La satisfacción de atender a un inmigrante
Es mía. Me refiero a mi dignidad o a mi conciencia, que para el caso vienen a ser lo mismo.
Han podido enturbiar el descanso anual sobradamente merecido pero sólo a ratitos, erre que erre con los rumores amenazantes de suprimir nuestras vacaciones pagadas para el próximo año, en un paso más hacia la esclavitud soterrada. Porque lo del expolio de la paga de Navidad lo «barajó» ella, guapísima de chaqueta sastre rosa, un buen día en las noticias por la tele y al día siguiente... ¡¡zass, decretazo !!
A la vuelta de vacaciones (loco-regionales a mucha honra) he tenido la satisfacción de asistir a un chico de raza negra sin poder investigar el estado de sus «papeles» porque el ordenador estaba en su rato nocturno de dos horas largas haciendo la copia de seguridad diaria. Le hemos curado un brazo por una herida producida en el desguace donde trabaja, me importa un bledo si asegurado o no. Luego he abierto la nevera (donde guardamos la cena casera a falta de dietas) y, qué casualidad, he encontrado una dosis de vacuna antitetánica sin dueño conocido... La he cogido, se la hemos inyectado en el brazo sano y hemos dejado un pósit en la nevera con la siguiente nota: «La vacuna no era mía, pero la he usado para un buen fin. Soy fulanita y éste es mi número de colegiada, por si quieren descontármela de la nómina...».
La vacuna posiblemente sí les pertenece. Mi dignidad y mi conciencia, no.
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