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El gran error sindical

5 de Septiembre del 2012 - José Enrique Centén Martín (Sieteiglesias)

Es la aceptación del supuesto de que la emancipación de los asalariados podía alcanzarse a través de la evolución paulatina y del juego político. Nadie puede negar que los sindicatos hayan mejorado la posición económica del obrero y producido un efecto psicológico importante al proporcionarle el sentimiento de su fuerza y significado frente a los gigantes económicos contra quienes luchaban. Este sentimiento se ha perdido al dejar el Parlamento en manos de la patronal y sus representantes, que defienden demagógicamente intereses particulares y no el de los asalariados. Con el abandono de representación en el Parlamento, al cabo del tiempo han caído en el revisionismo sindical, que consiste en ejercer sólo presiones sobre el Gobierno para que adopte las reformas convenientes al bienestar de los trabajadores: subidas de salarios, reducciones en la jornada laboral y aumento de la seguridad en el trabajo, indudablemente necesarias, pero renunciando explícitamente a la radicalización sindical. Todos los sindicatos han tomado esta actitud, principalmente, por las subvenciones recibidas por parte del Estado, cuyos miembros representan a los intereses particulares de los partidos del arco parlamentario. Los sindicatos han crecido para, desgraciadamente, transformarse también ellos mismos en enormes organizaciones que dejan muy poco lugar a la iniciativa del miembro individual y, hoy son incapaces de generar un aumento de apoyo social a sus convocatorias por la atomización de las propuestas, con escaso aumento de afiliación e implantación a nivel nacional desde tiempo atrás, así como tampoco ha servido para afiliación e implantación del resto de los sindicatos surgidos, algunos de ellos con una clara misión al estar bajo la tutela empresarial para cercenar la credibilidad de todo movimiento sindical, siguiendo la máxima «difama, que algo queda», y lograr desacreditar cualquier movimiento sindical serio. También la frustración creada ante la falta de respuesta por los ERE falsos, o la actitud de algunos de ellos en los consejos de administración de las cajas de ahorros intervenidas en las que están representados.

Esta forma de actuar de los sindicatos, en este momento de crisis, es como dejar el movimiento obrero en manos de la pura espontaneidad, o seguirlo en zaga, y representa ponerlo en manos de una burguesía avezada, conocedora de los más sutiles medios de distracción y de represión. Durante las anteriores dictaduras, y sin la infraestructura que tienen actualmente, las conquistas sociales se conseguían de forma contundente, dando un puñetazo sobre la mesa, que no es otro que la huelga general prolongada. Parte de culpa también es de los afiliados, porque en los tiempos de bonanza y con los logros conseguidos, hemos puesto el poder e influencia tan costosamente conquistados en manos de hombres que representan, o se suponen que representan, el movimiento de una época ya terminada; nos limitamos en pagar la cuota y, de vez en cuando, ejercer el derecho de voto. Pero aquí, como allá, no es más que el pequeño engranaje de una gran maquinaria. Sería asunto de la mayor importancia que los sindicatos se transformaran en órganos apoyados en la activa cooperación de cada uno de sus miembros, con una organización que asegurara la efectiva participación de todos en la vida de la entidad y los hiciera sentirse responsables de su funcionamiento. Un sindicalismo libre e independiente es aquel que es sostenido únicamente por sus afiliados. Debemos democratizar las estructuras, exigiendo la renovación periódica de los dirigentes, para que no pierdan la realidad de los asalariados, que no se conviertan en una nueva casta al igual que la política.

Lo lograremos exigiendo más democracia interna.

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