Hacemos mapas de mapas y el mapa no es el territorio
Cada casta tiene su semántica. Dicha casta, con su semántica, nos impide ver el error que nos ciega dejándonos inmersos fuera de una realidad en constante cambio, abrazados a la involución. Creemos que basarse en dogmas establecidos es lo mejor; pero la realidad es que vivimos en un mundo dinámico en el que los propios conceptos racionales cambian constantemente, mientras otros conceptos que se mantienen firmes son interpretados de forma distinta. Un mundo en el que la única verdad es ese cambio y la libertad individual que lo posibilita, haciendo posible usar destrezas que se renuevan permanentemente permitiendo la empleabilidad personal, algo que siempre requiere de un «aprendizaje permanente» para hacer de cada trabajador su propia empresa como emprendedor: su microempresa de él mismo. Ésta es la única gran realidad. Esto de la casta social viene bien a cuento, pues no acabamos de aprender que mientras en el mundo se diferencian estructuras del conocimiento en base al «aprendizaje inicial» y al «aprendizaje permanente» integrándolos luego por criterios racionales, en España ni se diferencian ni se integran, salvo por criterios de casta. No se desea una estructura del conocimiento basada en el «aprendizaje permanente». Ahí empiezan nuestros males y desviaciones de la realidad.
No es que el mundo académico no busque el progreso y se agite en esa pretendida actividad con sus particulares conceptos. Lo que ocurre es que no percibe ninguna realidad que evolucione en sentido ascendente, salvo aquella que ya ha sido desechada. Por eso es que, abrazándonos dogmáticamente a la descendente, encallamos en la orilla, y sólo logramos que el agua hierva, y que el café no salga.
Desde el mundo académico que representa el Incual, se pretende hacer esquemas de la realidad, pero sólo se hacen mapas de mapas de los esquemas que otros han hecho de esa realidad. Con su semántica propia argumentan y toman decisiones sobre guías pedagógicas y no sobre los propios contenidos del conocimiento. Se dejan así en la ignorancia muchos y muy necesarios contenidos del «aprendizaje permanente». Por eso desde una realidad sin éxito educativo como ha comprobado el informe Pisa y el «ranking» de universidades –así como por falta de competitividad industrial como demuestra esta crisis–, ni siquiera llegamos a observar esa nefasta realidad. ¿Cómo vamos a corregirla? Y así seguimos haciendo mapas de los mapas de los esquemas de esa realidad. Eso sí, con todo el rigor reglado y debido para la observación de los mapas, pero sin la realidad. El que no está encallado navega a contracorriente mientras se ahoga. Perdidos, fiamos de la corrupción conceptual que sobre el «aprendizaje permanente» se hace en el mundo académico mientras se practica la «teoría del rumor»: ese juego de transmitir un mensaje o información de boca a oído sin asomarse a las fuentes, y con el que, al final, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Pues, aunque se usen los mismos términos, la información no dice la verdad existente, ni observa la realidad desinteresadamente y sin prejuicios. Es decir: no se realiza una observación centrada en esa realidad cambiante para, ajustándose a ella como una embarcación al río, no ser sobrepasados mientras, estúpidamente convencidos, braceamos a contracorriente y abrazamos a la dogmática orilla.
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