Assange y Correa, extraños compañeros de cama
Julian Assange continúa refugiado en la Embajada ecuatoriana de Londres. No dudó en enrocarse en territorio del país que es el centro del mundo en el mismo centro de Londres. En el barrio de Knightsbridge poco queda ahora de aquel espíritu olímpico que invadió toda la ciudad hace unas semanas. El capote se lo echó el presidente Correa, que se erige así en el nuevo adalid de la libertad de prensa. Y no se pone colorado el mandatario americano, a pesar de ser el impulsor de la llamada ley mordaza, del acoso judicial al diario «El Universo» y del cierre de más de treinta emisoras de radio de su país. Sin duda, la política hace extraños compañeros de cama. El fundador de Wikileaks intenta así evitar una extradición a Suecia para ser juzgado por supuestos abusos sexuales y otra posterior a EE UU, donde podría acabar chamuscado en una silla tan eléctrica como la última en la que se sentaron Sacco y Vanzetti allá por el año 1927.
A los norteamericanos no les gusta que se aireen los secretos de su cocina, de ahí que pretendan juzgarlo por alta traición, sea lo que sea lo que alta traición signifique. El más rubio de los australianos ya debe saber desde hace tiempo que no es lo mismo difundir secretos de Zimbabue que de los EE UU y que la justicia no es igual para todos, por muy alto que proclamen lo contrario algunos jefes de Estado. Por si fuera poco, y para que a este pastel no le falte la guinda ibérica, tenemos ahora a nuestro superjuez ejerciendo de abogado del amenazado, así que ya podemos empezar a hacer alguno de esos chistes tan nuestros. Ya saben: ¿qué hacen un australiano, un ecuatoriano, un bobby inglés, un espía americano, un diplomático sueco y un español saliendo de los almacenes Harrods y sin bolsas?
No puedo ni imaginar lo que pensaría de esta civilización un alienígena camuflado recientemente entre nosotros. Quizá convendría remover un poco la lápida de Frank Kafka en el cementerio de Praga Zizkôv y esperar por allí sentados tomando una cerveza a ver si con el movimiento al ilustre checo le da por salir de su tumba y explicarnos todo este embrollo.
Para mi amigo Antón, la situación del hacker australiano no es nueva. Dice que hace unos años Manolé «el Suave» tuvo que esconderse en casa del párroco de su pueblo. A Carlones «el Cazurro» no le hacía gracia que éste difundiera las aventuras que su mujer tenía con Manín «el Tratante». Andaba el airado cornudo con la guadaña en alto buscando al chivato cuando le preguntaron por qué no daba un escarmiento a los adúlteros. Carlones les contestó que poco le importaba a él lo que su mujer hiciera con otros, pero que otra cosa bien distinta era que se supiera.
Las cosas de un mundo globalizado y de una aldea global.
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