructuras físicas, culturales..., probablemente por encima de lo que correspondería a una región de nuestro tamaño, aunque aún no llegue el AVE.

¿Por qué, entonces, esa melancolía, esa convicción de que en otra región se está mejor, se vive mejor, se tienen más oportunidades? ¿Realmente estamos seguros de que eso es cierto en cualquier comunidad uniprovincial o de algo más de un millón de habitantes? ¿O en otras provincias españolas que, aun estando en el entorno de zonas más dinámicas, no tienen servicios como los nuestros, ni empresas líderes, ni tantas otras cosas?

Por ello, si hubiese que apostar por un nuevo paradigma, sería deseable hacerlo por una Asturias sin complejos. Ser conscientes de que nos enfrentamos a los mismos retos que la mayoría del país con vistas al futuro. Que es necesario venderse mejor; que no se consigue nada recreándonos en lo frustrados que podamos estar. Podemos pensar que tenemos un Hospital con goteras o que es la envidia de los que nos visitan; que teníamos una potente industria del carbón, ahora muy reducida, o que tenemos plantas industriales de referencia, a las que vienen otras empresas a estudiar procesos productivos o fórmulas de gestión.

Por otro lado, en una región en parte escasamente poblada, ninguna actividad económica es despreciable, pero siempre hacen falta referencias, al margen de los innegables valores de calidad adscritos al territorio. La nuestra debería ser la actividad industrial, en sentido amplio. Seguramente, tenemos una base de oficios ligada a la industria tradicional que es muy sólida, pero que es necesario complementar, con procesos de formación desde la FP, el instituto o la Universidad, en competencias informáticas básicas, en habilidades sociales o en idiomas, como herramientas de trabajo, con el fin de aprovechar el potencial que tienen en la revolución tecnológica en marcha, concretamente en la industria 4.0.

Con nuestra dinámica demográfica, similar a la de toda Europa, todo apunta a que el desempleo no será el mayor problema del futuro. El desafío tiene que venir de la formación de los jóvenes. Y la convivencia intergeneracional. Es prioritario para la sociedad romper con la desidia, no caer en el desánimo y evitar el contagio de personas cualificadas que, por circunstancias de la vida, carecen de estímulos. También es preciso aprovechar el conocimiento de los mayores y evitar que estén hastiados hasta el punto de resignarse a no hacer nada.

Por ello, es vital identificar una estrategia para aplicar el relevo generacional, de tal manera que las mejoras de las prestaciones a las personas mayores deben entenderse no como los beneficios de unos a cargo de otros, sino como algo positivo para todas las personas, también para las que aún no han alcanzado esa edad, pero que la alcanzarán. Por eso deben ser muy firmes los sistemas de garantías y no deben ponerse en cuestión, según quién los gestione. Y la única forma de conseguirlo es mediante pactos de alcance entre parecidos y entre diferentes, entre unas generaciones y las siguientes.

Y en este proceso no podemos olvidar los recursos disponibles, los recursos naturales y los que se derivan de las acciones del pasado, que ahora hay que aprovechar, caso de muchos equipamientos infrautilizados.

Así, convertir lo a veces excepcional en habitual, la cooperación y la cultura del acuerdo desde posturas heterogéneas, romper con el pesimismo e identificar una estrategia de futuro, sostenible económicamente, potenciar la formación de los jóvenes en competencias blandas y aprovechar el conocimiento y los recursos disponibles es posible que nos permita afrontar los retos del futuro con mejores perspectivas.

Eso sí, de momento ¡permitamos que funcione lo que hay!