Canor, la vida férrea

Nicanor √Ālvarez, que trabaj√≥ en los talleres del tren minero, revive la existencia esforzada en el Quir√≥s del apogeo industrial, que ten√≠a ¬ęotro movimiento, otra alegr√≠a¬Ľ

Marcos Palicio / Bárzana (Quirós)

-¡Guaje, quítate de ahí!

«El día que cayó ese muro estábamos en el taller, en medio de un diluvio que nos metía el agua dentro. Yo era un chaval y un tornero me gritó para que me apartase del lugar donde caían las piedras». Nicanor Álvarez García, «Canor», señala hacia el trozo que le falta al grueso paredón de los viejos altos hornos de Quirós y que hoy es casi la única reliquia que queda de lo que fueron. El muro se resquebrajó en los años cincuenta del siglo pasado y para entonces el horno ya llevaba mucho tiempo parado, pero aquel día Canor aún trabajaba aquí, en los talleres para trenes de vapor que tomaron el relevo y el solar. Ya no se fundía hierro en el concejo, pero todavía se sacaba carbón. Pasaba el tren minero hacia Santa Marina y Trubia y en el lugar donde humearon los altos hornos sobrevivía esta instalación con más de treinta empleados donde se reparaban las locomotoras y se coordinaba el mantenimiento de las vías.

Canor ha regresado a La Fábrica, en Arrojo, kilómetro y medio antes de llegar a Bárzana, y observa el lugar que ocupó la más importante instalación fabril del Quirós industrial cuando aquí se percibía «otra vida, otro movimiento, otra alegría de pueblo». Marcha atrás a través de una memoria portentosa, puede que Canor acabe de empezar a trabajar -«entré de pinche, fui ascendiendo y salí como oficial de segunda»- y la riada que acaba de mutilar el viejo muro, sin daños personales, no es el problema más grave. Lo peor son los medios, o los que faltan, porque «no conocíamos un taladro eléctrico, ni una radial...» y a veces también el frío penetrante de esta zona sombría que se siente húmeda incluso en una tarde soleada de finales de octubre.

De regreso al siglo XXI, aquel solar es el que ahora ocupa el Museo Etnográfico de Quirós, pero el dolor de la pérdida le dice que es «una pena que no se hubiesen mirado algo más antes de derribar las naves, porque aquello era histórico de verdad». Con ellas cayó una forma de vivir, de estar en un pueblo que trabajaba mucho para mantener la doble vida de la mina y la industria y la casería tradicional. Cuando este concejo superaba los 3.000 habitantes y el empleo rebosaba en seis empresas mineras, «al salir de la mina había que subir al puerto a atender el ganado», «mal comidos y mal vestidos» en ocasiones después de dos horas y media o tres de camino. En Santa Marina, el pueblo natal de Canor, origen y fin del ferrocarril minero, «conocí seis bares. Hoy queda uno y abre los fines de semana».

Los talleres cerraron con el tren, a comienzos de los años sesenta. «A última hora ya salía muy poco carbón y las locomotoras arrastraban muchos gastos, cada una con cuatro o cinco personas: maquinista, fogonero y varios guardafrenos, además de cinco brigadas de cinco o seis obreros para reparar las vías de aquí a Trubia y cuatro jefes de estación». El tren dejó de ser rentable y se detuvo completamente en 1963 -«las doscientas toneladas de carbón de la última época las bajarían hoy dos camiones en el día»-, pero Canor se fue un tiempo antes del cierre de los talleres a terminar su vida laboral en un trabajo no mucho más fácil, pero sin apartarse demasiado de las minas: condujo autobuses por los duros inviernos del suroccidente asturiano en la línea de Cangas del Narcea a Villablino.

Sentado en la cocina de su casa, en el barrio de La Senra de Bárzana, Canor puede reproducir exactamente la estructura de esta última instalación fabril que avivó la vida de Quirós como el fuego en las calderas de las locomotoras. Para probarlo, dibuja en un papel cómo eran las cinco naves unidas: «La primera de la izquierda se utiliza para reparar los vagones y tiene un secadero de arena para las máquinas de vapor -la necesitaban para no patinar-; la segunda es un taller con cuatro fraguas, un martillo percutor de fragua, dos tornos, uno grande y uno pequeño, un gran taladro, una cepilladora y un local de unos dieciséis metros cuadrados dedicado a soldadura. En la tercera nave habían estado las calderas de vapor; a mí me tocó desmontar alguna, porque luego se pasó a la electricidad, y la cuarta y la quinta están ocupadas por un almacén de efectos de la mina y un pequeño tendejón de carpintería». Hay además dos entradas de ferrocarril, otra nave donde duermen las locomotoras y se les practican pequeñas reparaciones y, al otro lado de lo que hoy es carretera, cruzando el río Quirós a través de un puente que ya no está, las oficinas, el economato y el botiquín. Los trenes salían a las siete de la mañana y sin luz, cuenta Canor, y los frenistas, «sin ropa de agua, ni cascos, ni guantes», saltaban de vagón en vagón, por encima del carbón, para ir frenándolos a mano sobre todo cuando el maquinista observaba una emergencia y hacía «el toque de frenos»: tres pitidos seguidos y rápidos.

Hasta que se acabó. «En Teverga lucharon, aquí nadie dijo una palabra». Nicanor Álvarez mira hacia atrás con nostalgia, persuadido de que por debajo del suelo «el carbón todavía está ahí. Se sacó la flor, lo más favorable, pero queda mucho». Es la persistente certeza de que la pérdida es irreparable y de que la responsabilidad se comparte. «Hubo capataces que no querían estar aquí, que no ponían ilusión, y también mucha gente que se conformaba con el jornal, el economato y el seguro... Hubo algo de parte y parte, pero queda carbón», repite. Nacido en Santa Marina, hijo de un mecánico de aquellos mismos talleres en la etapa inmediatamente posterior al cierre de los altos hornos, Nicanor Álvarez García vive en Bárzana jubilado desde 1991, arregla «todo lo que puedo», que es casi todo, asienten en la villa, y dedica los ratos libres a hacer primorosas tallas en madera. Al viajar en el tiempo añora los mercados de los viernes de cuando en lugar de coches se oían madreñas de clavos y carros rechinantes tirados por burros. «Las mujeres que bajaban de los pueblos con mantecas enormes decoradas con dibujos preciosos» y el tren cargado de carbón advirtiendo con tres pitidos de emergencia.

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