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Un futuro complicado

13 de Septiembre del 2012 - Carlos Muñiz Cueto (Gijón)

El mundo se enfrenta a un futuro para el que los líderes no tienen visión. Se enfrentan a los síntomas de esta crisis sin diagnosticar siquiera la enfermedad. Los votantes sufren reformas sociales y perdidas de libertad.

El CERN, mientras, nos pone al descubierto las leyes del universo para adaptarnos a ellas. Esa es la clave: la adaptabilidad. La Humanidad usa el desarrollo tecnológico y científico para adaptarse a la naturaleza hostil. Usa la inteligencia para librarse por medio del desarrollo tecnológico y científico de su propia debilidad. Esa es la otra clave fundamental: la libertad. La Historia nos dice que para progresar siempre se usó la dominación de los vencedores y así ellos se sentían libres y poderosos. Pero la naturaleza, como a todos, les tenía puesta su fecha de caducidad. El propio CERN nos demuestra que la forma de progresar es la colaboración, la misma con la que trabajan miles de científicos de todo el mundo en él. Hasta ahora las guerras eran la continuación de la política por otros medios, y la economía parece la continuación de las guerras. Pero todo ello: política, fuerza militar y economía, está supeditado al desarrollo tecnológico y científico. Ese desarrollo, junto a su fuerza productiva, nos ha llevado a una situación complicada por el uso de la cibernética con sus robots y de la informática con sus comunicaciones. Se está cambiando la Historia y debe cambiar la sociedad. Ya no se necesita emplear a tantas personas para aumentar de forma exponencial la capacidad productiva. Este planeta, con sus limites al crecimiento, no soportaría tanta productividad. Además, el desempleo tecnológico que se ocasiona, no reparte la riqueza, el consumo interno baja, y esto obliga a las empresas a deslocalizarse en busca de él. Se acentúa así la problemática social en su país mientras surge prosperidad en los países emergentes. Un cuarto mundo, desprotegido, se hace patente entre los ciudadanos, votantes, del primer mundo. En este contexto, o se empleaba la fuerza, o se corrompía el sentido democrático, o se inventaba algo para facilitar el voto. En los países más avanzados, y en otros no tan avanzados, se buscó una solución falaz y mentirosa: el crédito basura para poder crear empleos manufactureros de baja cualificación alentándose la burbuja inmobiliaria. Eso desbarajusto todo el sistema financiero, por lo que ahora se exigen sacrificios sin cuento a los ciudadanos. Pero nadie habla del origen del problema: el desempleo tecnológico. Y así, sin enfrentarse a este hecho, buscamos la solución en el aumento de las horas de trabajo y de las jornadas laborales de los trabajadores de aquellos países atrapados por sus deudas.

Esto lo anticipó muy bien Adam Schaff en una entrevista hace 25 años al sentenciar: «La revolución tecnológica acaba con la clase obrera en 30 o 40 años». No puedo transcribir aquí toda la entrevista, pero baste una de sus respuestas: «Es un fenómeno claro, obligatorio, necesario y muy positivo. ¿Por qué el hombre ha de hacer penosos y repetitivos trabajos físicos o mentales que pueden hacer las máquinas en su lugar? ¿Y por qué ha de ejercer su actividad bajo unas relaciones de producción que ya no se corresponden con las necesidades sociales?». Sin embargo, parece que no estamos por la labor, y acabaremos sobrepasando los límites.

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