Gracias Cacaya
Esta carta no es más que un humilde y merecido homenaje a mi abuela, Cacaya, esa mujer que cada día se desvive por hacernos la vida mucho más fácil.
Desde pequeña ha sabido cuidarme, consolarme cuando lo he necesitado y regañarme cuando lo he merecido.
No sabría ni podría definirla porque las palabras se quedarían cortas. Siempre incansable aunque las fuerzas le flaqueen. Nunca se queja por nada, siempre tiene una buena palabra y una sonrisa para recibirnos.
Podría estar cocinando una mañana entera haciendo comida que sabe que es imposible que comamos de una sola vez. Y aún con nuestras quejas de lo salada, sosa o poco hecha que está la tortilla, nunca pone un mal gesto y volvería a hacérnosla las veces que se lo pidamos.
Sus comidas son inigualables y nos lo recuerda cada vez que probamos un bocado. Nadie cocina como ella, nadie limpia igual, nadie hace las cosas tan bien. Eso es lo que ella misma dice y, aunque lo reconozcamos pocas veces, tiene toda la razón.
Siempre puedo recurrir a ella para todo, desde contarle mis preocupaciones hasta para que me quite la mancha de fruta más difícil de sacar que, no sé cómo, pero ella siempre lo deja todo limpio como la nácar.
Se desvive porque seamos felices, porque cuando llegue a casa tenga un plato en la mesa y todo limpio y ordenado. Nunca se queja de lo que tiene que trabajar para que podamos disfrutar de las vacaciones cuando ella nunca las tiene. Es inagotable y, si lo es, lo guarda para ella misma.
Ahora con su biznieto no existe un no por respuesta, madruga todo lo que sea necesario para que él no lo haga. Será tan charlatán como ella porque, aunque con su kirikiri diario no le deje casi ni contestarle, estoy segura de que tendrán conversaciones para aburrir.
Hace fácil lo difícil y solo puedo tener palabras de agradecimiento. Gracias Cacaya por estar ahí siempre, no solo para mi, para todos, por tu amor hacia nosotros y porque la vida sin ti, no tendría casi sentido.
Te quiero.
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