Pobres jubilados
¡Pobres jubilados! ¡Sí, pobres jubilados y personas mayores cargadas de necesidades y amenazadas con bajada de sus pensiones!
Cargado de razón y casi con lágrimas en los ojos, un señor, que con frecuencia compartimos unos minutos de descanso en un banco del parque en determinados paseos mañaneros, me decía: ¿cómo voy a poder pagar contribución, comunidad, luz, medicinas, IVA, etcétera, en lo sucesivo? Y añadía: con lo que yo cobro al mes no tienen ellos –refiriéndose a los políticos–, para pagar la comida de un día, y dicen que las pensiones también las van a recortar.
El jubilado del parque, sin él saberlo, claro, me ha dado la noche. Y es que yo, pensando como él, con tantos razonados motivos, he dormido muy mal. ¿Acaso retirarse laboralmente, cargado de años de trabajo, conlleva la bajada de gastos? ¿No es cierto que al día siguiente de la jubilación te reducen la paga a la mitad o menos? ¿Y no es cierto que no te reducen el recibo de la luz, los impuestos y, ahora, los medicamentos? Una persona cuando enciende la luz, que esté solo o acompañado, da igual que sea o no pensionista, el contador no respeta y el pequeño piso que, con un sinnúmero de esfuerzos, pasó a ser propiedad del matrimonio, sigue pagando la misma contribución para un habitante que para seis?
No, no es justo y espero que los temores de este buen hombre no se cumplan porque a su edad bastante tiene con sufrir deterioros físicos, enfermedades, soledad y hasta comprar una manta para los pies para calentarse en invierno.
Por nuestros padres, abuelos y mayores en general, vaya pues una reflexión y una protesta que llegue «arriba», sean los que sean los que mandan. Siempre al lado de los mayores, no me puedo tragar las palabras y, en ese caso, los jubilados de hoy son –somos–, los sufridores de una maldita posguerra que nos privó de hasta lo más básico y que para casi todo hemos sido –y seguimos siendo–, una generación perdida que, no obstante, haber traído hijos al mundo y haber luchado hasta volver a poner en pie a España, no se nos reconoce.
¡Pobres pensionistas, en ocasiones abuelos canguros y, en otras, remanso de paz de hijos desempleados!
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