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Anecdotario en el tiempo...

7 de Agosto del 2012 - Heradio González Cano (Oviedo)

Leyendo el Magazine del pasado 15 de julio que obsequia a sus lectores LA NUEVA ESPAÑA todos los domingos me llamó mucho la atención la semblanza firmada por Javier de las Muelas sobre el prestigioso e internacional barman Pedro Chicote, relación que hiciera evocar de mi vida pasajes inolvidables, como recordar la lectura de la «Guía Secreta de Madrid», del célebre periodista, muchos años corresponsal afincado en Nueva York, Antonio D. Olano, quien de Perico Chicote, magistral coctelero, cordialmente nos habla, recordándonos a su vez, transcribiendo unos versos del poeta matritense, nada menos que de otro Pedro, Calderón de la Barca, quien hace más de cuatrocientos años sobre su lar natal dejara escrito: «Es Madrid patria de todos, / pues en su mundo pequeño/ son hijos de igual cariño / naturales y extranjeros», soberbia estrofa que vale la pena recordarle a cualquier español autonómico, independentista, cuya fraternal capital, como París, vale una Misa... O lo que escribiera, siempre al respecto, la fecunda pluma del leonés Andrés Trapiello: «Lo mejor de Madrid es que todo el mundo puede encontrarse como en casa» (LNE, 30-05-2010). Realidades que servidor desde hace más de cincuenta años certifica, como asimismo certifica las gratas e inolvidables tardes-noches, después de apurar un embriagador y mágico cocktail, servido por las manos de un genial Chicote, o bellas damas de «alterne» que tras de la barra se adornaban con sonrisas y un natural respeto. En ese lugar donde asistían personalidades importantes... Donde «las tertulias vivían su vida», donde la «crema de la intelectualidad» del gran compositor mexicano Agustín Lara, de Madrid susurrara su famoso chotis: «En Chicote, un agasajo postinero...», contemplando asimismo el Museo de Bebidas...» que admiraban los ojos del asturiano todavía no Nobel, doctora Ochoa, el poeta Pemán, principales autoridades civiles, como universales artistas, selecta aristocracia... Con esta gente, después de recorrer por La Gran Vía bares y cafeterías llenos a tope de tanta gente, como las salas de fiesta, Pasapoga, Florida Park, etcétera, sin olvidar los cafés literarios como el Gijón, Teide, María Guerrero, ídem de lienzo..., muchos estudiantes hispanoamericanos lo vivimos a tope, muchas veces dejando a un lado la Universidad recién estrenada (1957) que tenía para todos los estudiantes siempre sus puertas abiertas, apertura que los jóvenes del otro lado del charco Atlántico, por tener mucha plata en la bolsa y gastarla mensualmente, totalmente, en distracciones, etcétera no nos dábamos cuenta...

Pero vamos a lo de las anécdotas. Por algunos días los estudiantes visitadores del bar citadino nos ausentamos, entre ellos los inolvidables coterráneos, Toñito (Antonio) Bermúdez Somoza que en paz descanse, pariente muy cercano de los Somoza que de Nicaragua, como se sabe universalmente, fueran presidentes. Toñito, siempre estudiando Derecho, murió en Salamanca trágicamente; Danilo Chavarría, «Conde de Logrosán», título de nobleza que se autoadjudicara personalmente y que como algunos, sin terminar sus estudios, a sus respectivos países regresaron definitivamente, por dedicarse más a las juergas desechando las enseñanzas de prestigiosos, universitarios docentes...

Corrían ya casi los finales del año 1958. En tal intervalo solitariamente mis pasos volvieron de nuevo al Chicote y tras de apoyarme en la barra una chica además de servir una copa me informó alegremente: «Oiga, el marqués de Villaverde por su persona ha preguntado varias veces»... a lo que sorprendido informara: «A tal señor no le conozco»; a lo que adicionó la dama: «Pero si de servirles bebidas tengo ya muchos meses...». Serían casi las doce de la noche y, como por arte de magia, apareció de pronto sonriendo y saludando a la gente el campechano aristócrata. Quedando servidor, como fue natural, casi con la boca abierta... Nos pusimos a hablar como siempre y de Rubén Darío al que tanto admiraba, disfrutando de mis, en voz baja, recitaciones, y al final nos despedimos, sin saber que era para siempre, pues me fui a vivir y estudiar a Alemania y Austria.

Pero 15 años después, estando yo de visita en Zaragoza (1977) viniendo de Nicaragua, para ver a mi sobrino, hoy doctor-cardiólogo Máximo Donaldo Obregón González, que estudiara con buen suceso arropado por La Pilarica y su querida novia, hoy amada esposa, Pruden, extremeña de Plasencia; al encontrarnos y abrazarnos, teniendo a mi inseparable asturianina MariCarmen, para cerrar el familiar encuentro, les hice una invitación al Cachirulo para cenar consecuentemente. Y hacia allí fuimos junto con otras amistades ocupando dos o tres mesas... El ambiente muy concurrido y en el centro del pintoresco lugar una dilatada gran mesa superior a la nuestra, se podía ver que se iban sentando muchas parejas mayores, vestidas, como si de una boda se tratara, elegantemente, que se pusieron de pie y aplaudir a las dos últimas parejas que al sentarse fueron atendidas por camareros bien uniformados y otras personas con vestimentas de trajes típicos que se disponían a cantar y bailar sus jotas... haciendo muy cordial la fiesta... De pronto, pasadas unas horas, este narrador se levantó para hacer pis urgentemente... Y cuando estaba en lo mejor del «desahogo», a su lado se puso un elegante señor para satisfacer lo mismo, pero diciendo : «... la española no hace pis sola»... Y, fijándome en su cara le dije, «dichosos los españoles... Oiga, no sé por qué me es familiar su cara, ustedes como yo fuimos de la clientela del Chicote, soy Heradio, al que le gustaba oír cuando recitaba versos de Rubén...». Y sacudiéndose como yo la «flauta», mascullando –estaba bebido–, también sorprendido, «los gratos momentos de la vida no se pueden olvidar; qué estás haciendo por aquí, vente conmigo a mi mesa, serás mi invitado principal»... Invitación que no pude aceptar porque éramos muchos mis acompañantes... Invitación que he llevado siempre en el recuerdo, en el corazón...

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