Odio España

2 de Diciembre del 2014 - Miguel Braña (Leeds)

Siento un odio generoso por la nación que llaman España, incluso por el conjunto de naciones que llaman España; la dispersión de responsabilidad no disipa mi odio, mi odio no sólo se concentra en Madrid. Soy, muy probablemente, uno de esos de los que forman ese nutrido grupo que llaman los antiespañoles.

Siento odio por España por numerosas razones: la primera, porque tengo una herencia de odio. Porque nací y crecí en un país donde las heridas jamás se cerraron, porque llevo el sufrimiento, la vergüenza, el rencor y las orejas gachas marcado en la herencia genética; porque crecí en un país donde nunca hubo una reconciliación, no ya entre españoles de bien y antiespañoles, sino entre personas de bien, y punto.

Siento odio por España porque España me acostumbró al pesimismo perpetuo. Porque existe un dogma, un runrún, un ruidillo en las colas de los supermercados del somos menos, un pueblo de pícaros en el que no se puede confiar en la gente. Siento odio por España porque la desconfianza genera más desconfianza y desemboca en una frustración perpetua de pertenencia a un pueblo que no puede levantarse sobre sus propios pies y ser un pueblo digno y orgulloso.

Odio España porque somos un pueblo acomplejado. Porque nos han hecho creer que tenemos que renunciar a nuestra identidad e igualarnos a otros pueblos que no son como nosotros. Porque ellos son los buenos y nosotros los de sangre caliente y emocionales que no pueden controlarse. Nosotros somos los vagos y los aprovechados y merecemos lo que tenemos. Y esto, en parte, ha generado una idea del come o te comerán extrema, olvidando los valores positivos de nuestra sociedad, como las redes familiares, sociales y comunitarias que han hecho que muchas personas pudiesen aguantar en tiempos difíciles y que en gran parte han evitado que en España hubiese una revolución violenta. Porque, en efecto, somos un pueblo emocional, donde la amistad y el amor se viven de forma intensa, y en lugar de sacar eso en positivo hemos aceptado que desde fuera nos impongan que se está mejor como individuo aislado en un perpetuo estado de desconfianza.

Odio España porque me hizo crecer con una comodidad notable pero ciega. Porque nadie nos previno de la estafa monumental que acabaría con todas nuestras expectativas de futuro y progreso. Odio España porque España me hizo alejarme de todo lo que quiero de y en España.

Odio España porque me avergüenza incluso decir la palabra España y tengo que decir palabras como Españaza o Españistán para evitar el sonrojo de reconocerme como parte de un pueblo gobernado por gilipollas y agilipollado.

Pero como decía mi paisano Ángel González, el odio también me modifica a mí mismo, y cuando quiero darme cuenta soy otro que no odia, que ama a esa desconocida cuyo nombre es el tuyo, que lleva tu apellido, y tiene, igual que tú, el cabello largo. Y no te odio porque no te ame, lo contrario al amor es la indiferencia, no el odio. Te odio porque me importas, porque quiero que cambies, porque quiero un país al que poder amar sin frustración, un país que no esté deprimido ni deprima, un país que se quiera a sí mismo y a sus gentes. Quiero, aunque esté a gusto donde estoy, la posibilidad de un país al que poder volver con una sonrisa.

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