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Mi vida con párkinson

28 de Junio del 2016 - Emilio Jiménez Calvo (Pola de Siero)

Cuando tenía 35 años, empecé a notar que me cansaba mucho y me temblaba una mano, y lo achacaba a estrés laboral. Trabajaba entonces como encargado de obra civil y fui notando que cada vez me costaba más trabajar con los planos de obra, lo cual empezó a repercutir en mi rendimiento laboral.

En aquella época tuve un accidente y cuando me llevaron a urgencias ya salí con un posible diagnóstico de párkinson, que se confirmó poco tiempo después; era el año 1996 y tenía 40 años.

Fue un impacto grande, pues era joven, tenía tres hijos menores de edad y a la dureza del diagnóstico se sumaba la incertidumbre laboral y económica. Poco después, los peores presentimientos en el plano laboral se hicieron realidad y me quedé en el paro.

Empecé con el tratamiento, pero ninguno hacía que mejorase y, además, la enfermedad avanzaba deprisa; me convertí en una persona dependiente para todo, necesitando el apoyo de la familia hasta el punto de que, puesto que mi mujer trabajaba, mis hijas, entonces adolescentes, cambiaron los turnos en sus centros de estudios para mañana y tarde, y así conseguir que siempre estuviera atendido.

Al no tener una adecuada respuesta a la medicación, en el año 1999 deciden operarme. Tras doce horas de quirófano, salgo sin que hayan podido implantarme los electrodos y con gran frustración, al ver que no había solución para mi problema.

Pasados cuatro o cinco meses, vuelven a intentarlo, pero esta vez sí pueden implantarme un electrodo; el resultado a nivel quirúrgico fue bueno, pero empecé a tener problemas de comportamiento, de los que prefiero no hablar. Dados estos problemas, en el año 2000 vuelven a operarme; en aquella época, cada vez que me ingresaban estaba mes y medio en el hospital. Me operan y salgo del hospital convertido en una persona nueva, independiente para todas las actividades del día a día, sin problemas de comportamiento y con la ilusión puesta en poder volver a disfrutar de la vida y en especial de mi familia.

El único problema que tuve fue que tenía interferencias con determinados aparatos electrónicos y eso hacía que se me descargasen las baterías, pero aun con eso había merecido la pena haberme puesto en manos del equipo del doctor Seijo.

En el año 2013 me quedé sin baterías y volvieron los recuerdos del horror de antes de operarme, pues volví a ser dependiente para todo, pero una vez cambiadas vuelvo a estar bien y, además, sin problemas de interferencias. Quiero manifestar que es una pena que tengamos que esperar meses para hacer el cambio de baterías, pues sin ellas retrocedemos a los años más duros de la enfermedad.

A pesar de todos estos avatares que os acabo de contar, quiero deciros que someterme a la cirugía ha sido lo mejor que me ha pasado dentro de lo que es la enfermedad de párkinson, pues, lógicamente, hubiera preferido no tenerla, pero eso no fue cosa mía.

Quiero dar las gracias al equipo de neurocirugía del HUCA; a mi familia, por haber estado ahí todo el tiempo, y a la asociación, por haberse convertido en un gran soporte en todo este proceso.

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