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Preparación psicológica ante la intervención quirúrgica

25 de Diciembre del 2013 - José Antonio Flórez Lozano

“Donde hay dolor es lugar sagrado. Algún día comprenderá la humanidad lo que esto significa”.

Oscar Wilde. Carta “De Profundis”

La demora quirúrgica sigue aumentando en general en toda España y también en otros países de la Unión Europea. Hay demoras, incluso, de más de 180 días y esperas de más de seis meses, lo que supone un porcentaje muy importante, en torno al 9 por ciento. En total, más de 400.000 españoles aguardan para ser intervenidos quirúrgicamente. La media, en general, es de 83 días y aumenta la población en trámites quirúrgicos con demora de más de seis meses. Y de pronto, suena el teléfono a las 8.30 horas de la mañana. Buenos días, ¿está María? Sí, soy yo. ¿Dígame? Mañana ingresa en el hospital. ¿Y eso? ¡No sé nada! ¡Soy la secretaria! Todo se lo indicarán los médicos del servicio. De repente, una ola de ansiedad invade a María ¿Qué me ocurrirá? ¿Qué me pasará? ¿Cómo será la intervención? ¿Volveré a ser la misma de antes? ¿Tendré la misma personalidad?

Subtítulo: Cómo ayudar a combatir el estrés emocional

Destacado: Calmar al paciente y escucharle antes de la operación es esencial. El sometimiento a técnicas médicas y/o quirúrgicas desata miedos

El estado emocional

El día transcurre lentamente, el estado emocional se altera y los sentimientos subjetivos de tensión y aprensión se desatan hasta niveles insoportables. La hiperactividad del sistema nervioso autónomo se dispara. Una especie de neblina, difusa y etérea, envuelve la mente de María, creándole inquietud y desasosiego. Llega su esposo e inmediatamente percibe signos de inquietud y desasosiego en María. ¿Qué te ocurre? Me han llamado esta mañana del hospital para ingresar y operarme, después de esperar tantos meses. ¡Pero eso es bueno! ¡Ya verás cómo todo irá bien y pronto te restablecerás! Un halo de aire fresco de su esposo parece tranquilizar momentáneamente a María. Esa noche fue horrible; María pensaba obsesivamente en la intervención, en la anestesia, en el dolor, en el sufrimiento e, incluso, en la muerte. Su vida y tal vez su muerte se sucedían en una película aterradora. Ciertamente, la enfermedad puede herir a la persona entera, llevándola en ocasiones a un estado de solitaria impotencia. Se levantaba, lloraba y sus pensamientos ¿trágicos? le impedían conciliar el sueño. Ni siquiera la comprensión de su esposo, su exquisita sensibilidad y capacidad de escucha le permitían dormir. También su esposo sufría porque “ver sufrir” es “hacer sufrir”. Duele a quien lo sufre y a quien lo contempla. No es posible permanecer en calma ante el pensamiento e imaginación de María. Sentada en su sillón contemplaba una foto de familia que le hacía saltar sus lágrimas de forma desconsolada. Demasiada exigencia para un ser humano. María se siente atrapada en la impotencia y no puede hacer otra cosa que aliviar su angustia en el páramo de la soledad. Finalmente, el desamparo ante la enfermedad y la intervención se transforma en inacción mental y conductual. Ante este estrés emocional de María, me pregunto ¿por qué no se desarrolla una adecuada preparación psicológica?

La preparación psicológica

La preparación psicológica se fundamenta en el hecho de que la hospitalización y el tratamiento médico suelen producir un estrés traumático debido a que la operación implica, consciente o inconscientemente, una amenaza a la propia vida. María se encuentra en el hospital en una neblina de lejanía que es frialdad, fuego que se apaga y desvanece, displicencia. Sus pensamientos son tristes, tal vez pesimistas. El horizonte es sombrío y María desencadena los mecanismos de defensa, porque no se sabe con qué se van a encontrar. La inseguridad, la inestabilidad anímica, el desánimo y la ansiedad hacen su presencia con toda virulencia. Tal vez sean necesarios, además, los ansiolíticos. A nivel muy primario, también, se desencadena la angustia ante la muerte. La preparación psicológica no es baladí, es enormemente beneficiosa para los pacientes que se enfrentan a cualquier tipo de cirugía, especialmente en las intervenciones más graves, todo ello con el fin de neutralizar traumas emocionales. Dichas reacciones emocionales tienen un efecto negativo sobre la recuperación posquirúrgica. Los síntomas psíquicos previos a la cirugía (ansiedad, depresión, angustia, insomnio, agresividad, irritabilidad, tristeza, etcétera) se traducen en problemas serios en la relación médico-paciente: una convalecencia prolongada, un mayor consumo de analgésicos y otros psicofármacos que se aplican habitualmente para la intervención quirúrgica (tranquilizantes, ansiolíticos, antidepresivos, hipnóticos, etcétera). En fin, una adaptación emocional ineficaz frente al estrés preoperatorio determina un riesgo quirúrgico adicional. Precisamente cuando al paciente se le avisa de un día para otro, no tiene tiempo para reconocer y controlar sus temores. Ello provoca mucha ansiedad, con frecuencia angustia, que se traduce en múltiples manifestaciones somáticas y neurovegetativas. María está completamente aterrada, mañana va a ser operada de una hernia de disco. La intervención es sencilla y simple, asegura el cirujano, pero ella se encuentra sumida en el pánico. Este impacto emocional es el estrés quirúrgico. Este tipo de estrés puede complicar mucho una operación, no sólo porque María pone trabas, conscientes o no, sino porque en esa situación se disparan los niveles de adrenalina. Ello se traduce en la ingesta de más anestésicos, lo que aumenta el riesgo de padecer arritmias. Muchos temores y fantasías invaden la mente de María. En este caso, la depresión posoperatoria está servida y quizás el síndrome de estrés postraumático. Calmar al paciente y escucharle antes de la operación es esencial. El sometimiento a técnicas médicas y/o quirúrgicas desata miedos (miedo a no despertar, miedo a la invalidez, miedo a la muerte, miedo a la pérdida de control, a decir cosas no deseadas). Frente a esta cascada de síntomas prequirúrgicos y posquirúrgicos, es necesario desarrollar en todos los casos una intervención psicológica más humana y cercana al paciente y a su familia, consiguiendo con ello una reducción de costes sociosanitarios, una disminución de las complicaciones quirúrgicas y, especialmente, una pronta recuperación física y mental de la paciente. ¡Vale la pena!

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