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Hay que hacer algo

15 de Agosto del 2012 - Antolín Velasco Moreno (Llanera)

Un día alguien me dijo que por qué yo siempre decía que quería vivir en donde había nacido. No tengo una respuesta coherente que dar, pero siempre lo creí posible, ahora no lo tengo tan claro.

Yo nací en Asturias hace 27 años y me crié en ella. Si pienso en los recuerdos que me evoca, veo un pueblo orgulloso que siempre se conformó con poco, en una tierra verde de belleza para mí inigualable, donde el futuro siempre sonríe a medias. El problema es que también la siento como un paraíso olvidado. Veo ganaderos tirando con cuatro vacas para sacar lo justo para seguir adelante, contemplo las grandes chimeneas de la antigua Ensidesa corroídas por el óxido que devora anunciando la muerte de lo que antes estuvo repleto de obreros. Veo ojos negros perdidos que miran barracones sin mineros, puertos vacíos repletos de esqueletos de madera. Caminando por las calles de Mieres, en donde yo estudié, observo el andar perdido de viejos que no lo son, de parados fabricados y a sus hijos que son parados obligados, y me veo a mí mismo hace 7 años comenzando la carrera, cargado de ilusiones con la esperanza de una vida que nadie me podía quitar, un futuro en mi hogar.

Escribo esto desde Yakarta, en Indonesia, en donde voy tirando con una beca que se acaba, pensando en cualquier solución para no volver al país de la generación desperdiciada, pues qué hacer allí. La crisis ha agravado lo que en Asturias viene siendo un mal sistémico. Nos hemos convertido en un pueblo de subvencionados, de ayudados, de becados. Nos han vendido a nadie, o más bien a nosotros mismos. La industria muere, las minas caen por mentiras y gestores corruptos. Políticos que se conformaron con el dinero rápido para volver más pobre a la más pobre de las provincias de España. Y sabéis que hicimos todos: nada. No hicimos nada contra la cuota láctea, no hicimos nada mientras cerraban los astilleros o cuando morían las minas, ni contra los precios injustos que cobra el jornalero por los trabajos en el campo, ya sea madera, carne o leche. Y nada estamos haciendo mientras científicos, estudiantes y trabajadores buenos y hábiles pierden su trabajo. Yo no hice nada.

Asturias nunca quiso ser mendiga de nadie, pero encontraron la manera de engañarnos poco a poco, casi sin darnos cuenta. Éste que es mi hogar vale más que para ser un pueblo de ayudados, y yo lo sé porque lo veo en los ojos de muchos, en las manos de los viejos, en los tobillos de las paisanas, en cada estudiante que sale de los barrios a estudiar una carrera con unos padres que se mataron a trabajar, en las azadas que todavía se hunden con fuerza, en el empresario que llora al echar a trabajadores que son casi su familia y, sobre todo, en la solidaridad que este pueblo siempre ha tenido para sí mismo y para con los demás. Yo quiero un futuro en mi tierra, el problema es que para conseguirlo vamos a tener que hacer algo.

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