Mentirosos
Si el señor Rajoy nos hubiera representado en las Olimpiadas de Londres, hubiera dejado en ridículo a Phelps, Bolt y compañía. Lo que está consiguiendo el compostelano es de récord mundial. Millones de votantes que le dieron su confianza absoluta el pasado noviembre se ven desencantados menos de un año después por las medidas que está siguiendo y llevando a cabo. Personas, como el que aquí escribe, depositamos nuestra ilusión en una persona y en un programa, esperanzados en un cambio radical que detuviera la caída libre a la que nos llevaba el funesto, indigno e incapaz Rodríguez Zapatero.
Lejos de girar 180 grados, la dirección que llevaba ZP, el nuevo presidente acelera cual Thelma y Louise para despeñarnos definitivamente en la miseria, el paro y las necesidades. No podemos esperar los ciudadanos cuatro años a que se nos repare este fraude electoral, esta estafa de arte mayor, porque no es lo que votamos.
La reforma electoral sólo trajo más paro, más ERE y más desprotección al trabajador, mientras que los empresarios tienen sus manos gastadas de tanto frotárselas ante tal medida. Su niña ya no podrá comprar «las chuches», porque tendrá que gastárselo en el material escolar, sí, sus padres, a los que usted ha dejado en el paro o recortado su sueldo, ha subido un 13% el IVA que prometió no subir. Menos mal que no iba a tocar la sanidad, que no iba a subir los impuestos, que iba a mejorar la educación y tantas y tantas cosas en las que nos mintió. Para colmo, traiciona al único colectivo que le quedaba fiel hasta el tuétano, que son las víctimas del terrorismo, dejando en libertad al asesino y secuestrador Bolinaga.
Los socialistas deberían estar dando palmas con las orejas, pero los ciudadanos ya están hartos de inútiles buhoneros que prometen pero incumplen, que hablan pero no hacen, que hacen pero no consultan, porque al final duelen más los bolsillos que los ideales.
Por todo esto, la medalla número dieciocho se la deberían dar a don Mariano por vencer en la disciplina de mentirosos y quedar por delante de Pinocho y el Barón Münchhausen, con la diferencia de que estos dos últimos son ficticios y nos hacen reír y el primero es real y nos hace llorar.
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